Amor en tiempos de guerra

Pocos conceptos se antojan tan opuestos como el del amor y la guerra, y sin embargo no cabe duda de que la confluencia de ambos impulsos ha sido una marca definitiva de la condición humana en su devenir. No es de extrañar, pues, que las ficciones en las que nos reflejamos se hayan nutrido de ese pulso dialéctico desde que el rapto de Helena diera lugar a la guerra de Troya. A propósito del estreno de Guerra Fría, la nueva película del laureado director polacocPaweł Pawlikowski, proponemos un recorrido por cinco filmes imprescindibles que dan cuenta de la manera en que el cine se ha asomado a esta cuestión tan sobrecogedora como apasionante.


Siempre nos quedara París

Casablanca (Michael Curtiz, 1942)

Estrenada cuando la Segunda Guerra Mundial era aún un conflicto latente, sin poder vislumbrar qué bandos se impondrían, esta cinta emblemática del cine clásico de Hollywood refleja en los dilemas éticos y sentimentales de su protagonista el desconcierto de esos tiempos convulsos en los que se volvía cada vez más urgente frenar la amenaza del nazismo. Rick Blaine (Humphrey Bogart) es un expatriado estadounidense afincado en la ciudad marroquí de Casablanca, donde regenta un club nocturno entre cuya clientela destacan personajes provenientes de distintos puntos de Europa que huyen de los horrores de la guerra y pretenden emigrar a América, tarea nada sencilla para la cual se requieren permisos oficiales que les permitan volar desde allí hasta Lisboa para entonces embarcarse.

El conflicto central de la trama, que pondrá a Blaine en una encrucijada, se dispara cuando inesperadamente aparece en su local Ilsa Lund (Ingrid Bergman), una hermosa mujer con la que mantuvo un intenso romance en París cuando Francia estaba siendo ocupada por los alemanes (etapa que se va revelando a lo largo del filme a través de sucesivos flashbacks). Ambos habían acordado escapar juntos de la capital francesa para seguir viviendo su amor, pero ella no acudió a la cita y él tuvo que irse solo, rumiando un desencanto que a la larga recubrirá con esa coraza de cinismo que ostenta en Casablanca, donde se muestra como un hombre que solo se guía por sus propios intereses. Sin embargo, la reaparición de Ilsa y de su marido Victor Laszlo (Paul Henreid), un importante líder de la resistencia perseguido por los nazis, removerá su interior y sacará a flote ese idealismo que años atrás lo llevara a luchar en la guerra civil española del lado republicano, en un arco de redención que lo catapulta desde su posición de antihéroe noir hacia la heroica actitud de renunciar a su amor en favor de una causa mayor. Al ayudar a Ilsa y a su marido a salir de Casablanca, consciente de la relevancia de Laszlo en la lucha contra el nazismo, Rick Blaine se reencuentra a sí mismo en un desenlace no exento de claroscuros por lo que se refiere a la melancolía del amor perdido, aunque siempre les quede el recuerdo de los días paradisiacos de París. Todo un clásico cuya trascendencia descansa no tanto en los premios Óscar que cosechó en su momento (mejor película, mejor director y mejor guion adaptado) como en el impacto que aún en nuestros días sigue teniendo en la cultura popular, con imágenes y frases imperecederas que lo han convertido en uno de los filmes más citados y referidos de la historia.


Entre la memoria y el olvido

Hiroshima mon amour (Alain Resnais, 1959)

En su momento un parteaguas en el lenguaje cinematográfico, gracias a innovaciones estilísticas que prepararían el terreno para la irrupción y el auge de la nueva ola del cine francés, este primer largometraje de Resnais constituye la alternativa narrativa a un encargo que le pareció imposible: realizar un corto documental sobre la bomba atómica y sus efectos. En vez de ello, optó por explorar las interrogantes que tal cometido le generaba a través de una historia de amor que en el plano de la ficción pusiera de relieve la dificultad de encontrarles respuesta. ¿Cómo nombrar lo innombrable? ¿Cómo imaginar lo inimaginable? ¿Podemos realmente “ver” lo que sucedió en Hiroshima?, y de ser así, ¿verlo implicaría entenderlo?, ¿o solo es posible entender el sufrimiento de otros si lo experimentamos nosotros mismos?

Desde su primera secuencia Hiroshima mon amour se destaca como un filme de marcados contrastes: los cuerpos desnudos de un hombre y una mujer se entrelazan mientras cae sobre ellos una especie de polvo que bien pudiera ser ceniza, enrareciendo así ese vitalismo erótico con esas pequeñas partículas evocadoras de muerte y destrucción. Ella (Emmanuelle Riva) es una actriz francesa que se encuentra en Hiroshima participando en una película sobre la paz. Él (Eiji Okada) es un arquitecto japonés. Ella dice haber visitado varios sitios de la ciudad reconstruida: un hospital; un museo dedicado al episodio de la bomba atómica, con fotos, vestigios, “reconstituciones a falta de otra cosa”. “He mirado pensativa el hierro, el hierro quemado, el hierro quebrado, el hierro vulnerable como la carne”, asegura Ella, y sin embargo Él, cada tanto, interrumpe su discurso para desmentirla diciéndole: “No has visto Hiroshima”. Prácticamente la totalidad de la cinta podría entenderse como una larga conversación entre esta pareja de amantes conforme se acerca el momento de la despedida y del muy probable fin de su breve idilio. Por momentos su romance se presenta como la posibilidad de dejar atrás traumas del pasado, pero el propio discurrir de sus diálogos da pie a la remembranza, y así Ella recuerda y revive el sufrimiento de haber perdido a un gran amor en su natal Nevers, nada más ni nada menos que un soldado alemán durante la etapa de la ocupación, con la consecuente humillación que sufrió por parte de su familia al descubrirse dicha relación. La apuesta de Resnais de experimentar intercalando breves secuencias de flashbacks refuerza de manera elocuente la idea de que el olvido puede estar lleno de memoria, y es que si algo prevalece a lo largo de la película es la imposibilidad de resolver ciertas paradojas, contradicciones que solo el lenguaje de la poesía es capaz de transmitir, como es el caso en este filme en el que el horror y la belleza conviven en constante contraste, no solo en el montaje y la composición de sus imágenes sino también a partir del lirismo del portentoso guion de Marguerite Duras.


Bajo la piel quemada

El paciente inglés (Anthony Minghella, 1996)

Basada en la novela de Michael Ondaatje, esta cinta ganadora de nueve premios Óscar (incluyendo los de mejor película y mejor director), se centra en la historia de un hombre (Ralph Fiennes) que tras haber sufrido un grave accidente pilotando un avión en el desierto del Sahara en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, recibe los cuidados de una dedicada enfermera canadiense llamada Hana (Juliette Binoche) en un monasterio casi en ruinas en Italia. Así pues, el espectador comparte la perspectiva de Hana en cuanto a la necesidad de despejar el misterio que entraña la identidad de su paciente, toda vez que su rostro ha sido deformado por las llamas y su memoria se ha visto afectada, sin más claves que la única de sus pertenencias que conserva: un libro de Herodoto con dibujos y anotaciones.

A través de varias secuencias de flashbacks la narración va iluminando gradualmente diversas etapas del pasado del protagonista —a quien sus salvadores solo se refieren como “el paciente inglés” por su acento al hablar— y poco a poco las piezas van encajando como en un rompecabezas para revelar que se trata en realidad de un cartógrafo húngaro, el conde Lászlo Almásy, quien poco antes de estallar la guerra se encontraba en Egipto realizando mapas para la Real Sociedad Geográfica Británica en Egipto, mapas que en parte los ingleses pretendían aprovechar de cara al advenimiento del conflicto. Pero sin duda la mayor revelación es la apasionada historia de amor que Almásy vive con Katharine Clifton (Kristin Scott Thomas), mujer de uno de los ingleses que llegan a incorporarse a su equipo, pues en esa historia turbulenta de lealtades, traiciones y reencuentros en un entorno cada vez más hostil se encuentra la causa directa que lleva a Almásy a pilotar ese avión cargando consigo la pena más desgarradora. La prodigiosa fotografía de Johh Seale complementa con fortuna el carácter casi onírico y delirante de la narrativa fragmentaria y no lineal de Minghella, que deambula del pasado al presente, de la intimidad de los cuerpos a la topografía del desierto, sin perder su capacidad para cautivar a lo largo de más de dos horas de metraje.


Tragedia de un malentendido

Expiación, deseo y pecado (Joe Wright, 2007)

Adaptación de la novela de Ian McEwan, la historia de esta cinta arranca ambientada en la Inglaterra de los años treinta, en una lujosa casa de campo propiedad de la familia Tallis. La hija mayor, Cecilia (Keira Knightley), está a punto de iniciar un romance con Robbie Turner (James McAvoy), hijo del ama de llaves, al cual los Tallis han apoyado costeando su educación en Cambridge. Pero el principal obstáculo que habrán de enfrentar irá más allá de la potencial desaprobación de su relación por el hecho de pertenecer a clases sociales distintas; será un malentendido aderezado por la exacerbada imaginación de Briony Tallis (Saoirse Ronan) —la hermana de Cecilia, quien con tan solo trece años escribe ya obras de teatro tomándoselo con la seriedad de una autora profesional—, lo que marcará a Robbie con el estigma de ser un pervertido sexual, al grado de ser acusado por Briony de abusar de su prima Lola, quien está de visita en la casa. El señalamiento implacable de Briony conduce a Robbie a la cárcel, de la cual solo saldrá para convertirse en soldado una vez iniciada la guerra, con la única esperanza de salir vivo para poder reencontrarse con Cecilia, quien por su parte se desempeña como enfermera en Londres y ha prometido esperarlo.

Con el tiempo Briony adquiere conciencia de su fatal error y se esfuerza en repararlo, se enrola también como enfermera y busca reconciliarse con su hermana, pero los horrores de la guerra amenazan con decirle que es demasiado tarde, que quizá la literatura sea el único camino para reescribir la historia y expiar su culpa. Además de su poderoso estilo visual —el hipnótico plano secuencia en la playa de Dunkerque desde donde Robbie espera poder volver a casa bien vale por sí solo el visionado del filme—, quizá sea este énfasis en el carácter metaficcional de la historia lo que le confiere a la cinta una mayor originalidad, lo cual queda también de manifiesto en el ritmo de la banda sonora a cargo de Dario Marianelli, que marca el ritmo de la narración a golpes de máquina de escribir.


Rasgando el telón de acero

Guerra fría (Paweł Pawlikowski, 2018)

Después del éxito cosechado con su anterior filme, Ida (2013), con la que ganó el Óscar a mejor película de habla no inglesa, Paweł Pawlikowski vuelve con una historia ambientada también de inicio en su natal Polonia, aunque en este caso el errante y errático destino de su pareja de protagonistas los llevará a transitar por diversos puntos de Europa —Berlín, Yugoslavia, París—, a lo largo de quince años en el tenso contexto de la llamada “guerra fría” que después de la Segunda Guerra Mundial dividió al mundo en dos polos antagónicos, el occidente capitalista y el este comunista.

La historia inicia en 1949 en Polonia, donde Wiktor Warski (Tomasz Kot), un virtuoso músico y director, recorre zonas rurales en busca de talentos para conformar un ensamble artístico destinado a impulsar la música y los bailes folklóricos de la nación polaca, acorde con la nueva política cultural del régimen socialista de concederle un lugar privilegiado a las expresiones del pueblo. Durante las audiciones llama su atención una chica de fuerte temperamento llamada Zula (Joanna Kulig), quien carga a cuestas con un expediente judicial por haber atentado contra la vida de su padre, pues, según le explica ella misma a Wiktor “su padre la ‘confundía con su madre’ y ella quiso mostrarle la diferencia con un cuchillo”. Una vez conformado el ensamble Mazurek, comienzan sus exitosas presentaciones ante el público y su buena aceptación por parte de las autoridades del régimen, quienes, sin embargo, plegándose a los dictados estalinistas, intentan influir en el repertorio del grupo, encorsetando su libertad creativa en aras de alimentar el culto a la personalidad de los líderes comunistas. Para entonces ya Wiktor y Zula viven un apasionado romance, pero así como ella parece no tener mucho problema con las nuevas directrices del ensamble, él se siente cada vez más incómodo. Tras unas presentaciones en Berlín oriental planean escapar juntos rumbo a París, pero Zula no acude a la cita y Wiktor tiene que seguir solo. A partir de ese momento se producirá una serie de encuentros, desencuentros y reconciliaciones que darán cuenta de una conexión con vocación de unión eterna pese a la barrera representada por el telón de acero.

Pawlikowski opta por una narración elíptica que exige la participación activa del espectador para rellenar los espacios abiertos por los saltos temporales, en una película en la que el papel de la música es crucial para señalar el tránsito desde espacios opresivos —marcados por la monotonía y el encorsetamiento propio de los himnos— hacia otros más libres —donde la melodía encuentra camino para la improvisación en ritmos como el jazz o el rock—, una transición que en el plano visual es virtuosamente reflejada en los movimientos de cámara que poco a poco van dando una mayor sensación de apertura aun dentro del encuadre más cerrado del formato 4:3 que ya utilizara en Ida. Y es que, como en toda buena película de amor en tiempos de guerra, el contraste inherente a su temática invita a buscar su equivalencia formal, a veces con tanta fortuna como Pawlikowski lo consigue en Guerra fría.

 

Jorge Carrión Castro
Escritor y crítico de cine. Autor de la novela Eco de tinieblas.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.