Los indígenas ante la conquista: la visión del documental histórico

2019 será el año de conmemoración del inicio de la conquista, una conmemoración que podría servir, como propone el siguiente texto, para deshacer los clichés y maniqueísmos que han sido levantados alrededor de este momento fundacional. En este caso, la fidelidad investigativa del documental puede abrir nuevos caminos para reinterpretar nuestra historia.

Los historiadores mexicanos del siglo xix tienen algo envidiable: su arrojo por decir las cosas junto con el reconocimiento explícito y pormenorizado de la causa ideológica y política a la que estaban adscritos y por la que se atrevían a ocupar la tribuna de la Historia. Digo que envidiable porque, como no me dejará faltar a la verdad Enrique Florescano, en la actualidad pareciera que el historiador y su obra no conocen de los problemas que agobian al individuo que vive en sociedad. “Pero en cambio —decía nuestro historiador en 1997— dedica páginas dilatadas a exponer los orígenes intelectuales de su investigación, y se explaya comentando los esquemas interpretativos que según él hacen más comprensible su contribución”.1 Yo no sé, pero entre los profesionales de la historia se percibe la misma actitud que caracteriza a la política mexicana: decir las verdades a medias, expresar intenciones y posturas ideológicas a ratos, en las charlas de pasillo, en las reuniones sabatinas, en el ínterin de los coloquios, en los comentarios sarcásticos que suelen escaparse en las conferencias. En una palabra, la simulación.

La realidad se impone sobre el historiador en sumo grado como para que podamos pedirle que al unísono produzca conocimiento y haga —explicite— política. El peso de las cargas académicas, así como no pocas veces un conformismo ensordecedor, también. Pero el problema es que la realidad está por todos lados, y la imagen del historiador resguardado en un castillo no es nada halagüeña. Por otro lado, frente a la preponderancia que tienen hoy en día los medios de comunicación masiva, es claro que los sistemas tradicionales en que trabaja el historiador —es decir, el libro, la conferencia, etcétera— lo colocan a la rezaga a la hora de intentar acercarse al gran público para influir en las dinámicas sociales por medio del conocimiento que produce. Hay algo que puede hacer: acercarse a los medios de comunicación y su lenguaje para difundir sus historias… las buenas historias, como la que nos ofrece el precioso documental Hernán Cortés, un hombre entre Dios y el Diablo (2016), dirigido por Fernando González Sitges, que trata sobre la conquista de México por los españoles. En el contexto de las conmemoraciones de los 500 años del inicio de la conquista, este documental no solo es una formidable producción cinematográfica en su género, sino sobre todo una apreciable contribución para la reflexión colectiva acerca de esa parte de la historia nacional que sigue arrastrando un sinfín de claroscuros.

Hernán Cortés, un hombre entre Dios y el Diablo (documental completo).

Desde que inicié mi formación como historiador profesional, todos mis esfuerzos los he dirigido a pensar nuestra historia colonial más allá de los lugares comunes con los que se le representa, anclada en clichés asumidos en forma de dogma. A mí me ha interesado pensar esta parte de nuestra historia, si bien no como una época dorada o de Jauja, tampoco como un mundo oscuro y tiránico, escindido toscamente entre los buenos y los malos, entre los conquistados y los conquistadores. Conforme he ido observando las huellas materiales del México colonial, he ido representándome un mundo complejo y dinámico. Esto me ha permitido cuestionar los clichés que solo prometen la perpetuación de fobias, que encierran la representación histórica al estrecho ombligo de lo nacional y lo etnocéntrico, y que excluyen al vasto conjunto de actores y circunstancias que hoy como ayer han dado rumbo a la realidad social.2 Nada me ha parecido más peligroso que los esencialismos que todo lo nublan, que piensan lo indígena como una esencia ahistórica a la que le pasan cosas pero logra salvarse de los cambios. Nada es más peligroso que hablar de los pueblos originarios. Una cosa es acordarse de los desvalidos, de los sin voz, e implementar las políticas justas en su favor, pero otra es pensarlos como originarios. A decir verdad, la moda lingüística de adjetivar de originario al indígena resulta una irrisoria redundancia (rae: indígena, “originario del país de que se trata”). O lo que es peor, una burda adjetivación para una realidad que parece inalcanzable y peor aún incomprensible, incluso por quienes están de su lado. En este caso, la discriminación contra el indígena no viene de quien lo rechaza y lo olvida, sino de quien lo rescata y lo defiende, pero sin concederle la oportunidad de ser algo más que una víctima indefensa de la historia, atrapado pues en identidades atávicas. Transcribo las sabias palabras del excelente historiador peruano Juan Carlos Estenssoro: “para mí la reflexión histórica debe convertirse en una suerte de mala conciencia que obligue a un ejercicio crítico permanente respecto del presente, poniendo en duda nuestras certidumbres”, “el pasado, si no es deformado por el anacronismo, sirve para cobrar conciencia del cambio, para hacernos experimentar cómo somos (y podemos ser) diferentes a nosotros mismos, que somos otros, distintos de lo que éramos, de nuestros orígenes”.3 No me cabe la menor duda de que el documental de Fernando González Sitges vuelve hacia la época colonial con esta sensibilidad y con estos ojos comprensivos.

Por estas razones digo que Hernán Cortés, un hombre entre Dios y el Diablo es una obra preciosa. Sus escenas son una postal que resignifica a la conquista. La obra es original a propósito del discurso ofrecido en torno a Malinche. Uno recuerda La otra conquista (1998) de Salvador Carrasco, en la que se asume a Malinche como la amante del conquistador, es decir, en una relación esencialmente sexual, símbolo de las mil formas que supuestamente adoptaba el poder vertical de los españoles sobre el indígena. La Malinche de La otra conquista, como recordará quien haya visto la cinta, no solo parece haber sido un objeto sexual, sino además intercambiable entre la tropa de Cortés: “¿Y Malinche?”, le pregunta el notario a un soldado de Cortés, quien responde: “se hartó de ella y la regaló al capitán Jaramillo”. Téngase presente asimismo la escena donde Cortés toma a Isabel Moctezuma, una de las hijas del tlatoani: la desnuda y abusa toscamente, frente al penacho del soberano difunto, que Isabel, al inicio de la escena, contempla y acaricia con ensimismamiento. Escenas toscas como éstas encontramos en la serie Malinche,de Canal Once (noviembre, 2018), de la cual puede soportarse la escasa producción, pero no así el discurso maniqueo y burdo que difunde, ni mucho menos la imagen pusilánime, agachada, del indígena. En las imágenes del teaser que circula en YouTube sobre esta reciente producción, se ve a Malinche siendo bautizada con tremendo y rudo sacualazo de agua, o siendo abofeteada y tomada por su amante español.

Por el contrario, en Hernán Cortés, Malinche es, ante todo o, primeramente, un actor político de la conquista. El director del documental se imaginó, por ejemplo, esa preciosa escena donde pasean Cortés y Moctezuma por la ciudad mexica, tal como lo describen las crónicas coloniales. Pero lo fascinante de la escena no es tanto el diálogo entre el conquistador y el soberano como la presencia de Malinche: ahí está ella, entre los grandes de la política, engalanada con su fina indumentaria, ni más ni menos que como se le representaba en la época colonial en los preciosos lienzos como el de Tlaxcala. Ciertamente, Malinche se ubica en un segundo plano, detrás de los poderosos, lo que no podía ser distinto en una sociedad como la colonial. Asimismo, en una de las escenas en las que Malinche funge como intermediaria esencial entre los totonacas de Cempoala y Cortés, Priscila Lepe —la actriz que representa a la indígena— se permite dar vida a una mujer gallarda, altiva, consciente del protagonismo que había adquirido con Cortés para derrocar a Moctezuma. En posición totalmente erguida y luciendo un bello traje mesoamericano —señal del gran cuidado estético e histórico que logró sin duda el equipo de vestuario y peinado de Hernán Cortés—, Marina entabla diálogo en un fluido maya y náhuatl y con la mayor destreza y elegancia, y en seguida aparece el historiador francés Bernard Grunberg en entrevista, señalando: “Marina era una mujer eminentemente inteligente. Rápidamente comprendió todo el interés que había en seguir a los conquistadores. Lo interesante es que, […] cuando traducía del náhuatl al maya, no daba jamás una traducción literal, sino que daba una traducción comprensible para los españoles. Explicaba lo que decían, es decir, iba más allá de la traducción”.

El documental de Fernando González Sitges también es original por el hecho de representar al indígena, precisamente, como un actor central en la conquista, y esto, en efecto, va a tono con los trabajos históricos de los últimos años que nos hablan de la viva participación de los indígenas en la sociedad colonial. En Hernán Cortés, el indígena es inclusive el motor del evento, la fuerza que apoya a Cortés en su gesta bélica contra Moctezuma.

En cambio, en La otra conquista tenemos la sensación de que la conquista significó el derrumbe, no de un imperio, sino de todo un mundo, de un mundo que sufre la imposición del poder extranjero y su cultura. Por eso, bien puede decirse que Hernán Cortés es una contribución pertinente para la representación que los mexicanos estaremos construyendo acerca de tan magno evento en los próximos 500 años. Apoyado en el conocimiento de renombrados académicos, así como en su subjetividad creativa y en la de su equipo de trabajo, Fernando González Sitges nos brinda la posibilidad de concederle al indígena el derecho a ser y querer ser lo que él sea. Logre o no convencer que Cortés representa el origen loable o no del mestizaje mexicano —algo en lo que el documental se muestra interesado en remarcar—, lo que es cierto es que Hernán Cortés rompe con una visión de la historia en blanco y negro,4 y le da al gran público la oportunidad de incluir las pasiones de los más —o bien, de reintroducirlas con su papel protagónico— en la edificación de los hechos, la historia y la identidad nacionales. Un buen historiador —de esos dignos de memoria, oriundo del Yucatán multicultural, del que argumentaba haberse inspirado para volver al pasado colonial—, decía que el valor del trabajo histórico residía en ser un esfuerzo razonable por alcanzar la verdad histórica, pero además por comunicarla a quienes no han tenido la oportunidad ni los medios para llegar a ella. Que caigan los castillos, pues.

 

Germán Luna Santiago
Historiador.


1 La historia y el historiador, p. 47.

2 Me permito remitir a Germán Luna Santiago, “Lo medieval en la Conquista: el problema del vasallaje indígena”, Relaciones 158 (2019), en prensa y “El motín de Papantla de 1767: un análisis histórico jurídico”, Historia Mexicana 265 (2017).

3 Libros & Artes 8, p. 12

4 No en el grado que lo quisiéramos pues, por ejemplo, nada hay más maniqueo que la historia de un Moctezuma tiránico frente a un mundo indígena oprimido cruelmente: olvidamos dónde, cuándo, cómo y por qué nació esta imagen de la conquista, y hoy la representamos como un hecho “real”; pero este y otros temas ameritan otro espacio de reflexión y otras perspectivas de análisis.

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