Películas navideñas: empatía y simulación


En esta temporada, muchas cintas vuelven una y otra vez para resaltar los supuestos valores que solemos emparentar con las fiestas decembrinas. Sin embargo, esta suerte de género cinematográfico, puesto a examen en las siguientes líneas, esconde dinámicas bastante cuestionables.

Empatía

Dentro de los elementos que ayudan simbólicamente a dar por iniciadas las fiestas navideñas, además del arbolito, el cambio de vasos de Starbucks o las latas de Coca-Cola (el mercado que controla las festividades), se encuentra también la actividad de ver películas de temporada, las cuales ayudan, generalmente, a hacernos sentir en sintonía con las decoraciones, con el exceso de gente en los centros comerciales y con el frío, porque no puede haber nada más inconexo con la Navidad que el calor, por lo menos en el imaginario colectivo.

Este tipo de cintas son ya una tradición que nos acompaña a muchos desde que éramos niños. Por eso las asociamos quizá a un periodo vacacional, que es cuando estando en casa y haciendo zapping nos encontrábamos con estas historias que ayudaban (domesticaban) a poner todo en contexto. Las cosas han cambiado: antes de la era Netflixy demás plataformas on demand, estábamos en manos de la programación de las televisoras, o en el mejor de los casos, de que alguien se apiadara de nosotros y nos llevara a algún videoclub a rentar películas. Lo cierto es que estar a la merced de la programación televisiva habitual significó durante muchos años dejarnos al amparo de horas y horas de películas sobre la vida de Jesucristo que alguien tenía el mal atino de programar porque era Navidad y porque había que crear conciencia de lo que en términos católicos significan estas vacaciones, condenando a las audiencias a un mínimo de películas verdaderamente navideñas y comerciales que ver. En buena medida también por esto el gran cariño que en México se le tiene a la saga de Mi pobre angelito: en medio de tanta paja que pretendía aleccionarnos en términos de fe, Mi pobre angelito era siempre un oasis en la televisión abierta que con el paso de los años se convirtió en un suceso que marcaba parte de las celebraciones: no puede haber Navidad si no pasan Mi pobre angelito en Canal 5.

Las películas navideñas son hoy en día, además de comercio, un género con caducidad anticipada y con periodos de vida cíclicos. Son pocas las personas que por motivos temáticos, de sencillez argumental o por la misma repetición de clichés, permanecen alejados de éstas. La mayoría, me atrevería a decir, no juzgan demasiado estos contenidos y gustan de verlos, además de que muchas son parte importante de la cultura pop, como El Grinch, (nuevamente) Mi pobre angelito, El extraño mundo de Jack o incluso Duro de matar. Las películas navideñas juegan un rol social. Su función (y por eso la misma sencillez) es introducirnos en estas festividades. Hay una suerte de preparación psicológica, de entrenamiento, para lo que la Navidad debiera de significar. Su función no es ser compleja sino siempre ser la misma fórmula bajo diferentes escenarios y generaciones: resaltar la bondad, el valor de la familia, la caridad y la amabilidad. Un panfleto. Y quizá también por esto a muchos les resulta un fastidio este tipo de películas: por la simulación que hay de por medio.

Las películas navideñas, al igual que la época misma, son un simulacro de la bondad humana. Durante esta temporada se juega a hacer el bien, a preocuparnos por la familia, a resaltar la importancia de ciertos valores sobre el dinero, aun cuando mucho gira alrededor de gastar para comprar regalos y/o viajar con la familia. Pero este simulacro es también excesivamente seductor. No es gratuito que año con año se regrese a visitar ciertas cintas, como si bajo una fórmula de fábula fuéramos a encontrar algo distinto y por lo menos a vernos reflejados según nuestra actualidad. Dentro del llamado que se hace en la Navidad a ser mejores personas, este tipo de obras se erigen como fetiches que hacen circular deseos específicos que parece que solo tienen vigencia durante esta época.

Simulación

Lo que hace funcionar a las películas navideñas, como a la época misma, es la ilusión romántica y rosa de un mundo mejor. Ante la realidad tan áspera que habitamos, este tipo de cintas son un cuento que ayuda a devanear con otra posibilidad que se erige en la empatía y que aun cuando funciona bajo la protección del capital, el capital se pasa por alto. La gran ficción de las películas navideñas no es que podamos ser todos mejores personas, sino que todos tengamos la capacidad de adquirir, pues a pesar de la facilidad propagandística con que este tipo de cintas resalta ciertos valores específicos y canónicos occidentales, lo que posibilita que funcionen y que se den de por medio todas las reflexiones, es la planicie económica en que se construyen estas historias. El único personaje quizá con problemas económicos y de salud en este universo es el pequeño Tim, que al final termina siendo protegido por el redimido Scrooge. Fuera de este caso, el dinero, que hace que la Navidad funcione en términos honestos y descarados, se presenta no como una adversidad sino como algo natural. Kevin nunca tiene problemas financieros para sobrevivir sin sus padres, ni siquiera estando solo en Nueva York. En El regalo prometido, Howard (Arnold Schwarzenegger) tiene que lograr conseguir a como dé lugar un Turboman: de esto depende que sea buen padre. En Santa clausula el conflicto es que siempre hay peligro de que los regalos no se entreguen, y como se mostrará en la última producción navideña de Netflix, Crónicas de navidad, donde Kurt Rusell interpreta a Santa Claus, cuando se comienza a presentar una demora en la entrega de los regalos el espíritu navideño comienza a bajar. Es decir, aun cuando en la mayoría de estas películas se busca realzar la nobleza del corazón, la gratuidad y la importancia de la familia, las dinámicas de comercio que posibilitan la Navidad nunca se cuestionan. Entonces la felicidad se vuelve algo opcional, así como el tipo de vida que se pretende llevar, como lo pone sobre la mesa Un hombre de familia, donde vemos a un Nicolas Cage que ante una vida de soltero y con el amplio goce al que el mercado nos ha domesticado, prefiere, una vez que puede no solo ver sino también experimentar una vida familiar sin tantos lujos, llevar una vida sencilla. Su problema es elegir entre dos formas de goce que el mismo mercado y el mismo cine han explotado desde hace varios años. “Tener 30, ser coqueta y próspera”, como dijera Jennifer Garner en Si tuviera treinta, o llevar esa vida familiar que conlleva también otros varios estereotipos: vivir en un suburbio, tener un perro, una esposa guapísima pero sencilla (una princesa que usa Converse como en cientos de películas románticas), hijos a los cuales ir a ver a recitales, una empresa pequeña.

El problema por el que pasan los personajes no tiene que ver con lo monetario sino con las toma de decisiones, una planicie frente al inestable terreno de la realidad. Si pareciera que muchas de estas películas apuntan al desapego material y económico en pro de los sentimientos como lo verdaderamente valioso, es desde un mero disfraz que continúa la simulación. Es como escuchar decir al hombre más rico del mundo que el dinero no lo es todo. Una especie de absurdo.

Cierto que el cine navideño es realmente seductor, como ya se ha mencionado, pero es también uno de los más deshonestos. Mientras se hace un llamado a lo sentimental se refuerza la idea de los regalos materiales a la vez que se omite lo financiero, así como también mientras se apela al perdón y la comprensión del otro se hace siempre desde una postura bastante conservadora e idealizada sobre el cómo debería de funcionar no solo el mundo sino el espacio comunal. Hay algo perturbador, por ejemplo, en ver a todos los vecinos reunidos en Una navidad de locos con tal de dar una fiesta de bienvenida a Blair, la hija de los Krank. Es un escenario terrorífico: ¿quién en su sano juicio es así de cercano a sus vecinos? Pareciera que el único que habita en la realidad es el vecino gruñón que se reúsa a la simulación pero que al final termina siendo seducido por el capital: un par de boletos para un crucero. La idea de familia y de comunidad es siempre una generalidad que más que retratar un escenario real, termina por ser un mero anuncio de Coca-Cola que por costumbre y por domesticación acaba por gustar a las audiencias. Todos estamos dispuestos a simular un poco en Navidad.

Para los que buscan algo más sobre este cine, aquí cinco recomendaciones de películas navideñas de terror:

1) Krampus (2015, Michael Dougherty).
2) Rare Exports: A Christmas Tale (2010, Jalmari Helander).
3) Silent Night, Deadly Night (2004, Charles E. Sellier).
4) Christmas Evil (1980, Lewis Jackson).
5) Deadly Games (1989, René Manzor).

Y aquí una lista (muy recomendable) en Letterbox, hecha por Gregory Escobar, de toda una variedad de películas navideñas.

 

Fernando Bustos Gorozpe
Profesor en la Universidad Anáhuac Norte y candidato a Doctor en Filosofía por la Universidad Iberoamericana.

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