Roman Polanski, el superviviente

La vida de Roman Polanski parece extraída del mundo de la ficción. Sobreviviente del Holocausto, vago profesional, director de culto, perseguido por la justicia, son solo algunas de sus etapas. Sus Memorias, recientemente publicadas por Malpaso en español, nos revelan a un creador de espíritu inquieto y a un hombre de una honestodidad insobornable.

Roman Polanski,
Memorias
,
Barcelona, Malpaso, 2018,
560 pp.


La portada de Memorias de Roman Polanski (Malpaso) lleva un epígrafe de Bernard Pivot, el crítico francés y conductor durante más de una década del célebre programa televisivo Apostrophes, que reza: “La extraordinaria vida de Roman Polanski es una historia digna de ser filmada”, y al culminar la lectura de las 536 páginas en las que el cineasta polaco da cuenta de su vida pasada a la manera de flashbacks, es imposible no darle la razón a monsieur Pivot sobre aquello de las posibilidades fílmicas de las aventuras del creador de La danza de los vampiros sino, también, considerar que dichas peripecias parecen un relato novelesco: la historia personal de Roman Polanski se asemeja, por muchas razones, a la de personajes de ficción cuya existencia cruza etapas emblemáticas de la Historia o a la de ciertos personajes que vivieron épicas íntimas en contextos históricos significativos. Pienso en Forrest Gump (aunque parezca sarcasmo) y en Limónov, el personaje de la novela de Emmanuel Carrère, porque al igual que en ellos, en Roman Polanski hay una pizca de héroe romántico, otra de truhán y una más de ingenuo y bobo pero, por encima de esto, hay que ver lo que vivió tan solo en cuatro episodios: la guerra y el Holocausto, el régimen comunista, los asesinatos de la familia Manson, el proceso judicial por la presunta violación de una adolescente en Los Ángeles, California. Quizá es por eso que su libro empieza así: “Desde que recuerdo, la línea entre la fantasía y la realidad ha estado siempre irremediablemente borrosa. He tardado casi toda una vida en comprender que esta es la clave de mi existencia. Ello me ha valido considerables angustias, conflictos, desastres y decepciones; pero también me ha abierto algunas puertas que, de otro modo, hubieran permanecido cerradas para siempre”.

Fotografía: FICG, bajo licencia de Creative Commons.

Polanski nace en París en 1933 y crece en Cracovia. La guerra toma a su familia prácticamente desprevenida, puesto que no alcanzan a evitar los bombardeos de 1939 y trasladarse a Varsovia. Casi de inmediato, la ocupación alemana impone el hostigamiento y la persecución, por lo que los Polanski intentarán pasar desapercibidos en el caos de una urbe donde las viviendas son tomadas por asalto por aquellos que pierden sus techos, donde se prohíbe el “acaparamiento” de víveres, donde la SS hace patrullajes y redadas y donde, al fin, se crea un gueto judío. El cineasta recuerda al niño que fue como un chico aficionado al ciclismo, tan aficionado que no solo estuvo a punto de morir en manos de un ladrón que lo timó con el cuento de una bici que le vendería barata sino que su primer corto se llama La bicicleta. El incidente ocurrió así: el pillo se llamaba Dziuba y lo condujo a un búnker construido por los alemanes. El vehículo estaba ahí, aseguró el ladrón, y al entrar al garito húmedo y oscuro, Polanski no vio ninguna bicicleta pero sintió un golpe seguido de otro y otro en la cabeza, el rostro mojado, y las manos de Dziuba registrando sus bolsillos. A punto estuvo de la fractura de cráneo pero, como buen superviviente, se salvó incluso de un coágulo. Y es que, efectivamente, Roman Polanski fue un sobreviviente: su madre desapareció en 1943, y él tardó un tiempo en saber que fue trasladada a Auschwitz, donde murió en las “duchas” nazis; su padre le cambió el apellido Polanski por Wilk y lo envió a vivir con diversas familias católicas, los Wilk, los Putek, los Buchala, con los que sorteó la cacería de la SS pero lo volvió prácticamente un paria: sin lazos consanguíneos, sin legítima tutela ni autoridad paterna y sin auténtica identidad ciudadana, no asistió a la escuela. Se volvió un vaguillo de tiempo completo, cuya única actividad de provecho (para fortuna de su hado) fue el vicio de asistir el cine, donde pasaba tardes completas viendo los programas triples. Y así, escondido con las distintas familias que lo acogieron (las mudanzas se debían a las inspecciones policiales), Polanski llegó a la adolescencia, se matriculó en la Escuela de Bellas Artes y eligió teatro, pero que fue expulsado por su activismo juvenil. Aquello puso en riesgo su vocación, ya que el ocio lo convirtió en candidato al servicio militar. Tan desgastante y terrible fue esa situación que, incluso, aplicó a la Escuela de Circo sin éxito alguno, y consideró huir de Polonia oculto en un compartimiento del WC del tren, hasta que una milagrosa llamada telefónica lo rescató: Andrzej Wajda le dio un papel en su película Tres historias y, tras esa experiencia en el plató, decidió ingresar a la escuela de cine de Lodz. Dos hombres y un armario y Cuando los ángeles caen fueron cortos de entrenamiento para el largometraje que lo proyectó a nivel internacional: El cuchillo en el agua (1961), cuyos reconocimientos en los festivales cinematográficos hicieron posible Repulsión (1965), esa claustrofóbica historia de una manicurista que aborrece sus pulsiones sexuales (interpretada por Catherine Deneuve) y que Polanski reconoce que fue inspirada por la novia francesa de un amigo suyo:

El personaje central de la manicura Carol estaba basado en una chica que Gérard y yo habíamos conocido en Saint–Germain–des–Prés. Aparte de su belleza, lo que más me chocaba en ella a primera vista era su dulce inocencia y recatada serenidad. Solo cuando se fue a vivir con un amigo nuestro averiguamos otra singular faceta de su personalidad. Nuestro amigo nos contó unas cosas muy raras: que el sexo la atraía y repelía simultáneamente, y que era muy dada a repentinos e imprevisibles accesos de violencia. Eso nos proporcionó un tema secundario, pero no por ello menos importante: el de las personas que conviven con los enfermos mentales, cuyo contacto continuado les adormece la conciencia de lo anormal.

Pese a que el filme es más de suspenso psicológico que de incidentes paranormales, Repulsión fue tomada como una película de horror, lo que le permitió dirigir El bebé de Rosemary (1968), su primer largometraje fuera del Reino Unido y producido en Hollywood (antes rodó El callejón sin salida y La danza de los vampiros). Así, los proyectos comenzaron a fluir. Macbeth, ¿Qué?, Chinatown, El inquilino y Tess, las películas de las que Polanski narra todos los conflictos y el caos de su rodajes puesto que estas Memorias fueron escritas y publicadas en 1981, y ya no cubren los años posteriores a su salida definitiva de Estados Unidos en 1978 por el asunto de la supuesta violación de Samantha Geimer, de entonces 13 años de edad (Polanski menciona en el libro que tanto la madre como la chica le dijeron que era dos años mayor y afirma, también, que la relación fue consensuada) en la casa de Jack Nicholson. No obstante, los episodios sustanciales de la increíble y asombrosa vida del polaco están presentes: su primer matrimonio con Barbara Lass, que lo abandonó por un actor; su amor apasionado por Sharon Tate, asesinada por miembros de la familia Manson el 9 de agosto de 1969 junto con cuatro personas más en la casa que rentaban en el 10050 de Cielo Drive; su romance perdurable con la hermosísima Nastassja Kinski; la amistad con otros artistas polacos como el escritor Jerzy Kosinski (famoso por su novela Desde el jardín) o el músico Krzysztof Komeda, con sus colaboradores más cercanos como Gérard Brach y Hercules Belville, y con estrellas no polacas como Mia Farrow, Peter Sellers (un maniaco depresivo del que había que cuidarse), Warren Beatty o Jack Nicholson, quien fue el genuino responsable de que Polanski dirigiera Chinatown, proyecto que le enfrentó con la groseramente caprichosa Faye Dunaway.

Divertidas, dramáticas (pero no cursis ni sentimentales), intensas y, sobre todo, escritas con una asombrosa habilidad por el detalle (los capítulos de Cracovia durante la guerra nos remiten a la devastada escenografía de la Varsovia de El pianista), las Memorias de Roman Polanski parecen una novela o una película que solo él mismo podría haber filmado o tal vez, como dice Bernard Pivot, es digna de filmarse, pues la sinceridad con la que narra sus aventuras, sus francachelas, sus insolencias, sus debilidades y hasta sus pecados, revelan que el cineasta polaco tiene un espíritu inquieto pero de una honestidad insobornable. En las páginas finales, Polanski cuenta su nostálgico retorno a Cracovia en los años 80, el recorrido por los hogares en los que vivió y por las calles en que vagabundeó y escribe:

Mis pensamientos regresaban una y otra vez a la casilla en ruinas. Algo, mientras vivía en aquel miserable cuchitril, sintiéndome atrozmente solo y abrumado por un porvenir de lo más negro, me guio hacia el camino que más tarde seguiría mi vida. ¿Qué debió de ser? ¿Qué me impulsó a convertir mi mundo de fantasías en realidad? ¿Estuvo tal vez en la raíz de todo ello el impulso sexual? ¿Pensé quizá que jamás llegaría a conocer a todas las bellas mujeres con las que soñaba si seguía siendo un bajito habitante del gueto de Cracovia o un campesino de Wisoka?
No lo creía. Y tampoco lo creo ahora.

Pienso más bien que mis escapadas, mis desvaríos y mi fuerza surgieron de un sentimiento de asombro ante todo lo que la vida nos ofrece. Mi trabajo, mis fantasías han nacido sobre todo de un deseo de complacer, divertir, sorprender o hacer reír a la gente. Me gusta hacer el payaso, exhibiéndome por ahí sobre el escenario del mundo. Es más, si pudiera volver a empezar, preferiría ser actor que director.

Esta nueva edición de las Memorias incluye un epílogo redactado en 2015, en el que Polanski consigna su encuentro con Emmanuel Seigner, su esposa actual, y evoca dos pesadillas: la de su arresto en 2009 en Suiza y su detención en Varsovia en 2014, ya que el caso de Los Ángeles sigue abierto por cuestiones más políticas que judiciales:

Ahora se me considera universalmente, bien lo sé, un perverso enano libertino. Mis amigos —y las mujeres de mi vida— saben que eso no es cierto.

Muchas parecen sentirse irresistiblemente atraídas por mi triste fama, y muchas —sobre todo después del affaire de Los Ángeles— muestran interés por conocerme. Cuando descubren que no soy lo que las han inducido a esperar, se sienten decepcionadas. He sido objeto de tantas inexactitudes, malentendidos y claras distorsiones, que las personas que no me conocen tienen de mi personalidad una idea enteramente falsa. Los rumores, con el concurso de los medios de comunicación, crean una imagen de las figuras públicas que estas tienen que llevar después colgada como un sambenito. Sé lo que soy, lo que hice y lo que no hice, y cómo fueron y son las cosas realmente.

Y tal vez es posible que, en el futuro, Roman Polanski sea más recordado por haber sido el esposo de la actriz asesinada por los Manson o por ser el “cineasta violador” que por El bebé de Rosemary, por Chinatown, por Luna amarga, por El pianista o por El escritor fantasma, La Venus de las pieles o Basada en hechos reales.

 

Iván Ríos Gascón
Escritor. Entre su obra destaca la novela Luz estéril y el libro de relatos Broadway Express.

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