Narcos México: atisbos de la realidad criminal

La nueva temporada de Narcos desembarca en México. Paralelamente se lleva a cabo el juicio del Chapo en Nueva York. Realidad y ficción una vez más se confunden en nuestra forma de acercarnos a los hechos.

Una nueva coincidencia hace converger un hecho real —el inicio del esperado juicio contra el Chapo Guzmán, extraditado a Estados Unidos en 2016— con un lanzamiento audiovisual: la entrega de Narcos México de Netflix. Con frecuencia hechos en la historia del Chapo se asocian a eventos mediáticos, como fue aquella polémica entrevista de Penn/Del Castillo con la recaptura del capo en la misma semana.

Narcos México es la cuarta entrega de Narcos, en la que el poderoso gigante de contenidos ofrece al mercado global su versión sobre el narcotráfico, primero en Colombia y ahora en la historia mexicana. Esta temporada regresa la línea de tiempo con relación al relato de las primeras tres, dos de ellas dedicadas al cártel de Medellín y la tercera al desarrollo y caída del cártel de Cali, donde vimos a Damián Alcázar encarnar a un poco convincente Gilberto Rodríguez, uno de los dos líderes de dicha organización. En la última escena de la temporada 3 ya se anunciaba el giro mexicano: el agente de la DEA Javier Peña observa una lancha que cruza el Río Bravo, lo que nos permite suponer la continuidad de la historia ahora con México como centro del tráfico de drogas.

Narcos México parece una primera temporada en tanto inaugura un nuevo topos del relato audiovisual sobre el narcotráfico, pero es también la continuación del anterior, como se comprueba en el uso de recursos metadiscursivos que confirman la secuencia: el uso del  tema original (el pegajoso bolero “Tuyo” de Rodrigo Amarante) y el diseño de la cortina inicial ahora salpicada de motivos mexicanos: Guadalajara cuadriculada por sus espacios emblemáticos en un mapa imaginario, las referencias al Día de Muertos, al santo Malverde, la cerveza Pacífico, entre otros.

Si bien Netflix ya contaba con su versión particular sobre el Chapo, en Narcos México vemos a un Joaquín Guzmán Loera de joven, parte del círculo cercano a Miguel Ángel Félix Gallardo. Sin embargo, el centro de esta temporada tiene como eje la historia del conocido agente de la DEA Enrique “Kiki” Camarena (interpretado por Michael Peña) y su afanosa búsqueda de Félix Gallardo. Como siempre sucede en las series de acción, en varias ocasiones está a punto de atraparlo, y otras más, por cualquier razón, se escapa o no puede concretar la captura.

La serie presenta el trastrocamiento dramático que combina hechos reales con ficticios (entre otros ejemplos, en el sexto capítulo se narra el affaire de Caro Quintero con una mujer de clase alta, lo cual fue verídico, pero no con la hija del secretario de educación pública). Sin embargo, más objeto de crítica quizá sea el casting del elenco: Diego Luna interpreta a un Félix Gallardo dulce, buena gente y poco verosímil para el personaje que fue el llamado “padrino” o “jefe de jefes”. Es cierto que a partir del séptimo capítulo vemos la transformación del personaje, pero aun así no deja de despedir ese halo implícito de humor que conocimos desde que Luna actuara al famoso “Rudo” de Alfonso Cuarón (Rudo y Cursi, 2008) y que impide reconocer el cambio en el capo, ahora avenido en implacable y sanguinario magnate que decide cambiar la marihuana mexicana por la cocaína colombiana. No está de más decir que, contrario al estereotipo del narcotraficante siempre rodeado de gatilleros y guaruras, aquí vemos a un Félix Gallardo frecuentemente solitario, conduciendo él mismo su carro, fumando al estilo Cary Grant y, más que narcotraficante oriundo de la Sinaloa rural, reconocemos a un hombre atractivo, generalmente elegante, con cuadros de Saturnino Herrán en su oficina y siempre lleno de simpatía y donaire; a diferencia de la cantidad de mujeres y amantes que suelen rodear a este tipo de personajes, su vida extramarital apenas se menciona y la mujer más cercana a él es una amiga de la infancia, Isabella, de quien siempre rehúye el acercamiento físico que ella le propone.

De la misma forma, vemos a un “Don Neto” (Joaquín Cosío) francamente subutilizado a no ser que concedamos mayor despliegue histriónico en las escenas del capítulo 7, donde tiene que vivir un duelo familiar, pero aun así vemos al actor debajo de otras interpretaciones en las que ha participado.

En ese sentido, más creíble y mejor puesto quizá sea el agente de la DEA Kiki Camarena, construido de manera equidistante a la del “jefe de jefes”, como dicta el manual de guionismo, y que a veces tiene más rasgos gansteriles que el propio narcotraficante sinaloense. Mientras Kiki se presenta como arrojado, impulsivo y tenaz, Félix Gallardo es delicado, elusivo y aparentemente inseguro, cuando no, por momentos, falto de carácter.

Como en el caso del juicio contra el Chapo, que ha iniciado la semana pasada en una corte de Nueva York, tanto o más que los hechos importa el show mediático, que da la nota y guía la atención. Extraño juicio que comienza con la discusión sobre qué tan importante era el Chapo en la organización del cártel de Sinaloa: si era un todopoderoso como menciona el “Rey” Zambada —otrora socio y ahora testigo protegido de la DEA— o si, como dice su abogado Jeffrey Lichtman, Guzmán era un subordinado del “Mayo” Zambada y éste el verdadero líder del cártel de Sinaloa.

Así como las series nos acercan a una verdad edulcorada y glamorosa sobre el mundo del narco, en el juicio del Chapo asistimos a un espectáculo de declaraciones. ¿No será que nunca podremos saber con certeza lo que pasa en el mundo del narco? De hecho esa es una de las tesis de Fernando Escalante Gonzalbo (El crimen como realidad y representación, 2012) en el sentido de que aunque dé la impresión de que sabemos mucho y tenemos mucha información sobre cárteles, plazas, sicarios y narcotraficantes, en realidad conocemos muy poco, por no decir casi nada, aun cuando los medios nos invaden de noticias diariamente.

Al releer las declaraciones del Rey Zambada en el juicio sobre el Chapo en un futuro, ¿éstas no podrían ser parte del guion de alguna telenovela o serie? Parece cumplirse así un sino en la historia la ficción latinoamericana, como apuntaba García Márquez: la finalidad de la literatura en nuestra región no es crear un mundo fantástico, sino justamente hacer creíble una realidad de suyo fantástica. ¿Cuál es la realidad de la historia que Narcos México nos quiere contar? ¿Los “hechos reales” tienen necesariamente que ser ficcionalizados para hacerlos accesibles y darlos a conocer? ¿Los participantes en el juicio del Chapo están contando los hechos como si fueran “parte de una telenovela”, como lo arguyen los abogados del narcotraficante? Como si solo la ficción nos permitiera el verdadero acceso a esta parte de la realidad del crimen organizado.

 

Tanius Karam
Profesor de Comunicación de la UACM.

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