Heridas en la Tierra: la Luna y el cine

A partir del estreno de El primer hombre en la Luna (First man), el siguiente texto reflexiona en torno al viaje cinematográfico a nuestro satélite próximo como experiencia del dolor.

La tradición sostiene que el astronauta no puede ser un hombre feliz. El viaje a la estratósfera se piensa como motivo de orgullo para la especie; quizá valdría la pena considerar si no se trata de una derrota. Lo mismo sucede con la idea de los migrantes: preferimos pensar que es su fuerza de voluntad y un tremendo arrojo lo que los lleva a dejar su casa, soportar maltratos, pasar frío —algo que, aparentemente, sucede en cualquier sitio a donde se desplace alguien fuera de México—, y no una realidad indigna. Olvido quién lo dijo: los exiliados están condenados al éxito porque la alternativa es la muerte. La historia que cuenta la última patera que toca tierra en Lampedusa es la de un fracaso colectivo.

Las historias que miran al espacio también nacen de una herida en la Tierra. Ese suele ser el cuento convenido. Como ejemplo de relato cósmico fundacional está la lucha fratricida de aquellos simios en 2001: Odisea del espacio (Kubrick, 1968). Uno toma un hueso del tamaño de un mazo y lo utiliza con alevosía, premeditación y ventaja en contra de otro de nuestros ancestros. La violencia es atroz; en pocos años se volverá moneda corriente. El simio lanza al aire el hueso icónico que se transforma, en un parpadeo, en un satélite. La liga que une ambos tiempos es el trauma. Los golpes en la tierra nos orillan lejos de ella.

La frase publicitaria de Alien (Scott, 1979) es al mismo tiempo aterradora y reconfortante: en el espacio, nadie puede oír cuando gritas. ¿Existe el dolor en el más allá? La pregunta obsesiona a la especie desde hace siglos. El satélite Morelos no ha producido —todavía— una respuesta concreta, pero la mera posibilidad de que esta sea negativa alimenta todos los programas espaciales, espolea a todos los astronautas que abandonan un plato caliente de comida por un polvo proteínico, que cambian la comodidad de unos jeans por uno de esos engorrosos mamelucos.

Hay algo cristiano, por supuesto, en la idea de que a un sufrimiento terrenal corresponde una recompensa en otro plano. También en la noción de que enviamos al espacio a nuestros mejores hombres, y que, si vuelven del martirio, será siempre tarde (al tercer día; a la tercera década) y de un modo casi irreconocible. En Interstellar (Nolan, 2014), el astronauta regresa a casa setenta años después de su partida. Lo hace sin haber envejecido, lo cual lo emparenta con los fantasmas. Cuando entra al cuarto de hospital donde descansa su hija —ahora anciana— el resto de los visitantes abandona la sala en silencio: para los que no creen, él ya no existe. En Chairman Spaceman, cuento de Thomas Pierce, el viajero intergaláctico regresa a la tierra sin pelo, sin barba, como “un bebé horrendo”. En la recién estrenada El primer hombre en la Luna (Chazelle, 2018) Neil Armstrong es puesto en cuarentena a su regreso del viaje a la luna. Su mujer llega para visitarlo. Ninguno de los dos pronuncia palabra; en cambio, se invoca el principio tomasiano: tocar para creer. El problema está en que los separa un cristal grueso. Ambos extienden la mano pero el contacto es imposible. Aun cuando regresan, ¿pueden los astronautas compartir su experiencia?

En la película de Damien Chazelle, banderazo de arranque de la conmemoración que se viene por los cincuenta años del alunizaje —el 20 de julio de 1969—, lo incomunicable ocupa un sitio clave. La historia arranca con un hombre que sufre en silencio, detrás de un casco que nos impide ver con claridad su rostro. La nave que maneja se agita con violencia, pierde el control, aterriza de emergencia —o de milagro— en el desierto de California. En casa la situación no es más tranquila: la hija de dos años de Neil Armstrong tiene un tumor en el cerebro. La niña muere y Armstrong se encierra en su despacho, corre las cortinas y llora sin testigos. Al día siguiente llega temprano a la oficina.

Nunca hablará del episodio; ni con colegas, ni con amigos, ni con su esposa. A Armstrong lo recluta la NASA para el proyecto lunar y en su primera prueba pierde el conocimiento. Lejos de hacerse a un lado, el ingeniero asume plenamente el martirio: pide que lo vuelvan a subir a aquel simulador violento, más tarde abogará por otra oportunidad para volar después de haberse estrellado; aceptará, sin queja, pasar cada vez más tiempo lejos de su familia. Las pruebas de la NASA antes de la misión del Apolo 11 fallan, mueren varios compañeros. “Nos volvimos expertos en funerales”, dice Janet Armstrong, una línea devastadora entregada con una sonrisa. Su marido quizá no estaría de acuerdo: cuando fallece otro más de los pilotos, Armstrong se marcha de manera arrebatada a la mitad del funeral casero. De vuelta en su jardín, mira hacia la luna con una especie de cámara o catalejo. Lo alcanza un amigo, intenta sacarle plática, y Armstrong contesta: “¿Crees que estaría aquí si quisiera hablar con alguien?” El único diálogo posible ya no tiene lugar en la tierra.

La película la protagoniza Ryan Gosling, un tipo que ha perfeccionado durante años su aproximación al silencio. En Blue Valentine (Cianfrance, 2010), en Driver (Winding Refn, 2011), la potencia de sus personajes emana de lo que no dicen, de la manera en que el actor mira o desvía la mirada. Lo curioso es que ahora, de nuevo bajo la dirección de Chazelle, Gosling pasó de cantar y zapatear en La La Land (2016) a contemplar la luna en un mutismo adusto. Cuando en un momento de El primer hombre en la Luna el personaje de Buzz Aldrin dice: “Oigan, yo sólo digo lo que pienso”, Armstrong le contesta: “Quizá no deberías”. La línea parece un dardo cómico pero podría ser una recomendación honesta. Armstrong nunca lo hace.

Hay melancolía en el astronauta, un tipo que aspira, literalmente, a tener la cabeza en las nubes. Hay, por ende, un desdén implícito a todo lo que sucede en la tierra. Los primeros viajeros intergalácticos en el cine lo comprueban. Son los magos hiperkinéticos y febriles de Viaje a la luna (Méliès, 1902), un auténtico testamento fílmico. Ahí no hay un astronauta solitario sino una tropa de sombreros puntiagudos y barbas largas. El equipo se prepara frente a un pizarrón donde se traza una línea punteada: de la tierra a la luna, no hay mucha ciencia. El primer hombre en la Luna tiene una escena análoga que puede leerse como un homenaje. Pero mientras que en la película de Chazelle el proyecto está envuelto en la mayor seriedad posible, en Méliès el alunizaje es fiesta: el satélite no es sino una gruta fabulosa llena de hongos. El único problema es que ya está poblada. Se hace la guerra, explotan los enemigos, se hunde el cohete. Los magos brincan, celebran. No entienden nada y tampoco les interesa: de otro modo serían profesores o abogados. Nuestros primeros astronautas en pantalla tenían que ser así de estrafalarios porque si no, paradójicamente, se perdería todo sentido de realismo. La luna pertenece a los lunáticos.

Versión original de Le voyage dans la lune, de George Méliès, muda y en blanco y negro.

Esa despreocupación terrenal no ha perdido vigencia. Cuando a Armstrong le preguntan si no cree que el dinero de la carrera espacial sería mejor invertirlo en proyectos más inmediatos, no contesta. En Chairman Spaceman el protagonista es un ejecutivo financiero que decide donar su fortuna a una iglesia new age que promete a sus fieles empezar de cero en un planeta lejano. El CEO prefiere viajar en el tiempo y el espacio en vez de recontratar a todos los que ha despedido, de pagar sus impuestos, de transferir ese dinero a la Unicef. En el caso de Armstrong el desaire de lo cotidiano se expresa de manera dolorosa en su incapacidad para hablar con sus otros dos hijos la noche antes de su partida, en preparación para el viaje a la luna. Un viaje, por supuesto, del que quizá no vuelva nunca; un viaje del que no le dice nada a estos niños más que monosílabos, frases truncas, prácticamente obligado por su esposa.

Al astronauta le cuestan las palabras. Intuye que lo que hace es imperdonable; por eso no se atreve a confesarlo. Se esconde en el mito de la trascendencia para evadir —con la complicidad del resto de nosotros— lo inmediato, quizá lo único que de verdad importa. En el reconocimiento de la obsesión por ese satélite lejano, el astronauta se revela como algo más que un misántropo: ya no es sólo que desprecie al resto de la especie, sino que no encuentra nada en el planeta que le parezca digno de su atención, de su tiempo.

Solemos pensar que sólo un gran dolor puede acercar a alguien a una conclusión tan extrema. En el caso de Armstrong, la pérdida de su hija se convierte en el golpe que lo expulsa del planeta. Lo mismo sucede con la doctora Stone, astronauta de Gravity (Cuarón, 2013), cuya hija de cuatro años muere en un accidente. Para mitigar el dolor al resto nos quedan las avenidas convencionales: los amigos, la música, una hamburguesa. Para el astronauta no hay consuelo; si acaso recuperarse en la cuna de los cráteres, como diría nuestro último rapsoda. El viaje al espacio como la forma más refinada de la terapia; así lo pretende el protagonista de Chairman Spaceman; así también el astronauta que imaginó el hijo de David Bowie, Duncan Jones, en esa película de título simple: Moon (2009), donde parece que la aventura cósmica no es sino una forma de purgar una condena autoimpuesta. Esto te va a hacer bien, le dice su mujer al astronauta, en un video grabado desde una casa que —intuimos—, ya no es la suya.

En el momento más importante de El primer hombre en la Luna el casco vuelve a cubrir el rostro de Neil Armstrong. La cámara permanece fija, necia, y la música suena, pero nosotros sólo vemos el reflejo de un visor tornasolado. Es imposible asomarse de verdad a la experiencia, al dolor de los otros. Sabemos que ningún hombre feliz tendría por qué enlistarse en el ejército. Quizá ningún astronauta querría volver a la tierra, pero preferimos creer que sí, porque la alternativa, para nosotros, sería insoportable.

 

Luis Madrigal

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