Luces y sombras en el Festival Internacional de Cine de Morelia

Aunque este año el Festival Internacional de Cine de Morelia ofreció cintas que indagan en algunas de las problemáticas más serias del país, pareciera que el compromiso de creadores, medios y actores termina por diluirse en la alfombra roja.

La alfombra roja apenas iniciaba, y como es normal en estos eventos, la gente desbordaba el vestíbulo principal del cine. Gritos, porras y souvenirs se ofrecían por un autógrafo y una selfie con el famoso de turno, sin importar si se conocía o no. Detrás de los fans, oculto entre el glamur y los empujones, una persona en situación de calle aparecía en el mapa solo cuando alguien tropezaba con su cuerpo. “Esto es Morelia”, dijo uno que pasó de largo.

Los festivales de cine son un termómetro de los tiempos que corren: cineastas, productores, actores, académicos, reporteros, críticos y público interactúan gracias a un eje común: las películas. Por lo general, aquello que los convoca queda en un peldaño menos privilegiado; pero en esta edición del Festival Internacional de Cine en Morelia (FICM), las obras se insertaron de manera más explícita en la agenda política del país.

Desde el anuncio de su selección oficial, el festival de Morelia daba señales de que lo que se vería en sus pantallas haría clic con los temas que han sido tendencia todo el año en México y el mundo. Y así fue: declaraciones contra el racismo y el clasismo, apoyo a los migrantes, repudio al machismo y a los feminicidios, aumento de personajes que representaban a los sectores menos favorecidos del país, conferencias de prensa y encabezados de medios de comunicación. Sin embargo, cuando Yalitza Aparicio, la actriz principal de Roma, compartió su experiencia en el casting de la película y contó que al principio pensó que estaba cayendo en una red de trata de blancas, la prensa lanzó una carcajada. En México, este es el horror normalizado: una grave declaración espontanea que dio risa y que no apareció de inmediato en encabezados o tuits retuiteables. Pareciera que las declaraciones en pro de un mejor país deben salir en entrevistas planeadas, en simulacros de un tipo de activismo político pensado para Instagram.

Y como éste, otros ejemplos. Después de una de las alfombras rojas más esperadas del festival, se escucharon las quejas de reporteros: el cineasta, aquel que se pronunció contra el racismo y el clasismo en el país, optaba por una actitud desdeñosa. “Cubrimos su película, ¿por qué si dicen que esta película es de México, los medios de Estados Unidos tienen las exclusivas?”. Silencio. Y es que lo que se experimenta en el festival se queda en pláticas, en charlas en el desayuno; es mejor contar las experiencias entre amigos y hacerlo un secreto a voces porque el hype del festival, de las fiestas, del glamur instantáneo sobrepasa, seduce, minimiza. Así, estos espacios se convierten en una contradicción a escala que define al país.

En estos días, poco después de la premiación de las películas que se sometieron a concurso, se lee con entusiasmo: “Las mujeres ganan en Morelia”; y sí, literalmente así fue. Los premios principales fueron otorgados a directoras y productoras, además de salir de una selección oficial de largometrajes mexicanos donde seis de las once obras son dirigidas por mujeres. La celebración es unánime: el cine da la cara a un México que engendra feminicidas, y también a medios de comunicación que convierten el problema real en un espacio de morbo. Ese es nuestro país, donde la alegría generalizada no dio paso, por ejemplo, a la denuncia contra una industria que se sabe misógina y machista, a la llamada de atención que profieren directoras y productoras egresadas de escuelas de cine que denuncian abusos de poder, e incluso casos de abusos sexual, que se difuminan como secreto a voces. El reconocimiento al trabajo femenino es un paso, sin duda, pero ¿estaremos muy lejos de hacer de los premios un vehículo de acción?

Es verdad que este año tenemos un cine que ha mostrado más interés por temas sociales. Los resultados del FICM son evidentes: La camarista, ópera prima de Lila Avilés, que arroja luz sobre los problemas de desigualdad en el país a través del día a día de una camarista en un hotel de lujo de la Ciudad de México, ganó dos de los principales reconocimientos: el premio de la prensa y el premio que otorga el jurado del festival (este año encabezado por la directora escocesa Lynne Ramsay). Las niñas bien, de Alejandra Márquez, problematiza el papel de la mujer en la sociedad mexicana; Antes del olvido, de Iria Gómez, toca temas como la gentrificación y la corrupción inmobiliaria. En resumen, el cine mexicano da destellos de interés por explorar nuevas formas de representación, atravesadas por la perspectiva de género y la división de clases, dejando de lado los clichés y los estereotipos. Ahora bien, si “esto es Morelia”, ¿queremos que siga así por siempre? Guardemos la esperanza de un cine con los ojos puestos en su presente, no solo en la alfombra roja.

 

Arantxa Luna
Crítica de cine.

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