Hitchcock en la Cineteca: escribir con la cámara

La retrospectiva de la Cineteca Nacional le tocó este año nada menos que a Alfred Hitchcock, un cineasta que encarna como pocos al autor, aquél que trasciende su tiempo y su propia carrera tras haber aprendido a “escribir con la cámara”.

Son pocos los cineastas que trascienden la efímera secuencia de créditos y se convierten en celebridades. El ejemplo paradigmático es Steven Spielberg, un tipo que ha sido mencionado más veces en los discursos de agradecimiento de los premios Óscar que Dios padre. Lo normal es lo contrario: todo mundo recuerda el título de la película y quién actúa (quizá hasta la fecha del estreno), antes que al director de la cinta.

Fotografía publicitaria, vía Wikimedia.

El caso de Alfred Hitchcock representa una inversión extraña del fenómeno: pese a que su última película se estrenó hace más de 40 años, su apellido sigue vigente, y forma parte de la cultura popular. Incluso su perfil —la nariz aguileña y la papada recortadas contra la sombra— resulta fácilmente identificable, más aún que algunos títulos de sus largometrajes (¿quién ha visto Young and Innocent, o The Skin Game?). El apellido se asocia de inmediato con un par de géneros —terror, suspenso— y con la noción escurridiza de que es un director importante.

La historia de Hitchcock es la de un británico de provincias, nacido en 1899, que empezó su carrera como ingeniero, después pasó a la publicidad y más tarde recorrió casi todos los puestos de la naciente industria fílmica (incluyendo director de arte, guionista, productor) hasta llegar a ser, primero, director, y después ese director cuyo rostro aparecía en los carteles de sus películas (algo que, quizá, no se ha repetido en la historia del cine).

Hitchcock era (y es) un producto en sí, una franquicia. Era, al mismo tiempo, imán taquillero y una suerte de control de calidad, sello de confianza. El tipo aparecía en los cortos para presentar sus películas, o comentarlas, o regresar al set donde las había filmado para explicar algún detalle de la trama. Aparecía en programas de televisión ajenos y tenía uno propio. Tenía, también, participaciones aparentemente discretas (los famosos cameos) en sus películas. Para alguien que se regodeaba en las zonas oscuras de la mente humana, Hitchcock estaba (y está) bajo un reflector bastante grande.

Cartel original de The birds (Los pájaros) en el que el mismo Hitchcock, a la izquierda, hace parte del anuncio.

Esas luces llegan ahora hasta las salas y la galería de la Cineteca Nacional, que arrancó el 13 de septiembre una retrospectiva de 35 películas, junto con charlas de análisis y una exposición que gira alrededor de la vida y obra del director británico, bajo el título Alfred Hitchcock, más allá del suspenso. La exhibición y la muestra fílmica se extienden hasta enero de 2019. Se trata de un homenaje similar al que la propia Cineteca le hizo a Stanley Kubrick el año pasado, y que tan buenos resultados trajo (uno podía leer las cartas de Nabokov a Kubrick; uno podía, sobre todo, ver o volver a ver sus películas en la pantalla grande).

Ambos, Kubrick y Hitchcock, pertenecen a una categoría de cineastas a los que se les denomina autores. La etiqueta es maleable y no siempre pega bien, pero a grandes rasgos hace referencia a los directores que logran (bien a través del estilo, bien por medio de temáticas, personajes u otros recursos) trasladar sus obsesiones, o su visión personal, a la pantalla. Se dice autor y se piensa en Mizoguchi, Renoir, Bergman, Bresson. Lo dijeron y lo pensaron una serie de críticos franceses a mediados del siglo pasado (Bazin, Truffaut, Godard, el equipo de esa revista mítica llamada Cahiers du Cinéma). Ellos fueron los primeros que aplicaron la teoría de autor al cine y, por ende, los primeros que hicieron listas de quién se ganaba el epíteto. Ahí, para sorpresa de muchos, salió el nombre de Hitchcock.

La aparición fue inesperada porque Hollywood consideraba a Hitchcock una pieza más en el sistema, parte del engranaje discreto y eficiente (filmó más de 50 largometrajes) que hacía de los estudios californianos auténticas fábricas de producción masiva. Hitchcock había empezado su carrera cinematográfica en la sombra: sin ningún detalle de estilo propio, sin su firma en cada toma. Cuando filmaba en mudo en Inglaterra, e incluso en sus primeros filmes en Hollywood, era un simple obrero del cine. Pero fue a partir de los años 1940 que Hitchcock empezó a labrar su leyenda. Nos quedan de esa época filmes excepcionales como Rebecca (1940), Spellbound (1945), Notorious (1946), o Rope (1948). En todos destacaba la atención que Hitchcock ponía a los elementos visuales de sus historias: una llave, un guante, una expresión particular en el rostro de Ingrid Bergman. El director empezó a desarrollar aquí una obsesión tremenda por el storyboard, ese guion pictográfico que detalla cada una de las tomas de una película. “Mi mente era estrictamente visual”, diría Hitchcock años más tarde. Para él nunca hubo necesidad de abandonar las técnicas del cine mudo.

Sus primeras nueve películas habían sido mudas. Ese trabajo en el silencio lo ayudó a desarrollar un lenguaje visual poderoso y efectivo. En general, las películas mudas solían exigirles mucho más a los espectadores que aquellas donde el diálogo o la verborrea de algún personaje orienta la interpretación y los nudos y desenlaces. Hitchcock nunca perdió de vista la importancia de la elipsis o el silencio. Su fórmula era sencilla: unir dos o tres pedazos de película para sugerir una idea.

Ése era el genio que le interesaba a François Truffaut. A diferencia de otros autores como Tarkovsky o Kurosawa, Hitchcock no escribió los guiones de sus películas más destacadas. Sin embargo, según el crítico y cineasta francés, Hitchcock escribía con la cámara. “Ustedes en Estados Unidos le dicen ‘Hitch’. En Francia, le llamamos ‘Señor Hitchcock’”, diría Truffaut en 1979, durante un homenaje quizá demasiado tardío al director británico. En los años en que Truffaut se formó como cineasta, Hitchcock entregó una obra maestra tras otra: Strangers on a Train (1951), Dial M for Murder (1954), Rear Window (1954), Vertigo (1958), North by Northwest (1959), Psycho (1960), The Birds (1963). Es una producción de altísimo nivel en un lapso relativamente corto. “El cine es para contraer o extender el tiempo”, le dijo Hitchcock al propio Truffaut en una conversación. Acaso esta retrospectiva no sea sino la confirmación de aquella teoría.

Luis Madrigal

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