Made in Mexico: exhibir una frivolidad extenuante

En Made in Mexico se asiste a un lugar de catálogo. Todo en la nueva producción de Netflix es un anuncio que nos quiere poner visualmente a la altura del primer mundo: gente guapa, con ropa de marca y una vida llena de lujos, que vive en una ciudad con grandes edificios. Una serie cuyos defectos evidencian la estructura clasista, racista y aspiracional de la que México parece no querer desprenderse.

Made in Mexico (1ª temporada, 8 episodios)
Año: 2018
País: Estados Unidos
Producción: Love Productions USA, Netflix.
Director ejecutivo: Richard McKerrow.
Elenco: Pepe Díaz, Kitzia Mitre, Roby Checa, Carlos Girón Longoria, Liz Woodburn, Columba Díaz, Chantal Trujillo, Shanik Aspe y Hanna Jaff.

Hay un terrible desfase sobre lo que México es y cómo representarlo en la pantalla. Es difícil decir que nuestro país es eso que aparece continuamente en las telenovelas, en las series televisivas y en las películas que abarrotan las salas comerciales, donde los personajes son primariamente blancos y ricos, y el pobre, el moreno, aparece generalmente como una otredad desplazada a segundo término. Hay un vicio por retratar y encumbrar a las élites, a esa minoría económica y racial que radica en nuestro país, pero también una demanda por parte del público que consume estos materiales afanosamente ya sea por mera estética costumbrista, por aspiración, por drama o por querer retirar la mirada de los problemas reales que hay alrededor.

En México tenemos ya una larga historia y relación con estos contenidos bajo diferentes formatos, los cuales generalmente se terminan por aceptar mientras se presenten bajo formato de ficción y se muevan en una línea romántica y/o cómica. Ahí el éxito con que se aceptan masivamente películas como Nosotros los nobles o series como La casa de las flores. Ambas comparten un mundo que bien podría entrecruzarse y donde los ricos son los personajes principales. Sin embargo, el epítome de la representación de las élites mexicanas en la pantalla se ha alcanzado con el reciente estreno en Netflix del reality show Made in Mexico, programa que sigue la vida de nueve personas de la clase alta mexicana y que nos enfrenta a una frivolidad extenuante al dejar en claro que la realidad puede ser peor que la ficción. Personajes como Chava Iglesias (Club de Cuervos) o Julián de la Mora (La casa de las  flores) son una mera caricaturización de la banalidad que habita en las altas esferas de nuestro país y que ahora vemos de forma directa. Un asomo que, lejos de la ficción y de la comedia, resulta espeluznante aunque tampoco desconocido.

El estreno de la serie no es gratuito por mucho que espante a varios o que les pueda resultar repulsiva la temática a otros, sino que atiende a una línea que ha funcionado bien en los últimos años. En nuestro país, la gente blanca, privilegiada y rica es objeto de consumo y de deseo, y los dos últimos éxitos de Netflix, Luis Miguel, la serie y La casa de las  flores, son apenas una pequeña muestra. A pesar del drama ahí vertido, los contenidos son aspiracionales para una gran audiencia y el cambio de formato de televisión a Netflix ha servido para revestir este tipo de historias con un aspecto más consumible y moderno. Made in Mexico es una apuesta que a pesar de haber generado una red de detractores es un triunfo comercial. Hay personas a las que poco les importa la banalidad ahí mostrada, el distanciamiento con el México que habita la mayoría, y que se sienten fascinados con todo lo ahí mostrado. Incluso hay quienes en redes sociales afirman que México también es eso que ahí se ve y no solo narcos y muertes, y que prefieren echar un vistazo a ese estilo de vida antes que al otro. Hay una mirada demasiado domesticada que se arroja a este tipo de contenidos por morbo y por deseo.

Mexico is the shit

El México al que asistimos en Made in México es uno desprovisto de su negatividad (aunque muestra un gran problema que nos aqueja). Igual que cualquier producción que Manolo Caro hiciera, lo que nos muestra es la Ciudad de México que solo habitan unos cuantos: Polanco, Santa Fe, la Condesa y la Roma. De Xochimilco solo nos muestran los embarcaderos, lo más turístico. No va más allá de eso. A lo que se asiste es a un México de catálogo. Todo ahí es un anuncio que nos quiere poner visualmente a la altura del primer mundo: gente guapa, con ropa de marca, con una vida llena de lujos, que habita una ciudad con grandes edificios. Sesgo radical que, aunque halagador, es una mentira. En una ciudad tan grande como Ciudad de México esos lugares no son una muestra real de la forma de vida que llevan la mayoría de los mexicanos sino solo algunos cuantos. El privilegio a diferentes escalas, lo fotografiable.

La peculiaridad que guardan este tipo de contenidos es que al final terminan por ser una apología de la clase alta. Nosotros los nobles lo marca descaradamente desde su nombre, que a la vez que apela a la nobleza de la sangre, también lo hace aludiendo a la generosidad. El mensaje era claro: “es cierto que somos ricos, que podemos ser superficiales, pero también somos seres humanos, tenemos problemas, vicios y sobre todo, somos buenas personas, queremos ayudar”. Es decir, este tipo de películas y series sirven para lavar la imagen del rico frente al resto de la gente. Cifra por más decirlo terrorífica que exime a las élites de responsabilidad moral con el resto de la población. Pues si son buenos no lo son con la totalidad de las personas sino solo con aquellas que están lo suficientemente cercanas a ellas: la gente de “bien”, la gente que fue a “escuelas bien”, aquellas que tienen las relaciones necesarias para poder estar ahí y ser consideradas como alguien igual. El pobre solo se presenta como empleado, a pesar de ser la nana, o en el peor de los casos como ejemplo que sirve para verse reflejado y valorar más la vida propia (como el rico que va de misiones o que va de vacaciones a lugares de extrema pobreza: solo ahí, frente a la alteridad radical, es que valoran ciertos privilegios y se sanan, se nutren de la precariedad que los impulsa a hacer el bien, a “echarle ganas”).

Made in Mexico pareciera pues una extensión y representación de aquella chamarra que se volviera famosa por portar la frase “Mexico is the shit”. Es la materialización de esa superficialidad con la que se pueden tocar las problemáticas nacionales. Son este tipo de personajes los que usan una chamarra y que con aires buena onda creen que están abonando a cambiar al país cuando el entramado es severamente más complejo. No es solo una cuestión de actitud. Resulta terrible ver a esta gente jugando a ser buenas personas mientras sus empleadas tienen que vestir uniforme (que usualmente se empleaba para dejar en claro quién no es familiar), mientras refrendan el linaje, los estudios en Harvard, todos los lugares a los que han viajado, el sufrimiento en el que viven a pesar de ser ricos y guapos. En México hay una acumulación del capital que difícilmente se liberará. Aquí vive el hombre más rico de toda Latinoamérica (y que en algún momento lo fuera del mundo) a la vez que existen 50 millones de pobres. Espectros a la espera de reconocimiento, de visibilidad, de sujeción por parte del Estado. Atender a estas vidas, aunque atractivo a razón del drama y del morbo, es una suerte de inmoralidad, de espectáculo vil. Hay más lugares donde posicionar la vista. Más vidas que merecen ser contadas y reconocidas. Aquí se da visibilidad a una vida que ya era visible. Se empodera a quien ya tenía poder. Pura frivolidad pues nos echa en cara cómo funciona este país. Hay gente para la que emprender es fácil pues además de tener dinero cuenta con toda una red de amistades que lo soporta y que lo apoya, mientras hay personas que jamás podrán subir económicamente, no por falta de ganas ni de actitud, sino por el entramado social en el que se desenvuelven.

Si algo es destacable de las nueve personas que vemos en este reality show es la forma en que entre ellos se ayudan mutuamente y cómo construyen un colchón de relaciones que los sostienen. Pero es también esta forma de operar la que ha posibilitado su estancia en la clase alta durante años. No se trata solo de tener dinero, de haberlo heredado, o de pertenecer a una familia reconocida en el país; mucho se trata de las relaciones, de entrar a esos grupos que son solidarios entre ellos mismos. Y no es que la clase baja y la media no sean solidarias, es solo que no disponen de los recursos suficientes para invertir y además apoyar al otro. Las élites se ayudan entre ellas a permanecer en el lugar más alto. No importa que en realidad no te dediques a nada, que solo recibas dinero de la empresa de tu familia y que vivas en una continua fiesta, igual te van a invitar a invertir. “Mexico is the shit” es la representación de la buena ondez que predican los jóvenes que pertenecen a esta alta esfera, los que vemos ahí en la pantalla, los que gustan de las frases motivacionales, que habitan en la superficialidad de México sin darse cuenta realmente de dónde están parados. Aquellos que creen que todo se reduce a un “chingarle más” o “echarle más ganas”.

Sin embargo, Made in Mexico es todavía más siniestro de lo que uno puede suponer porque ni siquiera es una producción mexicana. No se trata solo de un autolavado de imagen (en el entendido de que muchas de estas producciones son realizadas por gente que pertenece a la clase alta del país) sino de la localización de un paralelismo excesivamente morboso en nuestro país, entre ricos y pobres, por parte de una productora estadounidense llamada Love Productions USA. Richard McKerrow, director ejecutivo, ha creado y producido programas como The Baby Borrowers, Britain’s Missing Top Model, Young Mums Mansion, Famous Rich and Homeless, Famous Rich and Jobless y My Life As An Animal, entre otros. Aun sin haberlos visto, los títulos son un claro referente de cuál es la línea en la que la productora se mueve y en la que Made in Mexico no es la excepción: la radicalización del morbo. Por eso la serie comienza con varias declaraciones superficiales de los protagonistas. Una quiere inspirar a la gente, otro dice que en México hay personas muy diferentes y que quiere que esto se vea, otra dice que es muy mexicana pues es descendiente de Moctezuma, y otra (que es estadounidense pero está comprometida con un mexicano) dice que Polanco es como Beverly Hills. Todas y cada una de esas declaraciones están ahí solo para crear controversia, generar conversación y mantener al espectador a la espera de cosas aún peores. Es, pues, un contenido a priori chatarra hecho para vender no una buena imagen de México, sino lo peor de México aún cuando para muchos signifique una situación aspiracional.

La estructura es perversa, no están ahí solo porque son lo más fotografiable sino porque evidencian una estructura tristísima del país: la banalidad y superficialidad de un grupo de personas que a pesar de disponer de los suficientes recursos para viajar y estudiar en las mejores escuelas del mundo siguen ajenos a lo real y faltos de conocimiento. Vale la pena recordar aquel fragmento del show de las Kardashians que se hiciera viral, donde Kris Jenner dice estar obsesionada con un libro sobre la vida de Le Corbusier (que pronuncia incorrectamente): “es tan raro y tan aburrido, pero estoy obsesionada”. Khloe, su hija, le dice que eso no es un verdadero libro: “es un libro de mesa de café”. Lo tienen todo y aún así no tienen lo elemental.

En un país como el nuestro, donde el 70% de la gente nace pobre y morirá pobre, parece una frivolidad lanzar un reality show de este calibre. Sin embargo es vendible y genera morbo. Pero además, ¿no venimos (varios) de celebrar Luis Miguel, la serie o La casa de las flores? ¿En qué sentido son diferentes estas series de Made in Mexico? ¿Por qué sí ver las otras pero ésta no? En un país tan plural como el nuestro, contenidos varios no deberían de faltar. Hay muchas historias que merecen ser vistas, escuchadas (como la de la chef Cristina Martínez en el primer episodio de la quinta temporada de Chef’s Table). No hay por qué condenarse, absurdamente, a un régimen visual racista y clasista.

 

Fernando Bustos Gorozpe
Profesor en la Universidad Anáhuac Norte y candidato a Doctor en Filosofía por la Universidad Iberoamericana.
@ferbustos.

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