Ficciones permitidas ante el 2 de octubre: Un extraño enemigo

La serie Un extraño enemigo de Amazon Prime y Televisa es una inesperada ficción histórica alrededor de la sucesión presidencial de Díaz Ordaz y su influencia en la masacre del 2 de octubre 1968.

Un extraño enemigo (1ª temporada, 8 episodios)
Año: 2018
País: México
Dirección: Gabriel Ripstein
Producción: Bernardo Gómez, Leopoldo Gómez, Televisa Alternative Originals
Guionistas: Silvia Jiménez, Emma Beltrán, Daniel Krauze, Carlos Pascual, Gibrán Portela, Gabriel Ripstein
Elenco: Alejandro Arean, Enrique Arrizon, Fernando Becerril, Hernán del Riego, Roberto Duarte, Daniel Giménez Cacho, Antonio de la Vega, Luis Anza, Luis Curiel, Javier Díaz Dueñas, Arturo Echeverría, Kristyan Ferrer, Karina Gidi,

Cuando hablamos de la tragedia de Tlatelolco, una frase se genera recurrente, como mantra, repetida hasta convertirse en significante vacío: “2 de octubre no se olvida”. ¿Pero qué es el olvido? ¿Podemos acaso proscribirlo? ¿No se trata de un acto que, como el recuerdo, brota sin la agencia del sujeto? El olvido viene y se lleva lo que gusta, al azar de su capricho. Si deseamos olvidar, el olvido se escapa; si queremos recordar, el olvido se impone.

Cuando escuchamos “2 de octubre no se olvida”, estamos emitiendo una defensa común contra el olvido. Al repetir que no olvidamos intentamos recordar. Pero el gesto noble de protegerse contra el olvido, de defenderse contra el olvido programado, contra un evento borrado, contra la historia escrita por unos cuantos, no basta. Porque el olvido es caprichoso y sigue su propio cauce.

Cuando pensamos en el significado de esa tarde lluviosa en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, pensamos en la memoria de un país; un país en donde los archivos se queman, las bibliotecas se inundan y los recuerdos se intercambian por crujías. El recuerdo de ese día no está en algún periódico, en los libros de historia, en los documentales o en los testimonios. El recuerdo de ese día está disperso entre tantas conjeturas, entre voces que se juntan y una frase trillada que ruega existencia.

¿Qué pasó esa noche? ¿Por qué hay todavía debates sobre el número de muertos? ¿Por qué los juicios contra Echeverría no llegaron a nada? ¿Por qué nunca se esclareció el papel de la extinta abuela del CISEN, la Dirección Federal de Seguridad? ¿Por qué Díaz Ordaz murió alabando su conciencia tranquila?

La historia contada

La nueva serie de Amazon Prime en colaboración con Televisa, Un extraño enemigo, no pretende responder a esas preguntas. El concepto de la serie —a cargo de Leopoldo Gómez— no es el del documental como tantos se han hecho; no intenta ser una lección truncada de historia con tintes melodramáticos como Verano del 68 de Bolado; no es, tampoco, una aproximación a lo incomprensible como Rojo Amanecer de Jorge Fons. No, esta serie tiene todas las respuestas de su propia ficción y ninguna respuesta para nuestro mundo; esta serie es, pues, una ficción histórica.

Con esto quiero decir que se trata de una ficcionalización de hechos históricos en donde aparecen personajes reales en situaciones centrales. Aquí el momento histórico no es un telón de fondo para encarnar a Romeo y Julieta atravesados por Amar te Duele o Marimar (como hizo Bolado). Aquí, tampoco, se trata de retratar un momento con archivos históricos, como hicieron los alumnos del CUEC con el valiosísimo documental El Grito.

Un extraño enemigo es, más bien, una investigación histórica que pone en juego los mecanismos paranoicos del thriller político. Así, funciona en el mismo sentido que otras novelas históricas: por ejemplo, la conspiración monárquica alrededor de Jack el Destripador en From Hell de Alan Moore o la del reino de Luis XIII y el poder del Cardenal Richelieu en Les Trois Mousquetaires de Dumas Padre.

Excepto que aquí los personajes de la realeza histórica se truncan por los del presidencialismo acérrimo y observamos la lucha de un gabinete por una sucesión presidencial bañada en sangre. La teoría principal de la serie es la siguiente: los hechos que llevaron a la masacre del 2 de octubre de 1968 derivaron de un miedo paranoico de Díaz Ordaz (Hernán Del Riego) frente al brote comunista, de su obsesión por las olimpiadas, de la sucesión presidencial y de la lucha interna de un gabinete fragmentado por el Dr. Martínez Manatou (Javier Díaz Dueñas), el regente de la Ciudad de México, Alfonso Corona del Rosal (Fernando Becerril), y el Secretario de Gobernación, Luis Echeverría (Antonio de la Vega).

En medio de esta teoría que va tomando forma en los primeros cuatro episodios, la agencia del complot queda en manos de dos personajes ficticios que tienen una profunda relación con la realidad: el comandante Fernando Barrientos (Daniel Giménez Cacho) y el policía Navarro (Roberto Duarte). Los dos personajes, claro, por su representación, manierismos y brutalidad hacen referencia a los dos más terribles íconos de la policía política mexicana: Fernando Gutiérrez Barrios y Miguel Nassar Haro.

El caso de Nassar Haro es transparente por la brutalidad sádica en la representación del personaje (las leyendas cuentan que el policía real llegó a torturar a gente con ratas en las tripas…). El caso de Gutiérrez Barrios, por su parte, es bastante evidente en la forma en que Giménez Cacho representa físicamente al personaje. Ahí está el bigotillo recortado, los trajes a la medida y la elegancia resentida con todos los manierismos copiados de Miguel Alemán. Claro, aquí las instituciones y los nombres cambian porque el personaje de Barrientos, Director Federal de Seguridad en la serie, aparece como el que enciende la represión estudiantil.

No importa mucho si esta teoría es plausible o si, por alguna casualidad maravillosa, la ficción logró atrapar a la realidad. Posiblemente los hechos del 68 fueron una mezcla de maquiavelismo y estupidez, eficiencia y error, ambición y miedo. Como todo lo que mueve a la historia, no tiene una única causa y un único culpable. Los estudiantes eran agentes de su destino, como las autoridades y los golpeadores.

En cualquier caso, con su oscuridad policiaca, la teoría de Un extraño enemigo no es descabellada. Por eso, en los capítulos que hemos visto, los vínculos con la realidad son intrigantes. En el lado más frívolo, por ejemplo, está la relación sentimental de Barrientos con una intelectual llamada insinuosamente “Elena” (Irene Azuela), que puede hacer eco a las relaciones de Elena Garro con Gutiérrez Barrios (al que llamaba “mi D’Artagnan” en una referencia al bigote, tal vez, o a la identidad de guardaespaldas glorificado). En el lado más serio, tenemos un retrato justo de las despiadadas peleas de un gabinete presidencial en tiempos de dedazo, de la paranoia inepta de Díaz Ordaz, de la enorme rigidez conservadora y autoritaria de Echeverría, del carisma innegable de un líder estudiantil que parece coquetear con la figura de Luis González de Alba (Andrés Delgado).

Lo importante aquí no es la pertinencia de la teoría, ni lo convincente que pueda ser una explicación histórica. Lo importante es que se esté ficcionalizando ese pasado para darle otro vuelo narrativo, para crear otras identificaciones y abrir otros espacios. Como bien decía Riva Palacios en su comentario sobre la serie, 40 millones de millennials no existían en el 68 y tal vez no conocen nada sobre ese periodo histórico más allá de una frase que les ruega lo imposible frente al olvido.

Los huecos de memoria

En Un extraño enemigo el diseño de producción es meticuloso y preciso sin excesos ni presunciones. La dirección de Gabriel Ripstein (600 millas) es destacada y aprovecha el modelo de Netflix para encargarse de todos los episodios y darle el mismo tono a toda la serie. Las actuaciones son sorprendentemente buenas (salvo algunas excepciones bastante burdas entre los estudiantes) y el casting es preciso. Pero todo esto no es lo que me parece más destacable de Un extraño enemigo. Esta serie, más bien, es única por la forma en que trata la memoria compartida.

Hay una falta de respeto respetuosa; se toma la memoria para permitir la ficción y a la historia dolorosa para contar un drama entretenido. Así, se ve el giro de Televisa hacia la salida del presidencialismo y su intento por librarse de las huellas de aquellos soldados del PRI. Vemos una crítica abierta y sin desfachatez a la manera de gobernar del viejo régimen, a las ansias de estabilidad a como dé lugar, a las relaciones diplomáticas esenciales con Estados Unidos y Cuba, esos dos benefactores históricos del priisimo (y, sí, Fidel no se hubiera subido al Granma sin la ayuda de Gutiérrez Barrios). Pero, sobre todo, hay una necesidad de implementar algo de ficción en la rebuscada historia reciente de México.

En la voluntad de recrear esto hechos tan traumáticos con ficción, no se explican los hechos sino que se muestra el vínculo que tienen con el presente. Por eso, al ver esta serie pensamos en la primera novela histórica (la de Walter Scott) como la describió Lukács; esa novela histórica en donde se generan “las posibilidades concretas para que los individuos perciban su propia existencia como algo condicionado históricamente, para que perciban que la historia es algo que interviene profundamente en su vida cotidiana, en sus intereses inmediatos.”

Hay un vínculo con la memoria y la idea de una historia anterior que nos llevó a esto. Porque es un dato significativo que Televisa produzca una serie sobre las luchas de poder detrás del presidencialismo; una serie en donde se retrata claramente la línea de los chayoteados y en donde aparecen las manipulaciones frecuentes con las que histórica y políticamente se benefició la televisora. Es por eso que, en Un extraño enemigo, se crea un vínculo entre una época sin libertad de expresión, sin libertad de protesta, sin libertades democráticas y este 2018 en donde se respiran las ansias desesperadas de cambio en la política nacional.

Sobre el templete del mitin que conmemoró el 50 aniversario de la masacre de Tlatelolco, Félix Hernández, el vocero del CNH, intentó hacer una narración coherente para unir el movimiento estudiantil, las reformas democráticas de los años 70, el fraude electoral de 1988, la victoria de Fox en el 2000, los reclamos de un nuevo fraude en 2006 y la victoria de López Obrador en las pasadas elecciones. Todo emanando de algo, todo con una tosca lógica de causa y consecuencia. Esta idea dicta, entonces, que un juego de tochito en la ciudadela puso a un partido recién creado en la silla histórica del PRI, 50 años después.

Esta serie participa del mismo espíritu y quiere tratar el pasado desde una revaloración presente en donde ya no es necesaria la misma solemnidad; en donde se puede hacer una trama policiaca con la historia más truculenta de nuestra insípida democracia y jugar con el pasado para hacer ficciones llenas de presente. Así hablaba Lukács sobre el gusto por la historia medieval de Scott: “La temática histórica de Walter Scott sólo expresa este sentimiento, el sentimiento de que la verdadera comprensión de los problemas de la sociedad contemporánea sólo puede darse a partir de la comprensión de la prehistoria, de la historia del surgimiento de esta sociedad”.

La veta inocente de Scott está presente en Un extraño enemigo. Y me parece intrigante porque el vínculo con el presente está en el forma de tratar una historia intratable que sólo podía abarcarse con la seriedad del documental o la banalidad del melodrama. De modo que la serie plantea otra salida, imaginativa, al tratamiento habitual que le da la televisión y el cine a nuestro pasado. Y es significativo de los tiempos que vivimos (porque nunca pensé escribir esta frase) que Televisa decidiera hacer una crítica histórica al PRI, de manera  antisolemne, y, más aún, a través de un servicio de streaming.

Por eso, el valor de esta serie está en el hecho mismo de que exista. Mucho más allá de todos los méritos de su producción (que sí es considerablemente mejor a todas las series mexicanas no patrocinadas por Netflix), esta novelización de los hechos que llevaron a la masacre de Tlatelolco respeta los testimonios, los documentales y las historias sin suplantar su trabajo. Y cambia el registro de anteriores recuerdos para darle un espacio a la imaginación.

Tal vez nunca podremos conquistar la verdad sobre lo que sucedió en la Plaza de las Tres Culturas, esa tarde, entre balas, zapatos, gritos y lluvia. Pero, al menos, podemos imaginarla, pensarla, plantearla con los mecanismos literarios que nos tocan y la imaginación libre. Eso es lo que nos queda, eso es lo que tomamos, eso es lo que enfrentamos al olvido y al recuerdo.

El olvido no perdona y el recuerdo sólo ocurre. Si no son actos conscientes, si no podemos ejercer recuerdo y olvido, nos queda el acto poético de repetir una frase hasta que quede como un significante vacío, llenar ese vacío de posibilidades y, sobre el 2 de octubre, para no olvidar, seguir imaginando.

 

Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y reportero de Código Espagueti. Maestro en Literatura Comparada por la UNAM. Twitter:@pez_out

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