Ingobernable, temporada 2: la estética “Tepitollywood”

Kate del Castillo vuelve al ruedo con la segunda temporada de una serie llena de pretensiones político-sociales que, sin embargo, acaba por convertirse en un remedo de las producciones hollywoodenses. 

Ingobernable
Temporada 2
Año: 2018
País: México
Guion: Julián Meiojas
Producción: Arturo del Río, Argos
Reparto: Kate del Castillo, Eréndira Ibarra, Alberto Guerra, Álvaro Guerrero, Aida López, Alicia Jaziz, Maxi Iglesias

En el emblemático fin de semana de las fiestas patrias, la plataforma Netflix lanzó la segunda temporada de Ingobernable, protagonizada por Kate del Castillo (Emilia Urquiza) y parte del elenco de la temporada anterior.

En esta ocasión se narran los intentos de la ex primera dama, inequívocamente representada por la enfant terrible mexicana de la ficción audiovisual: Kate Del Castillo (o, más propiamente, la nueva reina de la denuncia social en Netflix), a quien ahora le toca demostrar su inocencia y salvar a su hija, secuestrada por un poderoso grupo criminal que se quiere apoderar del país. Urquiza cuenta con tres personajes que le apoyan y, de paso, nos recuerdan los moldes de muchas películas de acción y suspenso, solo que mexicanizados. Aparece el chico duro, ágil, “bueno”, llamado Canek Lagos (interpretado por Alberto Guerra). Junto a él, un segundo ayudante, Ovni, el maestro de los asuntos tecnológico, que interviene cualquier sistema y que desde su ordenador controla todo. A Ovni lo interpreta Maxi Iglesias, un actor español (no queda claro cómo es que un chico español avezado en tecnología termina en Tepito) que además guarda una relación sentimental con Chela Lagos (Aida López), una mujer visiblemente mayor que él. Canek y Chela aparecen muy arraigados al barrio bravo de Tepito, que es el centro de la resistencia y apoyo de la prófuga Urquiza, y parecen un remix del tipo “Sansón contra Goliat” en el que, tras persecuciones, golpes e intentos de asesinato, siempre salen airosos, sobre todo después de los peligros que un extraño grupo llamado X8 —suma de cartel de la droga financiado desde los Estados Unidos, grupo paramilitar y fuerza controlada por intereses extranjeros— les infringe.

El lugar de resistencia es el barrio de Tepito. Urquiza y sus ayudantes se refugian ahí y lo usan como “centro de operación” con toda la tecnología disponible, que evidentemente Ovni maneja a la perfección. Tepito aparece “tecnologizado”, lleno de grandes espacios semivacíos sin vinculación a la red de referentes que lo caracterizan (pobreza, problemas sociales, prostitución, contrabando, etcétera). Otro ejemplo de esta pseudoestetización tepiteña es el personaje Zyan Torres (Tamara Mazarrasa), la exnovia de Canek que desea convertirse en sicaria del X8. El personaje de Zyan es en realidad un intento de representar una visión sexualizada del tepiteño aparentemente rudo; su atuendo parece más el de una modelo “darketa”, con tatuajes y perforaciones metálicas en las orejas, que el de alguien originario del barrio. En una escena del capitulo 3, su interlocutor Santi —supuesto operador del cartel X8— la define involuntariamente como “alguien que tenga así ondita local” [cursivas mías], aunque el espectador no encontrará ni rastro de esa llamada “ondita”, ni mucho menos algún aspecto “local” coherente.

Uno de los problemas en este tipo de producciones es la verosimilitud. Tanto en la temporada de 2017, pero sobre todo ahora, resulta más que evidente el intento por mexicanizar las historias de intriga, acción y suspenso, que hemos visto en cientos de películas hollywoodenses del tipo Misión imposible o, entre otros ejemplos, las actuadas por Harrison Ford (Presunto inocente, Peligro inminente, El fugitivo) cuyos títulos de hecho podrían trasplantarse a Ingobernable.

Ingobernable quiere dar gusto a muchos, demasiados, públicos. A quienes buscan el drama y aplauden las escenas lacrimógenas entre confesiones y miradas llorosas de la madre-dispuesta-a-todo; a quienes desean ver escenas de acción y se regodean en las mencionadas persecuciones, disparos y peleas a puño limpio; a quienes les gusta algo de violencia —como las escenas en las que el X8 persigue implacablemente a Urquiza y sus ayudantes—; a quienes desean suspenso, aunque las historias no siempre estén bien engarzadas, como la conjura del cartel que intenta hacer negocio a través de la manipulación de líderes y personas influyentes. Tal vez solo le queden debiendo un poco a quienes esperaban, en medio de lo anterior, las escenas de sexo explícito que en esta temporada se han ajustado a lo indispensable.

Finalmente, la “hollywoodización” de la serie también resalta en el régimen de la imagen y fotografía, caracterizadas por cierto preciosismo: las locaciones, filmadas desde drones y helicópteros, lucen hermosas y limpias (cuántos recuerdos de la película Spectre y sus tomas de la capital). Vemos así un desequilibrio entre la proyección del espacio público de un país que, de acuerdo a la narrativa, está en franca destrucción de sus instituciones, y lo moderno, espacioso y limpio del tratamiento fotográfico, como si se tratara de dos ciudades distintas.

En suma, parece que el famoso productor Epigmenio Ibarra y su empresa Argos han cedido del todo a los códigos convencionales y las fórmulas comerciales. Parecen funcionarles, pues se produjo una segunda temporada que además da pie a que la historia pueda continuar. Lo anterior sea dicho sin demérito del compromiso político social que Ibarra ha mostrado en algunas causas. No es frecuente que en el mundo veleidoso de actrices y divos, aparezca el intento de retratar la realidad política y social inmediata. Por ello resulta desafortunada la decisión y el resultado de quien por un tiempo supo articular con éxito los valores de innovación, calidad, inteligencia en los guiones y (des)estereotipación de los personajes. Algo que claramente se ha abandonado en Ingobernable.

 

Tanius Karam
Profesor de Comunicación de la UACM.

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