Jack Ryan: la televisión como política exterior

El héroe creado por Tom Clancy para competir con James Bond y acabar con las amenazas mundiales está de regreso, ahora, en versión Amazon Prime. La serie enaltece el destino manifiesto de Estados Unidos y aplana la geopolítica en su versión más edulcorada. Es, también, un producto de alta factura y entretenimiento garantizado.

Jack Ryan
Año: 2018
País: Estados Unidos
Dirección: Patricia Riggen, Daneil Sackheim, Dennie Gordon, Carlton Cuse, Morten Tydlum
Guion: Tom Clancy (personajes), Carlton Cuse, Graham Roland, Daria Polatin, Patrick Aison, Nazrin Choudhury, Nolan Dunbar, Annie Jacobsen, Stephen Kronish
Fotografía: Richard Rutkowski, Christopher Faloona, Checco Varese, Arnau Valls Colomer
Reparto: John Krasinski, Wendell Pierce, Abbie Cornish, Ali Suliman, John Hoogenakker, Dina Shihabi, Haaz Sleiman, Karim Zein, John Magaro, Marie-Josée Croze.

 

Los productos culturales —entendida la cultura no como arte, sino como la representación social de un grupo en concreto— siempre han servido para llevar a cabo lo que en diplomacia se conoce como soft power: el Starbucks y el McDonalds en cada esquina y el cine hollywoodense son ejemplos primordiales de la manera estadounidense de llevarla a cabo. La influencia del hegemón mundial se transmite así. Si de un lado hay poderío armado a través de sus incontables guerras, del otro hay estructuras de cooptación, digamos, a través de esas grandes compañías de comida rápida o marcas como Apple.

El cine, y en estos tiempos la televisión, se han convertido en dos grandes herramientas para este propósito: lo que dicta Hollywood y ahora Netflix, Apple TV y más recientemente Amazon Prime, es lo que se consume, y lo que permea, hasta cierto punto, en la forma en que los televidentes a nivel mundial vemos las cosas. Lo que Estados Unidos dice que es bueno se esparce por el resto de la Tierra y vende miles de millones de dólares. Ahí está Black Panther (Ryan Coogler, 2018), que reivindica a un país africano ficticio e intenta mostrar que los problemas raciales son cosa del pasado (cuando la realidad es opuesta), mientras nos vende incontables productos de la marca Marvel. Es un discurso mezclado con mercadotecnia: imposición comercial y de pensamiento.

Dentro de este soft power llega la nueva serie que enaltece el destino manifiesto de Estados Unidos, la idea de que son ellos los únicos que pueden resolver los problemas de este planeta, y lo tienen que hacer a base de fuerza e inteligencia militar. Lo hacen por nuestro bien, por garantizar la supervivencia del mundo occidental frente a esos bárbaros sin nombre —en el mejor de los casos se les llama por apellido o nombre de pila, nunca con identificación completa, cabe resaltar—. Se trata de Jack Ryan, producto de Amazon anunciado en espectaculares por toda la Ciudad de México, en parabuses, y a través de todo el internet.

El personaje no es nuevo; existe desde los 80, cuando Tom Clancy, maestro del best-seller militar durante la Guerra Fría, ideó al personaje como un James Bond estadounidense. Jack Ryan es más tosco, menos alcohólico, y con intereses más complejos que los de Bond, cuyo único objetivo era desarticular a la banda criminal en turno y conquistar a la chica del momento.

Ryan, por su parte, no busca conquistar a nadie del sexo opuesto de manera tan brusca, su interés es una relación estable con una mujer definida en Estados Unidos como “wholesome”, aquella que encarna los valores básicos del país, o al menos su fenotipo clásico (rubia, ojos claros). Sus enemigos no son criminales de poca monta. Son la Unión Soviética, neonazis que buscan un cuarto Reich y ahora terroristas islámicos que hacen ver a Osama Bin Laden como reliquia del pasado. Jack Ryan es la personificación de Estados Unidos, para decirlo de manera clara. O de lo que Estados Unidos piensa de sí a nivel mundial.

El personaje ha sido interpretado, en orden, por Alec Baldwin, Harrison Ford, Ben Affleck, Chris Pine y ahora por John Krasinski, mejor conocido como Jim en la versión estadounidense de The Office. A diferencia de sus antecesores, el Ryan actual es más tradicional, más chapado a la antigua. Como si en el pasado estuviera lo idílico (“Make America Great Again”, ¿quizás?).
Mientras que Baldwin, Ford y Affleck —confieso no haber visto la versión de Pine— tenían mayor proclividad a hacer las reglas de lado en aras de lograr su objetivo (impedir el colapso de la civilización), Krasinski hace todo lo contrario, es un ser cuadrado a más no poder. Así cambien las reglas de combate y haya más matices, él se mantiene firme en su visión blanca y negra sobre el bien y el mal. Cuando se trata de rescatar a rehenes, hay que llevárselos a todos, incluido el hijo del terrorista en turno, porque aquí no se deja a nadie atrás y todo mundo merece una segunda oportunidad en la tierra de las barras y las estrellas.

Bueno, no todos: los terroristas ni juicio justo reciben. Solo un tiro de gracia en el mejor de los casos, en la espalda, mientras huyen de forma cobarde, en el peor (porque los criminales siempre son cobardes).

Ésta es, claro, la visión de Estados Unidos sobre sí. La que tiene sobre el resto del mundo es la opuesta. En la geopolítica televisiva de Estados Unidos da lo mismo que el terrorista sea libanés o sirio, a fin de cuenta todos hablan árabe —un árabe distinto, huelga decirlo, pero para fines televisivos no hay dialectos, solo maldad homogénea—. Hay que decirlo, se les dota, en esta ocasión, con una historia de origen, lo cual ya es ganancia. Pero es una historia tan primitiva y obvia —el líder terrorista actual fue detenido de manera arbitraria por la policía francesa y terminó en la cárcel, donde conoció a un grupo de fundamentalistas que lo educó en las bondades del terrorismo— que no puede sostener una serie entera. Y tampoco es que lo intente. Los enemigos no necesitan ser personajes complejos porque para Estados Unidos el mal no lo es. Nos odian porque amamos la libertad, como decía el gobierno de George W. Bush al invadir Irak. Nos odian porque no toleran la civilización. Con eso es más que suficiente para definirlos. Un concepto los engloba a todos, y esta serie no es sobre las complejidades del enemigo sino sobre nuestra bondad y nuestro papel como policía del mundo.

Quizás el ejemplo más burdo de este nulo entendimiento del resto del mundo aparece en una de las historias secundarias de la serie. Ahí, un piloto de drone (John Magaro), quien se entera por accidente que el terrorista que había matado era inocente, hace toda una peregrinación de perdón hasta un pueblo perdido en Siria para poder encontrar al padre de la víctima. Lo consigue, y le ofrece dinero a manera de expiar su culpa. El padre dice que no, pero el hermano pequeño de la víctima —cuyo nombre nunca sabemos— ofrece venderle huevos empollados por sus gallinas, porque en Medio Oriente todo mundo tiene gallinas.

Entre lágrimas, el piloto dice que sí. Todo se puede resolver con dinero, incluso la muerte, es el mensaje de fondo. Y las culpas, por más terribles que sean, siempre se expían si uno pide perdón.

Ahora bien, como producto televisivo, Jack Ryan es buen entretenimiento. Durante ocho capítulos, las vueltas de tuerca al guion mantienen enganchado al televidente, y la manera de presentar la acción —así como los planes malévolos de los terroristas— son un poco más sofisticadas que de costumbre. Resulta curioso, pero el soft power de las series estadounidenses funciona no por el mensaje que intentan machacar una y otra vez vía sus tramas obvias y su maniqueísmo cultural, sino por el hecho de que saben crear un buen producto de consumo. Es reprobable la manera en que representan al mundo, sí. Pero adictiva también.

 

Esteban Illades
Editor y escritor. Su libro más reciente es Fake news, la nueva realidad.

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