Ni revolucionario ni gusano: a 50 años de Memorias del subdesarrollo

Hace medio siglo, la cinta dirigida por Tomás Gutiérrez Alea reflexionaba, con un estilo fragmentario y vanguardista, sobre los cambios sociales de Cuba. Hoy la isla pasa por un nuevo proceso de transformación, lo que vuelve pertinente regresar a una de las películas más importantes de la cinematografía latinoamericana.

El título es maravilloso, me dice un amigo, porque está pensado para el futuro. ¿Cómo así?, le pregunto. La película se presenta a sí misma como unas memorias, dice, y con esa estrategia, al pasar los años, se vuelve más memoria. Con cada día que pasa desde el estreno el título se vuelve más fiel, adquiere la pátina a la que apuntaba desde un inicio.

Quizá entonces no haya mejor momento para recordar Memorias del subdesarrollo (Gutiérrez Alea, 1968) que ahora, cuando cumple cincuenta años; cuando Cuba discute un nuevo proyecto de Constitución; cuando el nuevo presidente habla, feliz, de “poner los contenidos de la Revolución en internet”.

La película es de 1968 pero está ambientada en 1962. La escena inicial es la de una fiesta o un concierto, que sigue y sigue pese a que vemos un hombre tirado en el suelo, pese a que todo apunta a un crimen. Habría que desconfiar de las metáforas, pero la película está llena de ellas. A final de cuentas, ¿qué es una revolución sino una lectura original del presente?

“¿He cambiado yo?”, se pregunta Sergio (Sergio Corrieri), el protagonista de la película, “¿o ha cambiado la ciudad?”. Sergio es un hombre que se pregunta muchas cosas, pero que no escucha a nadie. Cuando primero lo conocemos está en el aeropuerto, despidiendo a sus amigos y a su mujer, cubanos que salían de la isla con abrigos y boletos de avión hacia Miami. “Allá sí tendrá que ponerse a trabajar”, dice Sergio de su esposa en un voice over. Los emigrantes están detrás de un vidrio. Gesticulan y algo le dicen a Sergio, pero él no los escucha. Nosotros tampoco.

Sergio regresa a casa, se sienta frente a su máquina y escribe: “Todos los que me querían y estuvieron jodiendo hasta el último momento se fueron”. La sentencia queda fija pero se abre la pregunta: ¿por qué no se va este hombre de Cuba? Tiene, digamos, el perfil: treinta y ocho años, un departamento de trescientos metros cuadrados, y vive de la renta de unos locales (“ex propietario”, le dice un burócrata que lo interroga sobre sus ingresos). Un burgués que, sin embargo, entra a una librería y compra Moral burguesa y revolución de León Rozitchner, y escucha con diligencia una mesa redonda —que uno asume interminable—, donde hombres de lentes y cigarro en mano (entre ellos el propio Edmundo Desnoes, el autor de la novela en que se basa la película) debaten acerca de la revolución y el subdesarrollo mientras un hombre negro les sirve vasos con agua.

Sergio, más que contagiarse por el espíritu de la Transformación, parece atacado por el ennui. Deambula por las calles de La Habana, mira los comercios vacíos, las casas abandonadas, las mujeres que le devuelven la mirada. Cada cuanto escuchamos sus dictámenes sobre la humanidad (“La gente me parece cada día más estúpida”), o sobre Cuba (“Ahora somos el Tegucigalpa del Caribe”). En medio, Gutiérrez Alea corta el “flaneurismo” de su protagonista con elementos documentales, o propios de cintas factuales de la época, como los travelogues o postales visuales de Chris Marker, por ejemplo. Hay discursos de Fidel, hay recortes de periódico, hay escenas de un juicio a algunos de los invasores de la Bahía de Cochinos. Hay una voluntad casi de nueva ola francesa por hacer algo distinto y hay, en medio, un personaje que no se mueve; una especie de Bartleby convencido de que no quiere ir a Miami, pero a la espera de que algo lo convenza de haber hecho lo correcto al quedarse.

“Yo creo que tú no eres ni revolucionario ni gusano”, le dice Elena, una mujer a la que Sergio ve un día por la calle. Le dice “Tienes unas rodillas preciosas”, y la invita a comer. Elena niega la invitación y no parece muy interesada en este tipo. Él insiste: le promete que puede ayudarla a conseguir una audición con un director de cine, amigo suyo. Ella cede —quiere ser actriz— y después del casting él la invita a cenar y a subir a su casa. Sergio (que para este punto en la cinta ya se ha imaginado desnuda a la mujer que limpia en su casa; que mira a las cubanas por la calle y concluye que, como la fruta, se pudren después de los treinta y cinco; que después confesará que la única mujer que le parece digna de su admiración es una alemana), le ofrece a Elena uno de los vestidos que ha dejado su mujer. Ella se lo pone y, frente al espejo, se besan. Pero después ella lo aparta con los brazos y empieza a llorar. Él duda. La toca por la espalda y ella, en vez de cachetearlo, lo besa de nuevo. Se sientan sobre la cama y cuando Sergio trata de quitarle el vestido ella se revuelve, se aleja y dice “No”. Él sigue. Ella se retuerce, se escapa; también le sonríe. Él la persigue por el cuarto y la tira a la cama. Ella se ríe; dice “No” varias veces. También lo abraza y lo besa en silencio y entonces la escena se corta. Reinicia cuando él se está abrochando la camisa (un cliché cinematográfico) y ella llora sobre la cama. A partir de entonces empieza una relación efímera, asimétrica, que termina cuando ella lo denuncia por violación.

Pero antes de que eso suceda, ambos están sentados en la sala, un día, cuando ella trata de ponerle una etiqueta a Sergio. “¿Qué soy?”, pregunta él, casi desesperado porque alguien le dé una respuesta. “No eres nada”, le contesta Elena.

Es un hombre que camina solo, de corbata por el trópico, que cruza lo que parece una carretera vacía o un aeródromo sin aviones y dice “No entiendo nada”. La cámara lo sigue y el aire le agita la corbata y él sigue solo. “Y tú, ¿qué haces aquí abajo, Sergio?”, se dice a sí mismo, o nos lee del libro que podría estar escribiendo en aquella máquina desde que empezó la película. Y ahí, en la frase que teclea con fuerza para arrancar sus memorias, podría estar la clave. Si no se va de Cuba es porque eso es lo que hacen sus amigos (que hablan de coches que no le interesan, que discuten frivolidades), porque es lo que hace su mujer, toda esa gente a la que él no se quiere parecer. Para Sergio la revolución es decir no. Porque toda revolución significa, también, el quiebre de lo íntimo, decir adiós a los amigos.

 

Luis Madrigal
Dos veces finalista del Concurso de Crítica Cinematográfica de la Cineteca Nacional. En 2017 fue seleccionado como parte la Academia de Críticos del Festival de Cine de Nueva York.

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