La casa de las flores: la verdad sospechosa

La casa de las flores parece una comedia de enredos clásica. Sin embargo, la nueva producción mexicana de Netflix posee matices suficientes —algunos buenos, otros no tanto— como para ser la serie de la que todos deben hablar. Desmenuzamos a continuación los pormenores de una propuesta que, eso sí, no deja indiferente a nadie.

La casa de las flores
Año: 2018.
País: México.
Dirección: Manolo Caro.
Guion: Monika Revilla, Mara Vargas, Gabriel Nuncio, Manolo Caro.
Fotografía: Pedro Gómez Millán.
Reparto: Verónica Castro, Cecilia Suárez, Aislinn Derbez, Darío Yazbek Bernal, Sheryl Rubio, Juan Pablo Medina, Arturo Ríos, Claudette Maillé, Lucas Velázquez, Paco León.

Empieza con una muerte. Una mujer se cuelga dentro de una florería. La cámara destaca los tacones. Parece algo importante (el suicidio, no la marca del zapato), pero nadie lo toma en serio. Su amante se arrodilla durante unos segundos frente al cadáver y listo. Los demás se referirán a ella, en adelante, como “la colgada”. Un personaje, por ejemplo, dirá: “Lo de la colgada me dio claridad”, con una cara seria. Ella misma no se ayuda: le deja una nota suicida a sus hijos, donde les avisa, prudentemente, que les tiene “una sorpresa”. Su muerte es instrumental. Desencadena un par de eventos en la trama y se convierte, también, en esa voz sin cuerpo que flota como narradora en cada episodio de La casa de las flores, la nueva serie de Netflix. Al final de cada episodio Roberta (porque ese es su nombre) suelta una frase misteriosa, como para dejarnos, por supuesto, “colgados”.

La historia gira alrededor de la familia De la Mora, propietaria de la florería que da título a la serie. El primer capítulo se llena de adjetivos para que entendamos quiénes son estas personas: se dice “perfectos”, se dice “ejemplares”, y se insiste en un concepto: la normalidad. “Es una familia casi normal”, dice la voz de Roberta, mientras la cámara se aleja para que veamos, completa, la mansión en Las Lomas, las camionetas Mercedes Benz, el ejército de meseros y mujeres de uniforme azul o rosa para hacer la limpieza. El micrófono se abre también para que escuchemos acerca de su vida en Nueva York, o de sus planes para Berlín, o de “las propiedades” de la familia.
La serie apunta a revelar un secreto que para nadie debería serlo: que las apariencias engañan (da pena escribirlo); que la familia De la Mora no necesariamente es moral (¿get it?); que el dinero no otorga nobleza; que las flores, caray, también tienen espinas. Podría estar ambientada en el siglo XIX, podría ser, también, nuestro Downton Abbey con soundtrack de Gloria Trevi. “Esa mujer solo quiere nuestro apellido y nuestro dinero”, dice Virginia (Verónica Castro), la dueña de la florería, sobre la novia de su hijo. Es, solo en apariencia, una crítica a la burguesía capitalina; en realidad, el efecto es más perverso: pensar que nosotros, que compartimos una misma cuenta de Netflix entre cinco, también somos como ellos, o, peor, que ellos son como nosotros. ¡También bailan “El venado” en las pachangas! La desigualdad se normaliza (cuéntese cuántos de los personajes que pertenecen a la servidumbre solo reciben órdenes y no contestan), y, para usar un anayismo, la serie se vuelve “aspiracional”. ¿Ya viste ese teléfono increíble que proyecta videos en un plato? ¿Ya viste qué casa? ¡Yo también quiero un departamento con esas vistas!
Pero volvamos al principio. La familia se compone de Virginia, su esposo Ernesto (Arturo Ríos), y sus hijos Paulina (Cecilia Suárez), Julián (Darío Yazbek Bernal) y Elena (Aislinn Derbez). Todos están reunidos para el cumpleaños del padre cuando Roberta se suicida. Roberta era amante de Ernesto, y a partir de ahí se siguen los secretos: hay una hija “ilegítima”, un personaje que fuma mariguana, otro que es bisexual; hay, también, otra Casa de las flores, que es un cabaret drag. No es la intención revelar todos los secretos en un párrafo; baste decir que la serie funciona con dos motores: la distribución de saberes entre los personajes y las luchas intestinas por la administración y el dinero de los negocios.

La casa de las flores parece, en ese sentido, una comedia de enredos clásica: hay personajes que saben algo que el resto no sabe, o hay algo de lo que solo están enterados los espectadores. Como en una puesta en escena teatral, los personajes aparecen y desaparecen, abren y cierran puertas. Hay varias escenas donde alguien entra a un cuarto al que no debió haber entrado, y hay ocasiones en que los personajes se esconden detrás de las puertas, para no ser vistos. El título inagotable de Ruiz de Alarcón, La verdad sospechosa, funciona también como barandal secreto de esta serie.

Pese a que hay una narradora, no hay un punto de vista claro. El guión deambula entre los protagonistas y así se pierde la oportunidad de un desarrollo profundo de esos mismos personajes (el ejemplo paradigmático es el de un personaje transgénero cuya “transformación” ocurre en un flashback de treinta segundos y una conclusión inapelable: “Cambié de sexo, no de corazón”).

Uno piensa entonces en la oportunidad desperdiciada que representa el personaje de Dominique (Sawandi Wilson), el novio neoyorquino, afroamericano, de Elena. En su mirada, en su condición de testigo privilegiado (fuera y dentro de la familia, de México mismo), estaba la posibilidad de una fantástica versión nacional de Get Out! (Peele, 2017). A final de cuentas, el espectáculo es igual de tenebroso: ahí está el sobrino mirrey de quince años con el celular en una mano, una copa en la otra; ahí está la vecina metiche, el señor curita, la suegra que le dice “el negrito”.

Pero para el episodio cuatro Dominique está ya fuera del cuadro. ¿Se regresó a Estados Unidos espantado? ¿Fue un puro pretexto para hacer el chiste del “negrito”? Reaparecerá por ahí del capítulo once, solo para descubrir que su novia ya no está muy segura de regresar a Nueva York (en una dura batalla entre el metro sucio, los departamentos minúsculos y las taco shells en vez de tortillas, contra la mansión en Las Lomas, el amante colombiano y las camionetas con choferes siempre invisibles), y para ser partícipe de una boda fugaz y algo triste.

Dominique se salva, pues, de la enfermedad extraña que ataca al resto de los personajes: el contagioso cliché. Un agente de la policía judicial, por ejemplo, tiene un bigote prominente, lente oscuro y dice: “El águila está en el nido”. El psicoterapeuta no solo es judío, sino que se llama Salomón Cohen. El personaje que cultiva mariguana usa gorrito y lentes oscuros y su primera línea es “Eso es relativo”, pronunciada con un acento cadencioso, por supuesto. Otro personaje no simplemente está en la cárcel, sino que se refunde en ella. Un video indiscreto no está en internet, sino por todo el internet. “La venganza es un plato que se come frío”, dice un miembro de la familia, y esa venganza, prometida muchas veces, contra muchos enemigos, incluye siempre el verbo hundir. Uno se pregunta si entonces los personajes son, más bien, las flores mismas: atractivas a la vista, presentadas en distintos colores, pero meramente ornamentales, incapaces de romper el florero.

Quizá la excepción sea el personaje de Paulina; no por el personaje mismo, sino por la interpretación de Cecilia Suárez. Ella parece ser la única actriz del reparto que se aproxima a su personaje con consciencia de lo burlesco, con una distancia —valga la paradoja— irónica, conseguida, sobre todo, a través del tono de voz. Como si Suárez misma no pudiera creer lo que sale de la boca de este personaje, y nos hiciera reconocer lo impronunciable de ciertas frases. Como si no actuara en La casa de las flores sino en el sketch sobre la serie, interpretando al personaje Paulina. Cada oración se entrega con un tedio existencial tremendo, un hablar cansino que nos permite intuir que, para Paulina, cada palabra es un martirio. El resultado es genial y otorga los mejores momentos de humor de la serie.

De hecho el humor, aunque irregular (hay un personaje ciego que dice: “Qué gusto verte”), se agradece mucho más que la otra vena de inspiración en los guionistas: lo didáctico. Hay una necesidad, apremiante en algunos puntos, de explicar. Explicar lo que es un video viral, lo que es salir del clóset, lo que los personajes están pensando (“No tengo la solución a esto”, dice Paulina, en voz alta, frente a un problema). Esa voluntad pedagógica se extiende hasta la literalidad. “¿Sabes qué fue esto?”, le pregunta un personaje a otro, “Tensión sexual no resuelta”. No sé si un espectador hubiera podido llegar a semejante conclusión solito.

Esto no sería tan problemático si no se llegara a tratar de explicar, en una sub-trama de medio episodio, la cuestión del narcotráfico en México. Cuando uno de los De la Mora empieza a vender mariguana en la colonia, aparece un “extorsionador” (¿cómo llamarle?) de camisa fajada, look fresón y nombre Juanpi. Le pide a la familia una especie de cobro de piso. Virginia piensa que puede negarse. “Mamá”, le dice Paulina, “¿sabes a cuántos matan y desaparecen en este país por meterse en eso?”. Las cursivas son propias, pero revelan lo más problemático del enunciado: la visión calderonista de que las víctimas de la hecatombe en este país seguro estaban metidas en “eso”. Virginia le contesta: “[Es que] no tenía cara de narcotraficante. Tenía cara de gente bien”. La serie quizá intentaba complejizar la figura del “narco” (¿?), pero en realidad logra lo contrario: reforzar la noción de que los malosos, por lo general, son más morenos.

Hacia el final, la serie apunta hacia una segunda temporada; podrían venir muchas más. Quizá sólo así la historia pierda sus dos grandes vicios (apostarlo todo a los giros de tuerca y a las explicaciones grandilocuentes de “nuestra sociedad” y los fenómenos que la rodean) y se concentre en lo que podría ser su mayor baza: el desarrollo más completo de personajes que logran, pese a los obstáculos evidentes, que el espectador se interese por ellos. Es, digamos, la ruta de Mad Men o Los Soprano, series que trascendieron rápidamente la premisa del “vamos a mostrar el lado oculto de estas familias”, para convertirse en algo más complejo. Curiosamente, al final del último episodio no hay voice-over explicativo/enigmático de Roberta. Es el único en el que no sucede. La serie, quizá, se deshace de ese peso muerto. Get it?

Luis Madrigal
Dos veces finalista del Concurso de Crítica Cinematográfica de la Cineteca Nacional. En 2017 fue seleccionado como parte la Academia de Críticos del Festival de Cine de Nueva York.

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