Bergman en agosto: Persona y La hora del lobo

Casa de Arte Cinemex, la Cineteca Nacional, la Filmoteca de la UNAM, Cinemanía Loreto, Film Club Café y Le Cinéma continúan este mes con la retrospectiva por el centenario de Ingmar Bergman. El siguiente es un ensayo sobre dos de las obras maestras de la filmografía del genio sueco que recorrerán las salas mexicanas.

Ingmar Bergman en 1966.
Fotografía: Joost Evers / Anefo, bajo licencia de Creative Commons CC BY-SA 3.0.

Persona

Al inicio de Persona (1966), un niño se ajusta los lentes frente a lo que podría ser una pantalla gigante. La imagen es borrosa: se dibuja un rostro, pero no sabemos de quién. El niño acerca una mano. Como si fuera ciego, descubre la nariz y la cuenca de los ojos de una mujer a través del tacto. Durante el resto de la película nosotros seremos ese niño: a tientas y a la intemperie frente al espectáculo que supone esta obra maestra de Ingmar Bergman.

El calificativo es de Susan Sontag, quizá la exégeta más aguda de una película que es, al mismo tiempo, goce estético y desafío continuo. Incluso a cincuenta y dos años de su estreno, habría que desconfiar de inmediato del amigo que salga de la Cineteca este mes diciendo “ahorita en la cena te la explico toda”.

Las pistas que ha plantado Bergman, escribió Sontag, son insuficientes. Pero no por mediocridad o descuido. “Lo primero que tiene que aclararse sobre Persona es aquello que no puede hacerse con ella”, decía la ensayista. Esa imposibilidad: la de encontrar una única manera de contar, de forma plausible, lo que sucede en la película. Quien lo intente, decía Sontag, habrá de caer en contradicciones inevitables, o ignorar de plano ciertas secuencias. Hay que resistir, pues, la tentación del resumen, la bondad de las certezas.

¿Quién no ha deseado, alguna vez, olvidar por completo un libro, alguna película, solo para poder revivir la excitación del primer encuentro? Persona es el tipo de película que provoca esa nostalgia en tiempo real: mientras corren ciertas secuencias, mientras la cámara se detiene en un encuadre inolvidable, uno goza y sufre a partes iguales al saber que nunca volverá a ver aquello por primera vez.

Habrá que traicionar a Sontag —solo dos segundos— para decir que en el centro de la cinta se encuentra la relación entre una actriz que, aparentemente, ha elegido no volver a pronunciar palabra, y la enfermera que debe cuidarla. Ya esa oración es problemática, porque la película es, continuamente, un trasvase casi alquímico de roles. ¿Quién es la paciente? ¿La que no habla o la que habla sola?

Bergman mezcla también los tiempos, las imágenes y los diálogos. Incluso pensar que se trata de un sueño —la salida fácil— resulta complicado: ni siquiera es claro quién sueña y cuándo. Pero no hay trampa alguna si las reglas se muestran desde el principio. De ahí la importancia de los primeros minutos de la película —que recuerdan a esa misma “confesión” detrás del telón que hiciera El hombre de la cámara (1928), de Vertov—, y de las ocasiones que el filme mismo se descompone/recompone delante de nuestros ojos. “Nadie se pregunta qué es real y qué no”, le dice la psiquiatra a Elizabeth Vogler (Liv Ullmann), la actriz muda, “solo en el teatro, y ni siquiera ahí importa tanto”.

“¿Entiendes?”, le pregunta todo el tiempo Alma (Bibi Andersson) a Elizabeth, quien podría estar interpretando el papel más interesante de su carrera. La duda no es solo retórica, sino que interpela al espectador directamente en una película que, por ello mismo, trasciende. Durante los ochenta y cuatro minutos de la cinta todo parece vital: el color de los sombreros, la presencia de la lluvia o el sonido distante de un buque. Como si el silencio de un personaje obligara al refinamiento de los sentidos de quienes la miramos, Persona logra un efecto notable: volvernos a todos lectores entusiastas.

La hora del lobo

El siguiente largometraje de Bergman después de Persona inicia con la pantalla en negro. Saltan los créditos y se escucha el ruido de lo que podría ser un set de filmación. Otra advertencia. De inmediato “el director” ofrece un mensaje: dice que ha reconstruido lo que estamos a punto de ver a partir de un diario y del testimonio de una mujer. La mujer aparece en primer plano y le habla a la cámara. El pacto es irresistible por el morbo: estamos a punto de conocer a alguien por lo que escribió en secreto y por lo que nos cuenta su pareja.

Estamos en una isla sueca como las que tanto fascinaban a Bergman. Fårö, por ejemplo, con sus ciento trece kilómetros cuadrados y sus playas rocosas, fue el escenario de seis de sus películas. Ahí, adonde solo se puede llegar en ferry, donde viven menos de seiscientas personas, es adonde Bergman decidió mudarse definitivamente en 2003. Ahí murió en 2007.

Había algo en la reclusión y en los “sonidos, formas, proporciones, colores, horizontes, luces y silencios” del báltico que atraían de manera poderosa al director. La misma debilidad tiene Johan Borg (Max von Sydow), el pintor que protagoniza La hora del lobo (1968). Él y su mujer, Alma (Liv Ullmann, que roba el nombre de su enfermera en Persona), deciden pasar el verano lejos de todo.

Él es el artista que, por ahora, no crea. Ella es la mujer joven a la que él, incluso en esa isla donde parece no haber nadie, ignora. “Ya nunca nos besamos”, le dice Alma a Johan, y esa frase dice tanto. Cuando anochece no hay caricias, sino una confesión: al pintor lo domina un miedo casi inexplicable. Ambos se sientan en silencio durante un minuto frente a la luz de una vela. La tensión es insoportable para los espectadores, como si se acabara de a poco el aire en la sala. Ahí es cuando se revela el toque Bergman: incluso en pleno verano, en una casita perfecta en la cima de una colina en donde una pareja joven ha decidido instalarse para pintar, leer y tocarse, hay un alma atormentada.

Johan toma paseos largos por la playa. Alma está sola, y entonces se aparece una vieja en la casa. “Lee su diario”, le sugiere con insidia la mujer sin nombre. Alma cede y quizás se arrepiente. La fórmula se repite cuando aparece una cofradía de viejos —el paraíso casi nunca está desierto— que los invita a cenar a un castillo del otro lado de la isla. Alma cede y quizás se arrepiente, porque el horror, que se había insinuado aquí y allá en la película de forma ominosa, nunca es más palpable que en esa cena con extraños. Johan, un artista dedicado a pintar rostros, los confunde de pronto, y entonces sí el reloj marca la hora del lobo: cuando nacen los bebés, cuando mueren las personas. Ambas cosas aterrorizan a Johan y a Bergman. A quién no.

 

Luis Madrigal
Dos veces finalista del Concurso de Crítica Cinematográfica de la Cineteca Nacional. En 2017 fue seleccionado como parte la Academia de Críticos del Festival de Cine de Nueva York.

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