Escobar: la traición: una bala malgastada

La nueva aproximación a la vida y obra del capo colombiano parece regodearse en el histrionismo de sus protagonistas, y no logra sino sumar una versión inocua sobre una de las figuras más cinematográficas y peor aprovechadas de los últimos años.

Escobar: la traición
Año: 2017
País: España
Dirección: Fernando León de Aranoa
Guion: Fernando León de Aranoa (Basado en el libro Amando a Pablo, odiando a Escobar, de Virginia Vallejo)
Reparto: Javier Bardem, Penélope Cruz, Peter Sarsgaard, Julieth Restrepo

La fascinación por aquellas figuras que han marcado la historia es casi un ejercicio religioso. Conocer su vida y alimentar su mito es una obsesión que sale a relucir en el ámbito cinematográfico a través del biopic, género que ha alcanzado un auge sin precedentes con la serialización que ofrecen plataformas como Netflix, HBO o Amazon Prime.

Dentro de este mundo, el hechizo aumenta si hablamos de alguien que tuvo una vida en relación constante con la muerte o la violencia; y entre todos los nombres, destaca el de Pablo Escobar Gaviria, protagonista de uno de los episodios más negros de la historia de Colombia, alto representante de la seducción de la tragedia, cuya vida y “milagros” han sido llevados a la pantalla recurrentemente en los últimos años.

La dosis Escobar de este 2018 corresponde a la aventura del director español Fernando León de Aranoa y los actores Penélope Cruz y Javier Bardem en Escobar: la traición, biopic que cuenta la vida del capo colombiano desde su éxito como filántropo del pueblo hasta su conversión en enemigo público número uno. El guion del español repasa e ilustra los acontecimientos más importantes durante el reinado de Escobar: su introducción a la política, los atentados, la guerra entre carteles, su detención en La Catedral y su inevitable declive. De esta manera, Escobar: la traición no cuenta nada que no se sepa ya sobre este temible personaje de la historia latinoamericana y, por qué no, mundial.

Como suele suceder en proyectos de esta envergadura, el qué absorbe al cómo, y otra vez la posibilidad de narrar un acontecimiento de forma no lineal en donde Escobar no sea el eje se diluye; una oportunidad de oro si se considera que el material para construir el guion de esta cinta está basado en el libro Amando a Pablo, odiando a Escobar (2006), de Virginia Vallejo, una importante comunicadora en Colombia durante los años 70 y una de las mujeres más cercanas a Escobar.

Para comprobar este desperdicio y el afán de la repetición, basta recordar el catálogo televisivo y cinematográfico que no es muy diferente entre sí: la más famosa y mercadeable Narcos (Netflix, 2015), en la que el gigante del streaming dedicó sus primeras dos temporadas a Escobar y al cartel de Medellín. Lo que hizo Netflix fue contar  la historia del narcotraficante a través de las voces de dos agentes externos a la política colombiana, miradas que dieron libertad ficcional para hacer más espectacular una de las primeras producciones de Netflix realizadas fuera de Estados Unidos.

Antes de la fama internacional provocada por Netflix, Colombia hizo su megaproducción Pablo Escobar: el patrón del mal, producida por Caracol Televisión entre 2009 y 2012, y considerada como una de las telenovelas colombianas más vistas de todos los tiempos. A diferencia de Narcos, la perspectiva del narrador proviene del personaje de Pablo, con pocas o casi ninguna mirada externa. Esta telenovela es el ejemplo de un ejercicio autobiográfico lo suficientemente robusto como para alargar la vida de una producción durante tres años, sin mayor pretensiones que recrear lo que la investigación periodística y el mito se han encargado de construir.

Escobar: paraíso perdido (2014), del italiano Andrea Di Stefano, es probablemente la producción que se ha arriesgado más en retomar la figura de Escobar, no como eje central pero sí como detonante de otras problemáticas, pues a diferencia de otros audiovisuales en donde Escobar es mencionado (Blow, El cartel de los sapos, El señor de los cielos), en esta el capo (interpretado por Benicio del Toro) es la figura en donde deambulan como satélites los verdaderos protagonistas, Nick (Josh Hutcherson) y María (Claudia Traisac), que tratan de llevar una relación amorosa bajo la sombra del tráfico de drogas entre Estados Unidos y Colombia. Aunque la propuesta de la película podría parecer innovadora porque el personaje de Del Toro no es el protagonista, toda la historia se vuelve a instalar alrededor de él.

Con productos de este tipo, hablar de una figura desde la mirada de otro abre una brecha de posibilidades creativas. Como lo que hace Pablo Larraín en Jackie (2016), ese momento histórico posterior al asesinato de J.F.K que va más allá del documento histórico y la visión masculina que rinde tributo a un expresidente, para sumergirse en la otra gran protagonista (y testigo de primera mano) que siempre había quedado en el olvido. Larraín logra representar en las emociones de Jackie Kennedy el duelo y la confusión, no solo de un país, sino del mundo entero.

En Escobar: la traición, el universo de la coprotagonista (una Penélope Cruz encarnado a Virginia Vallejo) es reducido a un narrador omnisciente que le cuenta al espectador lo que vivió Escobar. Aunque esta atribución es importante, la voz de Virginia deja de hablar sobre ella y lo que experimentó para, de repente, acallar su propia voz y describir lo que hacía Escobar y su organización.

Difícil de evitar, en los biopic la información histórica tiene un peso enorme sobre cómo se narran las historias, qué se cuenta y qué se queda afuera. Escobar: la traición se enfrenta sin mucho éxito a la disyuntiva entre el cómo y el qué. En la adaptación de León de Aranoa pudo introducirse otra mirada, una femenina que no ha sido explorada en el tema de Escobar. Por desgracia, y como suele suceder con temas tan morbosos, el presupuesto con tendencia hollywoodense optó por la espectacularidad, las explosiones y los baños de sangre.

Incluso el idilio telenovelesco entre Virginia y Escobar queda relegado a segundo plano para convertir a la película en un esfuerzo constante por resaltar la personificación —que roza lo ridículo— de Bardem, o las evidentes pelucas de Cruz, pasando por decisiones de producción que muestran personajes impostados y no naturales. La música tampoco ayuda: 80 por ciento de las canciones son extranjeras, dejando a la cultura popular colombiana —donde Escobar cimentó su imperio— casi relegada.

La película de León de Aranoa no vence al mito, solo lo reproduce y vuelve a acallar otras voces que pueden cuestionar la fascinación por aquellos personajes que también nos definen como sociedad.

 

Aranxta Luna
Crítica de cine.

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