La Rosa de Guadalupe, un alarmante síntoma nacional

La Rosa de Guadalupe es uno de los programas más vistos del país. Con una década a cuestas, esta sui géneris actualización de las fábulas moralizantes y doctrinales resulta risible para algunos y ejemplar para otros. ¿Qué nos dice un programa de esta naturaleza sobre la sociedad en que vivimos?

Creador: Carlos Mercado Orduña.
Productor: Miguel Ángel Herros.
Emisión: 5 de febrero 2008 – a la fecha.

El pasado 30 de abril el Instituto Federal de Telecomunicaciones presentó un estudio que indicaba, entre otras cosas, que el programa más visto por los niños en México es La Rosa de Guadalupe. El dato, entre morbo y preocupación, fue reproducido por diferentes medios, y más de una pregunta saltó al aire: ¿cómo puede ser que un programa que recibe tan mala crítica por sus contenidos genera tanta audiencia? ¿Por qué lo ven los niños? ¿Por qué Televisa, lejos de remendar los errores de coherencia y verosimilitud que tanto se le han achacado a este producto que lleva ya una década al aire, y que ha emitido más de mil episodios, ha decidido refrendarlos como un sello? ¿Cómo es que La Rosa de Guadalupe funciona a la vez como objeto de burla y como faro moral para muchos de sus espectadores?

Una estructura moralizante

Lo primero que habría que decir es que la fórmula del programa es exitosa: detectar alguna problemática actual, abordarla de forma conservadora, pero con simulación liberal, y dejar la resolución del conflicto al milagro de la virgen de Guadalupe que, como firma del contrato de redención, primero hace aparecer una rosa blanca para luego, después de haber cumplido, enviar un “airecito” a sus protegidos que da por concluida su participación. Un aire que alivia, que redime, y que a la vez exenta a los protagonistas de verdadera reflexión.  Pocas veces los personajes hacen algún análisis real y mucho menos crítico. El acto socrático de la reflexión sobre uno mismo se aniquila. En cambio, los personajes asisten a una especie de iluminación, a una hierofanía que, con tufo a innatismo, implanta en ellos un cambio de perspectiva: un milagro. De forma instantánea se puede distinguir entre lo bueno y lo malo.

Acto risible para algunos, acto de verdadera comunión con Dios para otros, lo cierto es que la estructura narrativa del programa ha dado el brinco y se ha instalado como referente de la cultura pop nacional. La gente sabe bien qué es el “airecito” de La Rosa de Guadalupe, conoce el significado de la aparición de la rosa blanca, juega con él, hace memes. Aun cuando no atienda todos los episodios, la gente ha tenido oportunidad de ver aunque sea un fragmento de este programa y, para muchos, es un símbolo que resume la mediocridad de la televisión mexicana. Hay quienes asisten a este sacramento sin oficio crítico, despreocupados, para divertirse; otros lo asumen con tono solemne, pues la televisión (independientemente del programa) sigue siendo un instrumento que educa (o domestica) y que es difícil poner en cuestión.

El problema, pareciera, no reside en quienes ven La Rosa de Guadalupe para pasar el rato (aunque al consumirlo posibilitan también su existencia y longevidad) sino en aquellos que, desembarazados de aparato crítico, lo consumen. A pesar de su supuesta “buena” intención de generar una reflexión moral, La Rosa de Guadalupe ha terminado por ser un semillero de dogmas, estereotipos y lógicas conservadoras que lejos de incitar a un cambio liberal y real, se encarga de fijarlo y transmitirlo a diferentes generaciones. Por esto preocupa que sea el programa que más ven los niños en México. ¿Lo ven solos o acompañados de su familia? ¿Qué sería peor?

El universo de La Rosa de Guadalupe es uno que vale la pena analizar. Muchos episodios son escritos con gran rapidez para estrenarse en el momento indicado, cuando la problemática está sucediendo, como es el caso de “Monsterball Go”, que salió a unos días del boom del juego de Pokemon Go, cuando cientos de personas salían a la calle a cazar pokemones. No es un programa desfasado de lo cotidiano sino, por el contrario, que se alimenta de la actualidad y que luego la reviste con marco presuntamente educativo. Aquí poco importan las actuaciones, pareciera incluso que la sobreactuación es un elemento propio de la serie, al igual que la elección de conceptos que, aunque pueden parecer actuales para muchos de sus espectadores, son bastante rancios en el mundo real, como por ejemplo la forma peyorativa en que se usa y entona la palabra “mariguana” en muchísimos capítulos.

Aunque mal programa en el sentido técnico y artístico, La Rosa de Guadalupe tiene ya una estructura bastante madura que puede reproducir sin complicaciones; aun con todos los señalamientos negativos que se le puedan hacer, ha logrado imponer una estructura que se sostiene a sí misma y que se vuelve flexible cuando lo requiere. Hay episodios donde no hay “airecito” al final, donde todo acaba mal (como el episodio “El doble infierno”, una especie de Réquiem por un sueño a la Televisa); otros donde, en una especie de crossover, la virgen de Guadalupe trabaja a la par con la virgen de Zapopan, e incluso el universo de La rosa de Guadalupe existe dentro de este mismo universo. En ocasiones se puede ver a los personajes viendo el programa (rosaguadalupeinception). Una maravilla, pues en la mayoría de películas y series los personajes actúan como si no tuvieran conocimiento cinematográfico. A veces hasta se dan el lujo de retomar a un personaje exitoso de uno de sus primeros programas para sacarlo como alguien maduro, como fue el caso del protagónico “Soy emo” (episodio 49) que reaparece en “Mi tía la emo”(episodio 1120).

La simpleza sociológica: raza, clase y analfabetismo

La mayoría de los episodios se fijan en problemáticas socioeconómicas. Las figuras del pobre y del rico son fundamentales aquí; sin embargo, ni la pobreza ni la riqueza se representan de forma genuina. Todo es clase media pintada de pobreza y de riqueza cuando en nuestro país las diferencias son más radicales y substanciales. En La Rosa de Guadalupe la clase baja puede vivir en casas de interés social (cuando en la vida real, a veces, apenas se llega a un techo de lámina), y alguien de clase media tiene tarjetas de crédito con disponibilidad de 500,000 pesos (como en el episodio “Mi rancho alegre”, donde la hija usa la tarjeta de su madre para poder jugar en línea). La familia pobre aparece siempre con problemáticas ya estereotipadas: los pobres son los fachos, los propensos al alcoholismo; los morenos son los dealers, los que se meten al narco, los que delinquen, los que tienen hijos con algún síndrome y los que tienen familias más unidas. Los ricos son los blancos, aquellos que pueden pasar mucho tiempo en casa con sus hijos, pero donde el padre deja toda la responsabilidad de la educación y cuidado a la madre por ser mujer; los hijos se meten en problemas no por necesidad sino por curiosidad, por descuido y sobre todo por ignorancia. La suegra pobre es comprensiva, ayuda. La suegra rica es una histérica, una controladora que es mejor evitar. Y si por alguna razón hay un sano convivio entre las dos clases sociales, los valores y costumbres del pobre siempre son reconocidas por el rico, sobre todo la comida y las ganas de trabajar. Los morenos rara vez aparecen como clase alta, las mujeres solo trabajan cuando son clase baja; las blancas aparecen como trophy wives, su labor es estar en casa, atender los asuntos de los hijos y permanecer guapas, el hombre solo se encarga de llevar el dinero al hogar.

Pero si en algo pone el dedo en la llaga esta caricatura de la sociedad mexicana es en el papel de la ignorancia. Tanto ricos como pobres son presas de ésta. No hay educación de ningún tipo: ni cultural, ni sexual, ni de salud. Ni el pobre ni el rico tienen entendimiento del mundo. No se lee, no se sabe, todo pasa por desconocimiento. Entonces no es de extrañar el morboso título de uno de sus episodios, “Las niñas ricas también se embarazan”, como si fuera una primicia que hay que develar a la gente, como si una condición biológica tuviera que ir de la mano con el nivel económico que se ostenta.

Sabemos que en la vida real este tipo de ignorancia existe. En México el clasismo impulsa a la gente a pensar que de la mano de la condición económica va un ropaje que los reviste de buen gusto, cultura, inteligencia, salud y más. La Rosa de Guadalupe expone la ignorancia promedio que nos habita: personas que desconocen enfermedades venéreas, métodos anticonceptivos, diferentes usos y costumbres, derechos y obligaciones, sexualidad, y un largo etcétera. Es un compendio de todo lo que se le presenta a la gente en el día a día y que no comprende. Lo grave del fenómeno es que hay quienes ven este programa en busca de consejo, de explicaciones, y lo que encuentran es desinformación conservadora; ahí tenemos de ejemplo el episodio “Lupito”, donde la protagonista, una adolescente de preparatoria, se embaraza, y con tal de generar “consciencia” sobre el aborto (léase promover el no aborto) hay varias escenas donde se puede escuchar el pensamiento del feto. Sí, del feto.

Alarma: una sátira involuntaria

La caricatura que La Rosa de Guadalupe ha construido es, quizá, una sátira (involuntaria) que enfatiza las similitudes que existen entre los “guadalupanos” de estas dos clases sociales, a pesar del mal dibujo. Hay una falta de interés por el conocimiento, por la cultura, por ir más allá de lo que nos dan la televisión y los medios. Por eso todo se deja en manos de la virgen, del milagro, de la fe. Por eso al final de los episodios la fábula se completa con la “iluminación” y no gracias a la reflexión crítica y analítica. Tanto los adultos como los jóvenes que habitan este universo televisivo son meros siervos de sus pulsiones y, sobre todo, de la buena voluntad de la virgen. Casi todos actúan de buena fe, son el buen salvaje que desde un punto de vista socrático actúa mal no con dolo sino por ignorancia. Una irresponsabilidad que se debería de erradicar pues al final el programa exime a la audiencia de reflexionar sus acciones diarias. Sí, la culpa se presenta (no siempre) como punto de inflexión donde Dios obra para que sepamos que algo está mal, y vía milagro todo se repara. En el mundo ‘rosaguadalupano’ el hubiera (what if…) sí existe como posibilidad de recuperación del camino del bien, al cual se llega gracias a la fe y el pase de entrada es una rosa blanca.

Sin duda es alarmante que un programa tan conservador sea el puntero en el país, pero si lo es, es justo por la denuncia que el mismo programa hace: la ignorancia que nos habita. Son pocos quienes solo lo ven como un programa de comedia. Los más, se enteran ahí de lo que está sucediendo en el mundo: de los emos, de las “aguas locas”, los brownies de mota, el reto de la ballena azul, Pokemon Go, los raves y más. La información está a nuestro alrededor, en los periódicos, en internet, en la vida real, sin embargo, la indiferencia nos venda los ojos y no nos enteramos de las problemáticas actuales si no es en un programa como éste. La Rosa de Guadalupe es solo un síntoma nacional. Una distracción pero también una preocupación. Una herida.

 

Fernando Bustos Gorozpe
Profesor en la Universidad Anáhuac Norte y candidato a Doctor en Filosofía por la Universidad Iberoamericana.
@ferbustos

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