El final de Sense8: el dolor nos conecta

Ha llegado al fin el cierre de Sense 8, para paliar el descontento de los fans, a los que les prometieron 3 temporadas. Como cualquier acto para satisfacer y gustar a los demás, este final deja cierto mal sabor de boca, entre estereotipos y concesiones no siempre bien recibidas.

Director: Lana Wachowski,  Joseph Michael Straczynski & Aleksandar Hemon
Género: Ciencia-ficción, thriller de persecusión
País: Varios (México, E.E.U.U., India, U.K, Islandia, Alemania, Korea del Sur, etc.)
Reparto: Brian J. Smith, Tuppence Middleton, Aml Ameen, Bae Doona, Miguel Ángel Silvestre, Tina Desai, Max Riemelt, Jamie Clayton.
Distribuidora: Netflix
Año: 2018

Narcisismo colectivo: nos juntamos porque nos parecemos, porque estamos directamente sensibilizados por los mismos objetivos existenciales.
—Gilles Lipovetski, La Era del Vacío

Tras una incertidumbre que duró varios meses, el último episodio de Sense8, la teleserie internacionalmente aclamada, está al fin disponible. Es una excelente noticia para Netflix y para sus creadores, las hermanas Wachoski, que lograron concluir su ambicioso proyecto. No deja de existir un sinsabor porque la serie estaba planeada, en principio, para cinco temporadas y apenas logró cerrar su segunda entrega. Desde luego, era un proyecto de un presupuesto monumental, que implicaba rodajes en más de diez países diferentes, una manufactura audiovisual impecable y un cierto riesgo por su intención política e ideológica muy amplia.

Titulado Amor vincit omnia [el amor todo lo vence], este capítulo finalbien podría concebirse como una película que cierra esta enmarañada urdimbre con bastante destreza. Los creadores son conscientes del tiempo que sus fanáticos debieron esperar y trataron de recordarles algunas cosas volviendo sobre las subtramas, que se revelan un poco desgastadas y a veces superficiales. La fábula de la amistad intercultural, del cariño interracial y la homofilia fluctúan dentro de un marco audiovisual híbrido que oscila entre el formato de serie y el de cine, entre el melodrama y el thriller de persecución. La concentración de diferentes latitudes geográficas, culturales y gastronómicas —hay banquetes y reuniones en donde se pasa de champaña a pizza napolitana y hamburguesas— se sitúa bajo la bandera de un mensaje postmoderno y humanista muy crítico del establishment sociopolítico en la actualidad. En resumidas cuentas, es una de las producciones preferidas por los millenials y por las personas cercanas a las causas de la comunidad LGBT. 

A pesar de su frescura y la calidad inmejorable de la fotografía, la voluntad de Sense8 en posicionarse como la teleserie global por excelencia la obliga a sellar ciertos pactos que afectan la calidad de su contenido: tiene una gran deuda con los estereotipos (algunos de ellos caducos, como el del policía guapo y norteamericano, la coreana mística y artista marcial, o el actor homosexual e histérico), con una dramatización en ocasiones exagerada, y con un thriller de persecución que se desdibuja en algunos momentos y nos pone a dudar de esos súbitos Deus ex machina y la constante resolución in extremis de los conflictos.

Fans de la serie se manifiestan en el desfile del orgullo gay en Nantes, Francia.

La ficcionalización recurre a una salida un poco fácil pero verosímil en nuestra era digital en que la ciencia ficción se acerca cada vez más a la realidad. Los guionistas apelan al tópico de la tecnología para resolver las paradojas o cualquier fenómeno en apariencia imposible —siempre hay a la mano un sofisticado artefacto, una desconocida ley de la física cuántica o un programa virtual de vanguardia que responde exactamente a la necesidad de la situación. De ahí esa atmósfera dominada por una sensación de ligereza, de dinámica pop y de fluidez.

En su favor, hay que reconocer el tono de una ficción consciente de sí misma y que se acerca, a propósito, al universo de los cómics. La presencia de Joseph Straczynski, coautor de The amazing Spiderman y Babylon 5, da un matiz especial a las pintorescas secuencias de acción y melodrama que también evocan la estética de Quentin Tarantino. Cada personaje tiene una habilidad (que puede ser, incluso, la ausencia de una) y en un momento preciso, que cualquier espectador avisado puede prevenir, dicho “súper poder” será requerido con el fin último de salvar la unión del grupo.

Pese al gran desafío narrativo que suponía resolver las subtramas de una serie de 24 capítulos en tan solo un episodio de dos horas y media, Lana Wachoski sale asombrosamente bien librada. Quizás la secuencia final, repartida en tres escenas musicalizadas bajo un ambiente new age de amor y comunión intergénero, ocupa una parte demasiado importante, pero esto ya es un hábito perceptible a lo largo de toda la serie.

Es claro que el mayor aporte de Sense8 no se encuentra en la profundidad de su argumento o en la calidad de su apuesta dramática. Su originalidad reside en su propuesta de tópicos como una congregación virtual, en su moción progresista frente a la ideología de género y la tolerancia sociopolítica que muchos esperan para las generaciones que vienen. Sin embargo, a nivel audiovisual hay una interesante visión panóptica —desde un solo lugar se pueden observar todos los demás espacios— que logra un interesante contrapunto con una inclusión idiomática plural y conciliatoria —durante una misma secuencia escuchamos francés, inglés y español. Así pues, producciones de este estilo marcan un precedente en el imaginario visual y esculpen un símbolo de conexión sensorial y sentimental de muchas minorías a lo largo y ancho del planeta.

“Vivimos en un mundo que desconfía de los sentimientos” diceFreema, al momento de aceptar la propuesta de matrimonio de Naomi Marks, su compañera transexual.

 

Camilo Rodríguez
Periodista cultural y consejero editorial en Éditions Maison des Langues Mexique.
Twitter: @Cajme

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