Un final feliz: ¿una comedia de Michael Haneke?

La última incursión cinematográfica de Michael Haneke prevé sorpresas en relación a su canon habitual. Aun rozando la comedia, sus obsesiones siguen pie, tratadas con una cierta ligereza y siempre con la misma audacia para revelarnos a los extraños entes que habitan una misma familia.

Un final feliz
Año: 2017
País: Estados Unidos / Francia
Director: Michael Haneke
Guionista: Michael Haneke
Reparto: Isabelle Hupert, Fantine Harduin, Jean-Louis Trintignant, Mathieu Kassovitz, Franz Rogowski

Realmente vivo en tiempos sombríos.
La inocencia es locura. Una frente sin arrugas
denota insensibilidad. El que ríe
es porque todavía no ha oído
la terrible noticia.
—Bertolt Brecht, A los que vendrán después

 

Hay pocas cosas al año que hacen temblar a un cinéfilo promedio como el anuncio de un estreno de Michael Haneke (76 años). Desde su primera película, El séptimo continente (1989), con la que debutó a los 47 años, hasta sus últimas producciones como El listón blanco (2009) y Amor (2012), el cineasta austriaco-alemán nos ha acostumbrado a un tipo de fría disección de nuestro presente, político, mediático y afectivo, tarea que comparte con su amiga y connacional Elfriede Jelinek, a quien Haneke adaptó en su magistral película La pianista (2001).  

Una cámara de celular filma a una mujer lavándose los dientes, yendo al baño y preparándose para ir a dormir. Una serie de mensajes de texto, imitando la estética de Snapchat, aparecen en pantalla: “Escupir, hacer gárgaras, escupir, enjuagar, servilleta, cabellos, guardar el peine, poner crema, verificar, orinar, jalar…”. El inicio es desconcertante, y parece recordar esa banal imagen de video transformada en inquietante voyerismo en Caché (2005), pero aquí la identidad del que graba no es un misterio que resolver, se trata de Eve Laurent (Fantine Harduin), una niña de 13 años que se dedica a grabar a su disfuncional familia para sus seguidores en internet.

La historia plenamente anclada en el naturalismo de Haneke gira en torno a una familia de notables de Calais en el norte de Francia, esa ciudad que se hizo famosa hace algunos años debido a la jungla de Calais, el campamento de migrantes más grande de Francia. Un final feliz produce en ciertos aspectos la sensación de una versión condensada de los temas fundamentales del realizador: el suicidio, el asesinato, la familia, el privilegio, la guerra de clases, la adolescencia, el sadomasoquismo, la psicopatía…

También de algún modo reúne los elementos que han asegurado el éxito de Haneke en tiempos recientes como la colaboración con Christian Berger (cinefotógrafo de Haneke en sus principales películas como Benny, La pianista, Caché y El listón blanco), así como a la insuperable Isabelle Huppert quien firma aquí su cuarta película con el realizador austriaco, y Jean-Louis Trintignant, quien entrega aquí un papel impresionante debido a lo limitado de sus recursos en pantalla, al estar confinado en una silla de ruedas la mayor parte de la película.

Sin embargo, en esta última entrega, parece que algo de la dureza del tono de Haneke se ha relajado y el cineasta se permite incluso, si no un poco de simpatía, sí un poco de humor con sus personajes. Aquí el realizador parece haber abandonado las elaboradas estructuras narrativas y los personajes se sienten menos como representantes de las ideas del director y más como una galería de personalidades y de idiosincrasias particulares. Si bien Un final feliz presenta un retrato mordaz de la burguesía europea, la trama es mucho menos devastadora que en sus películas precedentes.

Después de que su madre sufre un envenenamiento con antidepresivos, Eve irá con su padre al que apenas conoce, Thomas Laurent (Mathieu Kassovitz) quien vive en una gran estancia familiar con su nueva mujer, su hijo recién nacido, su hermana Anne (Isabelle Huppert), Pierre (hijo de Anne y heredero de la empresa familiar) y Georges Laurent, el patriarca de la familia (Jean-Louis Trintignant). Eve será el testigo silencioso de las interacciones entre los miembros de la familia, atrapados entre sus neurosis y confrontados a la realidad social de Calais, situación que sirve de tela de fondo para la intriga melodramática y familiar.

Toda la maestría narrativa de Haneke está condensada en esta fábula intimista: la narración fragmentaria de 71 fragmentos de una cronología del azar, las escenas filmadas a distancia que el espectador debe interpretar y confrontar con sus propios prejuicios a la Caché, la atención puesta sobre nuestro universo mediático y tecnológico (aquí la videocámara de Benny ha sido reemplazada por Facebook y Snapchat), la intriga psicológica de La Pianista o El listón blanco.  

Haneke ha hecho de dichas características no sólo un estilo que está magistralmente ejecutado en Un final feliz sino también todo un universo poblado por singulares personajes. En este sentido es interesante recalcar todo el juego de homonimias que el director ha elaborado a lo largo de los años. Por ejemplo, Isabelle Huppert ya había actuado a una Anne para Haneke en el Tiempo del Lobo y, del mismo modo, Anne Laurent y Georges Laurent ya habían hecho su aparición en Caché encarnados por Juliette Binoche y Daniel Auteuil. Por otro lado, en su aclamada Amor, el personaje de Trintignant, también llamado Georges Laurent, está casado con Anne Laurent (Emmanuelle Riva) y su hija Eve es también interpretada por Huppert. Sin embargo, no podemos hablar aquí de un universo expandido ya que las relaciones que unen a los personajes en una película excluyen los desarrollos de estos mismos en otras, pero sí podemos interpretarlos como personajes característicos del universo de Haneke que son puestos en diversas situaciones y contextos y analizados bajo el lente de un realizador entomólogo.

La crítica de Haneke sobre la sociedad Europea enfrentada a la crisis de migrantes de Medio Oriente y África parece por momentos disolverse, pese a las intenciones de su director. En efecto, los personajes de Jamila y Rachid, sirvientes de la familia son caricaturales al extremo: son simplemente encarnaciones del buen migrante, amable y trabajador, humillados por sus patrones. En una escena buñuelesca donde los migrantes intervienen en una gran comida de la burguesía de Calais, la incomodidad no solo permea entre los invitados a la fiesta sino también entre Haneke y su equipo. La realidad de los migrantes y su situación no está abordada más que como telón de fondo y ninguno de los personajes ricamente descritos pertenece a esta categoría. Así, a pesar de las nobles intenciones de Haneke, es difícil imaginar un guión más insular en su propia realidad cultural y de clase.

Pierre Laurent (Franz Rogowski) parece ser el único integrante de la familia que tiene cierta sensibilidad a lo que está ocurriendo fuera del círculo familiar pero sus intentos de incomodar a su familia parecen más ridículos que otra cosa y no podemos evitar pensar que Haneke se encuentra en esta misma situación al abordar el tema. Y en la secuencia donde Rogowski entrega una de las escenas de karaoke más incómodas del cine, es difícil no imaginar a Haneke en esa misma situación, emotiva y ridícula a un tiempo.

En realidad lo que mueve la trama y vuelve a esta película una adición nueva y apasionante al canon de Haneke es la relación que liga a Eve con su abuelo Georges. Aquí la magistral inteligencia de Haneke se revela a través de lo no dicho y de las parábolas que intercambian estos desconocidos que comparten mucho más que una simple filiación genealógica. Esta genial interpretación negativa de clichés de los melodramas familiares aunada a las interpretaciones contenidas, inteligentes y emotivas de los dos protagonistas le permite al director dar una vuelta de tuerca a las expectativas que se tienen de su cine y de su relación por momentos sádica con sus personajes y con el espectador.

De este modo Un final feliz, como su nombre lo indica, es quizás la más irónica de las películas de Haneke hasta la fecha, una casi-comedia que juega con las expectativas y parece ironizar inclusive con sus propias obsesiones y preocupaciones. Así, treinta años después del Séptimo continente, Haneke vuelve a analizar una familia europea que en su actitud insular representa a toda una clase social y si bien su diagnóstico (el de la autodestrucción) no ha cambiado en lo esencial, la ligereza con la que lo aborda es reveladora del largo camino que separa estos dos dramas familiares.

Por esto, Un final feliz es a la vez decepcionante e intrigante. Haneke parece volver a sus obsesiones centrales a la vez en un sentido político e íntimo y al mismo tiempo parece más desapegado de su veta de moralista.
Sin embargo, ningún espectador podrá reír en esta película sin sentir ese pequeño escozor incómodo que acompaña las mejores entregas del maestro austriaco y al mismo tiempo no podrá evitar empatizar con esa colección de monstruos banales que comúnmente denominamos familia.

 

Martín Molina Gola
Cineasta, egresado del CUEC.

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