Amante por un día: los rituales del amor

La película logra su fuerza con un Philippe Garrel que regresa a la mirada del cine filmado en 35 mm, un blanco y negro alcanzado por la dirección de fotografía del suizo Renato Berta.

Título: Amante por un día (L’amant d’un jour)
Año: 2017
País: Francia
Duración: 76 minutos
Dirección: Philippe Garrel
Guión: Jean-Claude Carrière, Caroline Deruas-Garrel, Philippe Garrel, Arlette Langmann
Fotografía: Renato Berta
Reparto: Éric Caravaca, Esther Garrel y Louise Chevillotte
Música: Jean-Louis Aubert
Productora: ARTE France Cinéma / SBS Productions


En este preciso instante una persona se siente morir. La enfermedad que lo aqueja no es mortal (o al menos no en todos los casos) pero impacta de sobremanera en la vida del que la padece: el amor y el desamor son ese mal. Dos caras de una sola moneda que rige la vida de tres personas: Gilles, Jeanne y Ariane.

Gilles (Éric Caravaca) es un profesor maduro de filosofía que vive una apacible y sencilla vida en su departamento en París. Un día, en medio de la noche, su hija Jeanne (Esther Garrel) llega en busca de alojo pues la relación con su novio ha terminado. Paciente, Gilles trata de acompañar a su hija en su dolor sin antes advertirle que en el departamento vive con él su joven amante, Ariane (Louise Chevillotte), una de sus estudiantes.

Estas personas, en apariencia diferentes, son los protagonistas de Amante por un día (L’amant d’un jour), cinta del veterano director francés Philippe Garrel que regresa a los temas característicos de su obra fílmica: las relaciones humanas y su descomposición cuando la desilusión es inminente.

Con una dinámica apacible, Jeanne y Ariane encuentran refugio en sus conversaciones sobre cómo sobrellevan el amor. Aunque en momentos diferentes de la experiencia amorosa, con una Ariane completamente enamorada y una Jeanne sumida en la depresión, sus cavilaciones les permiten ubicarse en un contexto en donde pululan en el aire conceptos tan complejos como la fidelidad y la felicidad. Enamoradas o dolidas, nada es sencillo. La contraposición las ayuda a entenderse.

Construida fundamentalmente de estos momentos, la película logra su fuerza con un Garrel que regresa a la mirada del cine filmado en 35 mm, un blanco y negro alcanzado por la dirección de fotografía del suizo Renato Berta, uno de sus constantes colaboradores. La potencia en esta ausencia de colorido recuerda, con total nostalgia, los primeros trabajos de algunas corrientes cinematográficas de mediados del siglo pasado como la nouvelle vague, el free cinema y el neorrealismo italiano. Aquí, como en sus predecesoras, el material esencial sigue siendo el amplio espectro de emociones inherente al hombre.

Como un cuento, Garrel opta por una voz en off que sustituye el virtuosismo de sus predecesores y lo complementa como un recurso estilístico que da elegancia y lo ficcional de un cuento. Los momentos que comparten los tres protagonistas son tan cotidianos que seducen por su simplicidad.

El complemento del estilismo empleado por el director francés es su habilidad para enfocar la mirada en los pequeños detalles: la amante que después de hacer el amor se coloca la ropa interior mientras mira a su interlocutor, la taza de té que humea mientras Jeanne llora, los exámenes que Gilles palomea mientras Ariane escribe en la mesa, el andar por la calle apenas despierto, pero con el corazón roto y las lágrimas en el borde de los ojos. Esta serie de acciones avivan en el espectador la complicidad y el juego de seducción que los tres protagonistas experimentan en pantalla. En el amor no hay nada que nos haga sentir más seguros que los pequeños rituales compartidos. Con el dolor y las dudas a cuestas, Jeanne, Ariane y Gilles son una familia.

Innegablemente contemporánea por sus temas, Amante por un día no pierde la predilección del cine francés al explorar en la vida de sus ficciones. Ya sea por su geografía, el cine de Garrel remonta al espectador a la nouvelle vague que dedicó buena parte de su existencia a ver con otros ojos la vida de sus protagonistas, una familiaridad que construyó un puente de comunicación que difícilmente perdía nuestra atención: ¿por qué no abandonamos la loca carrera de Pierrot y Marianne en Pierrot, el loco? ¿Por qué no dejamos de ver el desencanto entre Camille y Paul en El desprecio? La forma y el fondo nos arrastraron por un sin fin de historias en donde el reconocimiento, el mirarnos en ese espejo, fue el punto de atracción para su éxito en la historia de la cinematografía.

Si algo le debemos al cine es esa habilidad de hacernos sentirnos en casa, y en Amante por un día lo cotidiano de la ficción pertenece a nuestro mundo. Es así como los temas amorosos nos abrazan y nos dicen: “claro, yo he vivido eso y como ellos, tampoco entiendo este sentimiento que me estimula y me aniquila al mismo tiempo”. Así como Jeanne no puede alejarse de Mateo, Ariane de Gilles y Gilles de su soledad, yo no me iré de aquí.

Al quedarnos, descubrimos que las maneras de ver al amor son la constante: el que nace y el que muere, la misma representación de la futilidad de ese sentimiento, un círculo que abre y se cierra como cualquier ciclo de vida. El amor y su ausencia, el amor y su presencia. Garrel hace que, a pesar de la cotidianeidad, las fracturas queden expuestas y el ciclo siga su movimiento: donde hubo amor ahora hay dudas, donde hubo dolor ahora hay alivio.

La familia de estas tres personas deja de funcionar cuando ya no pueden amarse al unísono. Gilles y Ariane se cuestionan a través de la diferencia generacional y la decisión de la segunda por no dejar de descubrir su sexualidad. Jeanne, curada por el tiempo, descubre que es inútil luchar por entender cómo se acaba el amor. La vida es ese momento, ¿cómo podemos desperdiciarla?

El cine de Garrel está constituido por el interés de las relaciones humanas a través del vínculo amoroso. Si en Los amantes regulares (2005) el desamor es el motor narrativo de la relación entre François (Louis Garrel) y Lili (Clotilde Hesme), en Amante por un día la narrativa avanza como una bomba de tiempo pues al final, aun con toda su predictibilidad, la separación es algo que llega a cuestas, que se niega y rechaza gracias al trabajo actoral que sigue con suavidad la montaña rusa de las relaciones amorosas. Lo sabíamos, pero no estábamos preparados para eso.

Fiel a su filmografía, Garrel insiste en que los rituales del amor sólo sobreviven cuando comprendemos los límites de la libertad y pensamos con claridad hasta dónde somos capaces de ceder por el otro. Trastocado por una mirada conservadora, Garrel regresa al cuento romántico, aburrido y opresor para muchos, pero que deja claro lo poco preparados que estamos para aprender a amar a la otredad, no importa si sólo es nuestro amante por un día.

 

Arantxa Luna
Crítica de cine.

Deja un comentario