A cincuenta años de 2001: Odisea en el espacio.
Tekne y praxis

La obra multicitada de Stanley Kubrick se estrenó un día como hoy, pero del convulso año de 1968. Algunos de sus señalamientos en cuanto al uso y la presencia de la tecnología en nuestras vidas siguen teniendo una lúcida validez. Pero la ambigüedad entre la humanidad de la IA y la deshumanización de los hombres lleva, desde entonces, el debate a un punto de no retorno que le da todavía más actualidad a dicho cuestionamiento. Al mismo tiempo, como explican las siguientes líneas, 2001 fue pionera en el campo de los efectos especiales, señalando desde ahí los límites y posibilidades de los recursos analógicos vs. los omnipresentes recursos digitales del cine de hoy.

El 4 de abril de 1968, en el teatro Warner Cinerama de Los Ángeles, se estrenó una de las películas que cambiaría la historia de la ciencia ficción y del cine de autor estadunidense para siempre: 2001: Odisea en el espacio. Hoy nos encontramos a medio siglo de este evento capital en la historia del cine y a 17 años de la misión Jupiter y del descubrimiento de aquel misterioso monolito enterrado bajo la superficie de la Luna. La vitalidad y la influencia de este film en la cultura popular son incalculables. La prueba más reciente es, por ejemplo, que en el próximo festival de Cannes el también director inglés, Christopher Nolan, presentará 2001 en su versión original. Esta función en glorioso cinerama 70mm, mediante una copia tirada del negativo original de la película, será presentada de nuevo en algunas salas de los Estados Unidos equipadas con los proyectores necesarios.

2001 es quizás una de las películas que han hecho correr más tinta no solo en torno a la filmografía de Stanley Kubrick sino sobre el cine en general. Desde las incontables teorías del complot acerca de las grabaciones de la llegada a la luna por Neil Armstrong y los incesantes comentarios de amateurs como el mismo Carl Sagan quien la elogió en su momento por su realismo y su precisión científica. Hasta el acalorado debate, en plena guerra fría, que opuso a Kubrick, nada menos que con el cineasta ruso Andreï Tarkovsky, quien detestó el futuro antiséptico y frío previsto por el cineasta inglés y, en una entrevista con Naum Abramov, declaró:

2001: Odisea en el espacio es falsa en muchos puntos incluso para los especialistas. Para hacer una verdadera obra de arte, lo falso debe ser eliminado. Yo quisiera filmar Solaris de una manera en la que el espectador no sea consciente de exotismo alguno. Me refiero, claro, al exotismo de la tecnología.

Y aún si Tarkovsky no valoró a justa medida la película de su colega inglés, su crítica acerca del fetichismo de la tecnología en nuestra cultura toca la esencia de esta obra. Al volver a ver 2001, lo primero que salta a los ojos es hasta qué punto nuestra tecnología actual sigue estando inspirada en las interfaces presentes en la película. Hoy en día no es difícil imaginar la pausada y neutra voz de Hal 9000 como otra cosa que la primera encarnación de Siri; del mismo modo, que no es difícil imaginar a Steve Jobs, pensando en el monolito negro mientras recibía los diseños del primer iPhone. Tambien es difícil no ver la originalidad y lo visionaria que es aquella pequeña secuencia de la película en la que el astronauta Dave juega y pierde al ajedrez con Hal años antes de que el duelo entre Kasparov y Deep Blue decidiera el final de la supremacía humana en este juego.

Cuantas primitivas inteligencias artificiales de nuestra historia reciente no son herederas de esas extrañas interfaces —por momentos juguetonas y por otros escalofriantes— que empezaron a tomar forma en el diseño de Hal 9000. Como por ejemplo SmarterChild, lanzado en AOL messenger, nada menos que en junio de 2001, uno de los primeros chatbots que inspiraría incontables réplicas. En aquel año de principios del milenio, la cultura popular entraría en contacto por primera vez con una inteligencia artificial y poco a poco se acostumbraría a la idea de estos bots con los que estamos más y más en contacto. En 2016, dicho contacto llevaría a un prototipo de inteligencia artificial diseñada por Microsoft a interactuar con usuarios de Twitter y aprender de sus interacciones hasta ser desconectada desgraciadamente apenas 24 horas después de su lanzamiento. Más recientemente, Facebook tuvo que desconectar dos de sus modelos de inteligencia artificial experimental cuando éstos empezaron a utilizar un lenguaje propio a partir del inglés, incomprensible para los científicos, para interactuar entre sí.

Sin embargo, la postura de Kubrick en cuanto a la tecnología es ambivalente por decir lo menos. La poética nietzscheana explícita en la utilización del Also Sprach Zaratustra de Strauss, y el duelo que ocupa la parte central de la trama, entre los astronautas humanos y su contraparte electrónica parece ser una reflexión fundamental en nuestros días acerca de la tekne, de sus posibilidades y sus peligros. En efecto, en las magistrales secuencias iniciales bajo el capítulo llamado The dawn of men (El amanecer del hombre) somos testigos de la aparición de la herramienta. El hueso y la muerte son así puestos por primera vez al servicio del incipiente hombre, inaugurando una nueva etapa evolutiva de su (pre)historia. La secuencia central de este capítulo, donde el simio descubre en el fémur de su presa el arma original, es en sí una magnifica muestra de montaje eisensteiniano muy experimental, en el que la repetición del movimiento del brazo aplastando los huesos se combina con imágenes extradiegéticas de animales muriendo.

Semejante acercamiento eisensteiniano al montaje es el que fue utilizado para aquella famosísima elipsis que conecta mentalmente esa primera arma y la guerra, que se inaugura entre los hombres, con la nave espacial y el ballet cósmico de la primera secuencia futurista. Kubrick insiste en la filiación de estas dos herramientas, y parece indicar en su idea los saltos evolutivos del hombre: como el gran invento del descubrimiento del arma es el punto capital de nuestra historia, el viaje al espacio y la inteligencia artificial serían simplemente su conclusión lógica. Al mismo tiempo, la idea de saltos evolutivos parece también en algún sentido proponer al final de la película una nueva etapa post-tecnológica de la historia del hombre. En efecto, Hal es la herramienta llevada al punto culminante de su sofisticación. Obtiene por tanto una conciencia propia con su inherente miedo a la muerte, lo cual la convierte en una máquina extremadamente peligrosa para el futuro de la humanidad. Dave, representante de la especie humana, debe así enfrentarse a ella, superar a la más sofisticada tecnología para acceder a una nueva etapa humana que cierra la película.

Sin embargo, esta postura es también ambigua en una película que, aún 50 años después de su estreno, se resiste a las interpretaciones fáciles. Por ejemplo, la frialdad, el racionalismo y el pragmatismo con que los astronautas discuten sobre la desconexión/muerte de Hal contrasta con las secuencias en las que la inteligencia artificial habla del nerviosismo que le produce la misión. Y en la secuencia donde Dave poco a poco desactiva las funciones complejas del cerebro de Hal, la humanidad parece estar del lado de la computadora, quien suplica, negocia y teme a la muerte como un ser humano al que le están practicando una lobotomía. La canción final, “Daisy Bell”, que le canta a Dave, último resquicio de una memoria desapareciendo, es de una emotividad y una humanidad que contrasta con la actuación robótica de los actores, dando lugar a la duda de dónde se sitúa la humanidad en ese futuro distópico, que es hoy en día nuestro pasado.

De este modo, 2001: Odisea en el espacio inaugura en cierto sentido una poética de la inteligencia artificial y de la electrónica desde una estética absolutamente analógica. No debemos olvidar que los efectos especiales, aún hoy en día absolutamente impecables, fueron realizados mucho antes de que cualquier computadora pudiera generar este tipo de imágenes. Para la secuencia del viaje interestelar de Dave, al final de la película, el director de los efectos especiales tuvo que diseñar una cámara de ranura de 70mm que medía seis metros por nueve. Esta filmó las 24 horas del día diferentes piezas artísticas de pop-art, fotografías microscópicas de cristales, dibujos de arquitectura y circuitos de computadora, todo filtrado a través de diferentes geles a una velocidad de un cuadro cada 4 minutos durante varios meses. Esta secuencia que cierra la película es hoy en día tan impactante como lo fue en su momento. Es la prueba más contundente en favor de los efectos especiales analógicos. Quizás, finalmente, la cualidad más visionaria de 2001: Odisea en el espacio sea el haber previsto nuestro presente, plagado de interfaces digitales, y de haber propuesto también una etapa posterior a esta dependencia tecnológica, mediante un objeto, la película en sí misma, que es sin duda el objeto más sofisticado de esa era analógica del cine estadunidense.

 

Martín Molina Gola
Cineasta, egresado del CUEC.

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