En los umbrales de la atrocidad: los asesinos en serie y sus cazadores en la televisión

El asesino serial se ha convertido en una obsesión para los creadores de series. Pero al lado de ellos, la figura de los detectives que les dan caza resulta no menos fascinante: seres dispuestos a perderlo todo con tal de atrapar y entender los motivos de su presa. El siguiente ensayo aborda cinco de las series que se han sumergido con mayor claridad en estos abismos, y nos lleva de paseo por el lado oscuro de la experiencia humana.

Sirva de premisa para los fines de esta reflexión concebir la atrocidad como aquella situación que traspasa los límites de comprensión que le hemos otorgado a la conducta criminal. Esto implica, de cierta manera, la idea de que estabilizamos un determinado rango de expectativas respecto de lo que puede ser “entendible” (mas no necesariamente justificable) acerca del comportamiento que rompe las normas, lo que en la jerga policíaca se denomina motivo. La atrocidad, pues, nos traslada más allá del umbral de sentido que este rango de expectativas nos proporciona; es decir, quiebra las fronteras de lo que habíamos considerado posible de la acción criminal. Por eso es tan desconcertante, aun cuando la mayoría de nosotros nos enteramos de ella solo de modo indirecto.

Con todo, tuvieron que haber personas a lo largo de la historia de la criminología y la ciencia forense dispuestas a sumergirse en el entendimiento de casos extremos de atrocidad, no solo con el fin de resolverlos, sino también de generar mejores estrategias de reacción ante los mismos. En otras palabras, individuos empujados a enfrentarse con nuevas barreras de la comprensión delictiva, hasta llegar al lugar donde nos encontramos hoy en día, donde el criminal atroz no es en automático inexplicable, azaroso o simple y llanamente loco.

Por ello, resulta interesante el reflejo que se la da a este tipo de personajes y situaciones en la cultura popular, ya que parecieran haber algunas tematizaciones invariablemente recurrentes sobre la visión que se tiene del mundo de la atrocidad. Me parece que las cinco series a las que hago referencia a continuación ayudan a ejemplificar estos tópicos, dejando de lado el debate sobre la calidad artística de la mismas.

Lo que se esconde detrás…

El primer elemento que me gustaría poner sobre la mesa es la obsesión de los personajes de estas series por explicar lo que subyace a la atrocidad. Probablemente se entienda mejor como la asunción de que, detrás del delito, en especial cuando es desmesuradamente violento, el perpetrador quiere decir algo más: mostrar su “visión” (en palabras de Rust Cohle de True Detective), “comunicar un mensaje” (en palabras de Jim Fitzgerald de Manhunt: Unabomber), retratar su “diseño” (en palabras de Will Graham de Hannibal) o inclusive proyectar los traumas de su realidad inconsciente (algo a lo que hacen referencia prácticamente todas estas series en algún punto).

Al suponer que detrás de lo que se observa a simple vista están escondidos los verdaderos motivos y razones de la atrocidad, se abre la posibilidad de construir un perfilamiento del criminal: una especie de “huella” o “firma” psicológica, que deriva de los indicios dejados en los crímenes y que son tomados por los investigadores como patrones de conducta de los responsables.

En algunos casos, como en la serie de The Alienist, se reflejan los que pudieron ser los primeros intentos por entender lo que significa el asesinato como un medio para expresar una realidad interior y no como producto de la mera contingencia. Ambientada en el siglo XIX, muestra la dificultad a la que se enfrentan el Dr. Laszlo Kreizler y su equipo para hacer oír sus hipótesis sobre la intencionalidad oculta en la brutalidad del asesinato de múltiples niños prostitutos, en una época en la que algunos tipos de criminalidad eran equiparados a la enfermedad mental y los trastornos psicológicos, no solo porque eran vistos como desviaciones de la personalidad, sino también como alienaciones de una verdadera naturaleza. Como alienista, Kreizler asume que los trastornos mentales —a la manera de los psicoanalistas— tienen una explicación coherente que puede ser descubierta, aun cuando esta última no les sea accesible a sus pacientes y a pesar de que no necesariamente responda a una patología clínica. Con la misma esperanza, busca aplicar estos métodos de indagación para comprender las acciones del asesino. Algo que para ese tiempo parecía infructífero, pues estas conductas se consideraban simples aberraciones de la personalidad “normal” y, por ende, dignas de un manicomio.

En otros casos, refleja el que parece haber sido un punto de quiebre sobre las ideas deterministas o naturalistas del criminal, especialmente de aquellas nociones que presuponían la maldad o la criminalidad nata: la fundación de la Behavioral Science Unit del FBI. Por lo menos, la serie de Mindhunter pareciera sugerir que esta organización es la primera que institucionaliza de manera formal el uso policial de la investigación de la conducta aplicada al análisis del crimen violento, donde se aceptan y reconocen algunos réditos de la exploración del significado psicológico de las atrocidades. De hecho, aparentemente son ellos los que acuñan el uso validado del concepto “asesino serial” como categoría que designa la conexión cualitativa (ya sea psicológica o simbólica) entre diferentes asesinatos: la marca que señala la autoría de un mismo perfil de perpetrador o perpetradores. De la mano de Holden Ford, Bill Tench y Wendy Carr, la serie retrata las entrevistas realizadas por los agentes del FBI a múltiples homicidas violentos, con el fin de sistematizar ideas que sean afines a sus diferentes conductas. Esto significa que, en comparación con lo que vemos en The Alienist, ya no solo se trata de encontrar las intenciones o motivos detrás de las acciones brutales de un asesino, sino también los principios explicativos que se toman como transversales a las diferentes clases de atrocidad, de tal manera que se puedan generar clasificaciones y taxonomías de la violencia desmesurada; en una palabra: perfiles. Para Mindhunter, entonces, lo que se esconde detrás son las regularidades, patrones y pautas de comportamiento, desde donde se pueden categorizar los significados de diferentes acciones criminales, lo que a la larga se constituiría como toda una rama del entrenamiento dentro del FBI para la formación de “perfiladores”.

Justamente estas son las circunstancias de Jim Fitzgerald en Manhunt: Unabomber y de Will Graham en Hannibal. Ambos son perfiladores del FBI que muestran la aplicación de las distintas facetas del entrenamiento de la Behavioral Science Unit para la detección de criminales seriales y violentos. En Manhunt: Unabomber, Fitzgerald resalta el papel específico del lenguaje como impresión de algo más que solo un medio para transmitir mensajes. Para él, en su uso concreto, también se dejan indicios sobre el origen, la ocupación y hasta la formación del criminal (aquello que termina llamando “huella lingüística”). A lo largo de la serie, entonces, se muestran los intentos de Fitzgerald por demostrar el perfil del Unabomber —famoso terrorista serial reconocido por enviar cartas bomba a diferentes universidades y aerolíneas— a través de lo que para él se podía leer entrelíneas sobre sus mensajes escritos. A pesar de su certidumbre, se hace notorio el profundo escepticismo alrededor de su enfoque entre el resto de los agentes: se le atribuye mayor confianza a la llamada evidencia “dura”, incluso en un momento donde, supuestamente, el perfilamiento psicológico ya era un estándar protocolar de este tipo de investigación criminal.

En Hannibal, por otro lado, Will Graham reconstruye la narrativa de los hechos a partir de los significados que puede reconocer en las escenas donde los crímenes toman lugar. Al abordar un nuevo caso, Graham ya da por sentado que detrás de las atrocidades que investiga, por más increíbles o transgresoras que se muestren, está la intención de dejar patentado un sentido que puede ser comprensible, aunque cause aberración.

Algo similar sucede en la primera temporada de True Detective, aunque esta se concentra en la resolución de un solo caso a lo largo de 17 años —a diferencia de Hannibal, donde cada episodio muchas veces implicaba un nuevo crimen—. Aquí, aun cuando la serie gira alrededor de dos detectives de homicidios de Louisiana (Rust Cohle y Martin Hart), es en realidad Cohle el versado en perfilamiento psicológico. De hecho, Hart representa esa reacción emocional que la mayoría de nosotros probablemente tendríamos ante un primer encuentro con la atrocidad. Inclusive para él, siendo detective de homicidios, el carácter ritualizado y fetichizado de la primera escena del crimen a la que arriban, resulta ser un quiebre —que generalmente se expresa con la famosa frase “en todos mis años de policía nunca había visto algo como esto”—  de lo que él puede procesar como motivo “comprensible” de un asesinato; sobre todo por el exceso de dramatización teatral en la exhibición de la víctima. Por esa misma razón, pareciera guardar un cierto extrañamiento respecto a Cohle y su capacidad para encontrar significado detrás de lo que Marty considera que está más allá de su experiencia con lo más negativo de la humanidad.

Con todo, la pura fascinación por la atrocidad o el mero interés indagador no parecen ser razones suficientes para entender la obsesión que los personajes de estas series tienen por develar nuevos umbrales de sentido detrás de las brutalidades, aunque no las excluye. También parece sugerirse que radica en evitar el argumento de la “insanidad” o la reducción a la locura. Esto es: si se encuentran los significados, entonces se puede apelar a los motivos, luego, es posible atribuir responsabilidad intencional y, por ende, encontrar alguna clase de justicia.

El Dr. Lecter en Hannibal lo explica mejor cuando aclara las características del psicópata: no es un loco, porque es perfectamente consciente de sus acciones y de las consecuencias derivadas de las mismas. Siguiendo esta lógica, de eso pareciera tratarse, en última instancia, el meollo de la cuestión: el encuentro con la atrocidad es un enfrentamiento con lo que realmente se puede retrotraer a un sentido específico de “humanidad”, aun cuando se trate de algo excesivamente violento. Su opuesto, lo “no-humano”, se posiciona como aquello que sobrepasa nuestras capacidades para procesar la acción de los otros y atribuirles sentido (como al loco, cuando es concebido como aquel desviado de un cierto estándar de humanidad). Por eso, estos personajes se obsesionan con encontrar la intencionalidad de los criminales atroces, porque si se les exenta de esta condición humana, entonces se renuncia a una sensación fuerte de justicia, ya que las acciones del criminal simplemente se transforman en consecuencias de un agente externo (la locura, por ejemplo) y no como productos de su decisión consciente.

Sin querer desviarme hacia una reflexión sobre la justicia, esto pareciera derivar en lo siguiente: para alcanzarla no basta con resolver los misterios que subyacen a los casos (¿quién es el asesino?, ¿cómo lo hizo y por qué de ese modo?), sino también es necesario que haya imputación de culpabilidad a un sujeto consciente de sus actos. Por lo tanto, el argumento de la “insanidad” y la reducción a la locura exculparían la responsabilidad personal del criminal y, en consecuencia, también lo eximirían del castigo que acompañaría a su forma de proceder.

La desarticulación del detective

El segundo tópico que me gustaría traer a colación sobre estas series, y el cual se experimenta casi como consecuencia del primero, es la fractura del detective, si no consigo mismo, sí por lo menos con los demás, especialmente con sus cercanos. Es como si el exceso de comprensión y, en algunos casos, de empatía (como Will Graham en Hannibal o Fitzgerald en Manhunt: Unabomber) tuvieran necesariamente como corolario algún tipo de desarticulación de sus personalidades.

Una de estas formas de desacoplamiento pareciera originarse en el componente altamente reflexivo de la investigación criminal, más en aquella que se enfoca en entender la atrocidad. Acaso se trate de que la resolución de los casos esté condicionada a la introspección del detective. De cierta manera, como si aquello que ignoráramos sobre la brutalidad criminal estuviera íntimamente ligado a lo que desconocemos sobre nosotros mismos; no en el sentido de la capacidad para llevar a cabo acciones similares en circunstancias equivalentes, sino más bien de encontrar respuesta para el significado inconsciente de mucho de nuestro actuar. El Dr. Laszlo Kreizler lo hace notar cuando presiona en diversas ocasiones a los demás personajes de The Alienist a explicar el sentido emocional de algunos comportamientos que considera absurdos o dañinos para sí mismos; ante la falta de respuesta, Kreizler cuestiona las aspiraciones de su investigación criminal: ¿con qué cara se pretende entender la atrocidad del otro, dada la incongruencia reflexiva y el desconocimiento de la realidad anímica propia?

Otro tipo de desarticulación se observa en el caso de Fitzgerald en Manhunt: Unabomber. Aquí, son dos las razones de la disociación: la obsesión y el convencimiento. Por un lado, Fitzgerald adquiere tal grado de apego a la resolución del caso, que lo lleva paulatinamente a distanciarse de su familia y de su propia vida. No obstante, esta obsesión está entrelazada al segundo motivo del quiebre, pues además de la aspiración obstinada de atrapar al criminal, aparece el conflicto interno entre la aceptación de las ideas de este último y la condena a las acciones que emprende para difundir su mensaje. Así, la fractura de Fitzgerald no solo responde a la adicción por su trabajo —como en muchas otras series policíacas, donde este tema es común—, sino también al papel que juega el impacto ideológico que el Unabomber tiene sobre él.

El caso más dramático de ruptura es el de Will Graham en Hannibal, porque en él llega a niveles psicosomáticos donde aparecen alucinaciones, lapsus temporales y sonambulismo. Lo interesante de esta desarticulación, igual que para Rust Cohle en True Detective, es que ya de por sí eran personajes que estaban desvinculados de cualquier clase de relación íntima con otro. Ya eran, por así decirlo, individuos anímicamente “rotos” y disociados del resto del mundo. Sin embargo, para Will Graham, la ruptura ya no se da con respecto a los demás, sino consigo mismo, al grado de que llega a sentirse como si fuera otra persona.

A diferencia de él, Rust Cohle tiene un tipo de fragmentación completamente distinta, porque pareciera darse una especie de reconciliación con la humanidad. En su caso, la transformación es inversa a todos los demás, porque la ruptura de su personalidad transita del abismo nihilista que lo había caracterizado a lo largo de la temporada, hacia una conclusión mesuradamente optimista.

Holden Ford en Mindhunter, en cambio, sufre de los efectos del síndrome del ilustrado: aquel que, por el impacto del conocimiento adquirido, comienza a subestimar la inteligencia de los demás y a sobreestimar la suya propia. En el transcurso de la serie, y a medida que va cosechando los éxitos de sus investigaciones, Holden se vuelve excesivamente arrogante, lo que termina por alejarlo de los demás. Su fascinación por salir de la ignorancia, y creer haberlo logrado, modifica su forma de relacionarse con los otros.

Sea como sea, la desarticulación de los detectives es una tematización patente en estas series. En el fondo, parecen sugerir que la búsqueda de nuevos umbrales de sentido de la atrocidad implica una confrontación con su propia realidad interna, la cual desemboca en un parteaguas dentro de la historia de sus personalidades. En el mejor de los escenarios, el detective llega a reconocer elementos de su identidad que antes desconocía; en el peor, se pierde. No obstante, en ambos casos, está obligado a tomar un nuevo posicionamiento, porque, en la medida en que busca respuestas, se ve forzado a desplazar el primer orden de sus impresiones a un segundo plano, para, así, entrar al terreno de la interpretación y hacer posible la exégesis de aquello a lo que de manera natural probablemente el resto de nosotros le negaríamos sentido.

En este punto, pareciera ser que la expectativa sobre el detective que investiga la atrocidad es que sea más que un simple policía, porque su trabajo no se reduce solo a usar todos los medios disponibles para aplicar la ley y sancionar a los culpables. El detective se proyecta como un investigador en el más amplio sentido del término. Pero no aquel que busca pistas para aclarar misterios, sino aquel que encuentra indicios para generar una explicación sobre lo incierto. En ese sentido, se vuelve imperativo “acercarse” al criminal atroz, con el objetivo de encontrar los vestigios de su racionalidad. Si tuviera que explicarlo con una metáfora, lo diría de la siguiente manera: si la investigación criminal fuera un paseo en bicicleta, tratar de entender el significado de la atrocidad sería como arrojarse por una pendiente pronunciada, sin freno y con las manos amarradas… En el mejor de los casos, desearíamos acabar solo con unos cuantos raspones en los codos.

 

Carlos Camp
Consultor y sociólogo

 

Fichas técnicas

The Alienist (TNT)
Creadores: Hossein Amini, E. Max Frye, Gina Gionfriddo y Cary Joji Fukunaga
Actores principales: Daniel Brühl, Luke Evans y Dakota Fanning

Mindhunter (Netflix)
Creador: Joe Penhall
Actores principales: Jonathan Groff, Holt McCallany, Hannah Gross y Anna Torv

True Detective (HBO)
Creador: Nic Pizzolatto
Actores principales: Matthew McConaughey y Woody Harrelson

Hannibal (NBC)
Creador: Bryan Fuller
Actores principales: Hugh Dancy, Mads Mikkelsen y Laurence Fishburne

Manhunt: Unabomber (Discovery Channel)
Creadores: Andrew Sodroski, Jim Clemente y Tony Gittelson
Actores principales: Sam Worthington y Paul Bettany

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