Black Panther: de la taquilla a los movimientos sociales

La industria hollywoodense ha querido colocarse como puntero de los discursos progresistas. La ceremonia de los Oscars es una prueba contundente de ello. También lo son un cierto número de películas, como el caso de Black Panther. Parecería que hay, como lo plantea este texto, un nuevo modelo de producción cada vez más convincente si el éxito en taquilla refleja, además, ciertos avances sociales y culturales.

A mediados de febrero se estrenó, en salas de cine esparcidas por el mundo, otra cinta del universo cinematográfico de Marvel. Llegó el turno de un héroe creado por Stan Lee y Jack Kirby en 1966, Black Panther. La cinta les dio una oportunidad a los estudios Marvel y Disney: juntar a un reparto de actores, en su mayoría de raza negra, con el doble propósito de serle fiel al material original y aprovechar el momento político del país para enviar un mensaje de diversidad.

Claro está que también buscaban un éxito en la taquilla, pero ni el ejecutivo más optimista de Marvel hubiera imaginado que, en el fin de semana del estreno, la película rompería récords de taquilla con una ganancia de más de 200 millones de dólares, convirtiéndose en la quinta película con el mejor estreno de fin de semana. El seis de marzo ya había pasado la barrera de los 500 millones en salas nacionales estadunidenses, y en el mundo rebasó los 700 millones de dólares. La apuesta por la diversidad superó las expectativas de toda la industria.

El logro no es menor, no solo por el éxito de taquilla, sino porque podría cambiar algunos de los mitos más desagradables de Hollywood, arraigados en viejos prejuicios raciales que tienen efectos muy reales en el mundo de la farándula. El mito es este: las cintas dirigidas y actuadas por afroamericanos no son tan rentables como las que protagonizan actores blancos.

La historia racial de Estados Unidos es historia universal. Las heridas de casi doscientos años de esclavitud y una amarga guerra civil siguen haciendo mella en la vida diaria del país que se considera el más avanzado del globo. El racismo es una enfermedad que permea en casi todos los ámbitos de nuestro vecino del norte y Hollywood no está exento. Aún siendo una de las industrias más liberales del mundo, basta ver los números para darse cuenta de que el mito se interpreta como una realidad irrefutable. Un estudio realizado por la Universidad de Carolina del Sur reveló que, en 2017, el 70.8% de los roles principales se dieron a gente blanca y sólo el 13.6% fueron para afroamericanos; la cifra es peor para directores, que solo contaron con el 5.6% de los trabajos. La discriminación no es solo un asunto de raza: las mujeres también se encuentran en desventaja, de 2 a 1 en roles centrales, 6 a 1 en dirección y 4 a 1 en creación de guión.

Evidentemente, la Academia deja ver algunos oportunismos demasiado flagrantes: su adicción a malas franquicias, por ejemplo, dado que ya hay 8 películas de Rápido y Furioso y 75 de Transformers, pero si algo tratan de hacer bien es vender su marca de industria progresista. Creen ser más puros de lo que son y hace poco todo Hollywood pasó a la báscula por Harvey Weinstein y sus prácticas de acoso sexual sistematizado. El hecho es que van un poco atrasados en el tema del feminismo, pero las campañas que buscan eliminar la discriminación racial ya llevan, cuando menos, dos años. En 2016, el hashtag #OscarsSoWhite tuvo mucho eco en redes sociales y algunas de las ganadoras, como Moonlight en la categoría de Mejor Película, expusieron el esfuerzo de la Academia por contrarrestar años de sesgo, sin descartar la calidad de la cinta.

En 2017 la avanzada contra la discriminación continuó. DC Comics estrenó Wonder Woman, que fue un éxito y un estandarte para el feminismo en películas de superhéroes, así como Black Panther lo es ahora para la diversidad. Otras cintas nominadas a Mejor película también tuvieron resonancia para distintas causas políticas y culturales: The Shape of Water representó a México por Guillermo del Toro, a quien se le acredita por contrato como Director Visionario; Get Out fue la película más redituable del 2017, dirigida y escrita por Jordan Peele, famoso comediante negro; Call Me By My Name es una historia enternecedora de un romance gay; y, entre otras, Lady Bird fue dirigida por una mujer.

Las consecuencias directas de estos gestos de la Academia son difíciles de medir. La influencia de cientos, miles de actores es innegable en temas comerciales, de moda o estilos de vida. Sin embargo, en lo que se refiere a política, todo es más complejo. Prácticamente el 100% de Hollywood, salvo algunas excepciones, apoyó públicamente a Hillary Clinton y aún así acabamos con la Naranja Mecánica como presidente de Estados Unidos. Al mismo tiempo, es innegable que algunos temas sociales han avanzado bajo el manto protector simbólico de series y películas que producen los estudios. Un ejemplo claro fue la lucha por los derechos igualitarios de la comunidad gay, que fue promovida desde las pantallas de televisión y cine con shows como Will & Grace, Queer Eye for the Straight Guy y Brokeback Mountain. Es por eso que películas como Black Panther, una cinta con un reparto diseñado para desafiar los estereotipos de la industria, podría dar inicio a nuevos movimientos políticos.

Es un tiempo raro en Estados Unidos para plantear temas de raza, clase social, y diversidad cultural o religiosa. Después de dar un gigantesco paso adelante con el primer presidente negro de su historia, una parte pequeña, pero muy consolidada del país decidió retroceder con un salto gigante, eligiendo a un presidente que tiene tan poca conciencia social que fue incapaz de criticar de manera convincente a un grupo de supremacistas blancos en una manifestación en Charlottesville, Indiana. Las tensiones raciales no podrían llegar a un punto más álgido y solo con ofensivas mediáticas constantes se podrá contrarrestar la atmósfera de odio y recelo que ha sembrado Donald Trump.

Black Panther es una película y nada más, pero muchas personas la han elevado al grado de símbolo de cambio en tendencias racistas. En muchos cines, los espectadores asistieron a la función vestidos de trajes tradicionales africanos. En otras, se realizaron campañas de registro de votantes. Es evidente que un trabajo artístico no será suficiente para cambiar los vicios de racismo de un país, pero a veces basta con un pequeño símbolo, un héroe como T´Challa para inspirar a la gente a tomar partido. En estados como Alabama, fue la enorme participación afroamericana la que evitó que un presunto pederasta se convirtiera en el senador republicano del Estado. Si poco a poco se van juntando los movimientos a favor de la diversidad y se ven acompañados de pequeñas expresiones artísticas que inspiren valor, es posible que el próximo presidente y representantes electos tengan una visión más incluyente, al menos comparada con la que tiene el cavernícola bronceado que dirige hoy en día.

 

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