Operación Red Sparrow: una ensaladilla rusa

La nueva película protagonizada por Jennifer Lawrence tiene todos los ingredientes del género de espías, pero con un aderezo moral muy familiar, un ligero acento ruso y la dosis necesaria de sexo vendedor.

Dirección: Francis Lawrence
Guion: Justin Haythe y Jason Mathews (basada en su novela)
País: Estados Unidos
Elenco: Jennifer Lawrence, Joel Edgerton, Matthias Shoenaerts, Charlotte Rampling
Año: 2018

Qué lejos los días en que Jennifer Lawrence era una niña de diecisiete años con un padre que traficaba anfetaminas, una madre deprimida y la amenaza del desalojo inminente de su casa en las montañas Ozark. Ese fue su papel en Invierno profundo (Winter’s Bone), una pequeña película independiente de 2010, que cosechó buenas reseñas y la puso en el radar de Hollywood. Ocho años, un óscar ganado y otras tres nominaciones después, Lawrence es ahora la bailarina estrella del Bolshói convertida en espía internacional, asesina en lencería y torturadora impávida en Operación Red Sparrow.

La trama puede resumirse pero sólo hasta cierto punto; no por miedo a revelar detalles esenciales, sino porque la alternativa tomaría el resto de los párrafos destinados a esta reseña. Lawrence, pues, es aquí Dominika Egorova, una bailarina de ballet moscovita con una madre enferma y un tío influyente en el aparato de seguridad del Estado. La noche de una presentación importante, Dominika sufre un ¿accidente? que termina con su carrera artística. El departamento en el que vive lo paga la compañía de ballet; los cuidados médicos de su madre vienen del mismo cheque que ya no podrá recibir. La alternativa a este predicamento clásico sería, en Latinoamérica, el crimen. En Rusia, Dominika empieza a trabajar para el Estado.

Pareciera que lo que le ofrece su tío en la SVR (ex KGB) es sencillo: seducir momentáneamente a un enemigo del gobierno para robarle el teléfono. Haz esto por mí, le pide, y no tendrás que preocuparte por tu madre. Quien haya visto más de una película que incluya actividades de legitimidad dudosa sabrá que en estos casos todo se reduce a la fórmula clásica de Michael Corleone en la tercera de El padrino: justo cuando pensé que estaba fuera, dice el mafioso, vuelven a arrastrarme para adentro. Eso le sucede a Dominika, que completa a medias la misión y entonces, por supuesto, el Estado no la suelta, porque ya sabe demasiado. Al contrario, la envían a una casa en medio de un paraje nevado —toda la película, al parecer, transcurre en el invierno, o quizá la intriga es incompatible con los días soleados— para convertirla en cadete del programa Red Sparrow. El propósito: formar agentes versados en las más variadas técnicas de seducción para conseguir, mediante el sexo, lo que la diplomacia o la guerra no pudieron. Uno pensaría en aquel concepto de poder blando pero en este caso se presta al albur. Mejor, y más claro, lo dice el personaje de Dominika —inesperada alumna estrella, por cierto— cuando le reprocha a su tío: “Me mandaste a la escuela de putas”.

Todo esto ocurre antes de que le asignen la misión central de la película: hacer contacto con un agente de la CIA (Joel Edgerton) y descubrir quién es su informante encubierto en el gobierno ruso. La encomienda es tan conocida como las dudas que surgen respecto a la heroína: ¿en dónde residen sus lealtades? ¿Hasta dónde está dispuesta a ir para pagarle una enfermera a su madre? ¿Se enamorará peligrosamente del gringo de espalda ancha, o es que la seducción es parte del plan maestro?

Es difícil responder a todo esto no sólo por los giros que da la película, sino porque el propio personaje de Dominika se mantiene alejado, impenetrable, como si el tremendo fleco que cubre la frente de Lawrence durante toda la cinta, sumado a su improbable acento ruso, le confiriera un doble escudo: ante los otros personajes, ante los propios espectadores.

¿Qué es, exactamente, Operación Red Sparrow? ¿A dónde apuntan sus plumas políticas, estéticas, temáticas? A veces la película camina por los derroteros de Jason Bourne, a veces por los de Le Carré, a veces por los de cierta chica de dragón tatuado. Es, al mismo tiempo, un homenaje en ciertas secuencias al mejor De Palma –específicamente esa escena de venganza en medio del coito en un baño turco— y en otras una reinterpretación del lugar sabido que ocupa Europa del este en el imaginario gringo: aquel lugar de Hostal (2005) o Búsqueda implacable (2008) donde la tortura es un deleite cotidiano de la mafia.

En la película —basada en una novela contemporánea, superventas, de Jason Matthews— hay suficiente material geopolítico como para preguntarse por qué nunca se nombra, ni sale a cuadro, el presidente ruso: el mismo al que se acusa de estar detrás de una oscura trama política que la CNN y compañía siguen de cerca en Washington. Pero también hay suficientes avenidas que explorar en el terreno biopolítico —¿a quién le pertenece nuestro cuerpo?—, y en el del género —¿es Dominika una pobre puta del estado o un modelo de feminidad revolucionario?;todo lo cual es infrecuente que aparezca en un blockbuster hollywoodense. Las respuestas que ofrece la cinta serán más o menos interesantes —casi siempre lo segundo— pero el desconcierto de no saber exactamente qué es lo que uno acaba de ver a veces es algo bienvenido.

La responsabilidad, en todo caso, recae en otro Lawrence, Francis, director de esta película y también de las tres entregas fílmicas de Los juegos del hambre, donde Jennifer (Lawrence) consolidó su papel como estrella de acción en filmes de ancho presupuesto. Pero mientras en aquellas había una intención explícita de no rebasar la clasificación B, pese a que la premisa involucra el asesinato mutuo y televisado de veinticuatro adolescentes, para poder vender más boletos, aquí Lawrence (Francis) ha asegurado públicamente que su visión de Operación Red Sparrow, desde el principio, era ésta: una cinta donde su protagonista se desnuda, sangra, es torturada y tortura a otros frente a la cámara.

Entonces uno piensa invariablemente en la otra ordalía reciente de Jennifer Lawrence, mother! (2017), de Darren Aronofsky, donde su personaje es golpeado, desnudado, violado y rociado con gas lacrimógeno en pleno embarazo. ¿Qué llevó a Lawrence —la actriz mejor pagada del mundo, a sus veintisiete años de edad— a aceptar dos papeles seguidos de esta naturaleza? ¿Es posible compaginar la figura de Dominika Egorova con la de aquella chica de hoyuelos que tropezó al subir a recoger su Óscar? “Traté de hacer la película [Red Sparrow] sin desnudos”, dijo Lawrence en una entrevista reciente, “pero me di cuenta de que no sería correcto que el personaje pasara por algo que yo misma no estaba dispuesta a pasar”. Entonces uno recuerda también aquel robo y filtración en internet de las imágenes privadas de la actriz en 2014; y ahí hay algo que no puede decirse, o que sólo puede decir ella misma. “Recuperé algo que se me había arrebatado”, declaró Jennifer Lawrence antes del estreno de esta película, y quizá con eso cumple finalmente un propósito personal al que, sin embargo, como voyeristas que somos todos los espectadores de cine, nos hemos asomado.

 

Luis Madrigal
Dos veces finalista del Concurso de Crítica Cinematográfica de la Cineteca Nacional. En 2017 fue seleccionado como parte la Academia de Críticos del Festival de Cine de Nueva York.

 

 

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