Cuatro ases y una reina en la carrera por el Óscar

Ante la inminencia de la nonagésima entrega de los Premios Óscar, que se llevará a cabo este domingo 4 de marzo, una de las categorías que sin duda genera más interés es la de la estatuilla a la mejor dirección. Por ella compite un grupo de cineastas con trayectorias muy diversas, pero con el común denominador de un innegable talento.

Gracias a sus muy prometedores debuts, Greta Gerwig (Lady Bird) y Jordan Peele (¡Huye!) se encuentran nominados junto a directores que tienen ya un lugar prominente en el panorama del cine contemporáneo, como es el caso de Paul Thomas Anderson (El hilo fantasma), Christopher Nolan (Dunkerque) o Guillermo del Toro (La forma del agua), ninguno de los cuales ha recibido todavía, sin embargo, un óscar a la mejor dirección. A diferencia de otras categorías de pronóstico reservado —empezando, cómo no, por la de mejor película— pareciera que en este rubro el realizador mexicano se perfila como favorito, impulsado por el aluvión de galardones que ha venido recogiendo a últimas fechas. Y sin embargo, ya se sabe, en este tipo de premiaciones entran en juego múltiples factores y siempre hay lugar para las sorpresas, si no que se lo digan a los productores de La La Land, que en la edición anterior agradecían ya el Óscar a mejor película cuando se anunció que la estatuilla iba para ese auténtico caballo negro llamado Luz de luna.

A continuación ofrecemos cinco breves perfiles de este ilustre grupo de cineastas, en orden ascendente respecto a las probabilidades que, a título personal, consideramos que pueden tener en la carrera por ese codiciado primer óscar. Aquí sus cartas:

Greta Gerwig, la reina del cine indie

Como la joven protagonista de Lady Bird —su ópera prima como directora en solitario—, Greta Gerwig nació en Sacramento, California, y como ella, también, quiso volar rumbo a la costa este de Estados Unidos para desarrollar sus inquietudes artísticas lejos de atavismos provincianos. Nacida en 1983, hija de una enfermera y de un consultor financiero, Gerwig estudió en una preparatoria católica solo para chicas, contexto en el que ya mostraba interés por actividades como la danza y el teatro. A continuación se trasladó a Nueva York, donde terminaría graduándose en Lengua Inglesa y Filosofía en el Barnard College. Fue asimismo en esa época cuando películas como Annie Hall (Woody Allen, 1977) o Beau Travail (Claire Denis, 1999) detonaron su fascinación por el cine, medio en el que empezó a incursionar como actriz en filmes independientes de bajo presupuesto como LOL (2006), del director Joe Swanberg, con quien continuaría colaborando no solo delante de las cámaras, sino también como coescritora, en el caso de Hannah Takes the Stairs (2007), y más adelante como codirectora en Nights and Weekends (2008). A través de dichas cintas se convirtió en una figura clave del llamado movimiento mumblecore, una suerte de subgénero del cine indie caracterizado por actuaciones naturalistas y por un énfasis en los diálogos por encima de la trama, lo que sin duda marcaría su propia visión como creadora.

El salto de Greta Gerwig hacia un cine de mayor proyección se dio de la mano del director neoyorquino Noah Baumbach, con quien colaboró por primera vez como actriz en su película Greenberg (2010). A partir de entonces su asociación sentimental y creativa dio fecundos frutos en filmes como Frances Ha (2012) o Mistress America (2015), donde Gerwig participó no solo como actriz, sino también en la escritura de sus respectivos guiones, aportándole un enfoque femenino y un aire fresco a esa temática del tránsito a la madurez tantas veces explorada por Baumbach.

No es de extrañar, pues, que con una sólida trayectoria de veinticinco películas como actriz, y habiendo coescrito cinco de ellas, a sus treinta y cuatro años Gerwig eligiera para su debut como directora una historia como la de Lady Bird, en la que cristalizan con fortuna sus aproximaciones previas al género del coming of age (o “historias de formación”) así como los recursos narrativos aprendidos en su experiencia con el mumblecore.

Al margen de los elementos autobiográficos presentes en el guion firmado por la propia Gerwig, la originalidad de Lady Bird radica en buena medida en el fresco tratamiento de un punto de vista femenino que rompe con viejos estereotipos: en su paso hacia la vida adulta, la joven y empeñosa Christine McPherson (Saoirse Ronan), aprende que el camino hacia la plenitud depende menos de afortunados encuentros con príncipes azules que de la autodeterminación de la propia identidad, del derecho a hacerse llamar Lady Bird. Atinadamente, dicha premisa no deriva en una petulante apología del egocentrismo, pues el necesario punto de equilibrio lo ubica Gerwig en los vínculos afectivos que su heroína establece (no sin tropiezos y encontronazos) con personajes tan significativos para ella como su madre o su mejor amiga, desplazando la dependencia del amor romántico en favor del empoderamiento que resulta de la solidaridad entre mujeres (resolución que recuerda ese restablecimiento de la sororidad en las tramas de Frances Ha o Mistress America).

Ahora bien, no obstante sus aciertos, Lady Bird adolece de algunos excesos y pinceladas de brocha gorda, que se desprenden principalmente de su afán por hacer demasiado explícita su declaración de intenciones en algunas secuencias, subrayando innecesariamente algunas situaciones mediante su banda sonora o a través de diálogos pomposos ahí donde el silencio podría ser más elocuente. Se trata sin duda de un debut más que alentador y de una pequeña joya del cine indie, pero no alcanza a brillar tanto como las obras más maduras de sus contendientes.

Lo que podría darle a Greta Gerwig alguna oportunidad es la debilidad de la Academia por hacer también declaraciones de principios, siempre en sintonía con la corrección política que marque la coyuntura, lo que en el actual contexto de reivindicaciones de igualdad de género haría que luciera muy bien otorgarle el Óscar a la mejor dirección a una mujer, sobre todo a ocho años ya de que lo recibiera Kathryn Bigelow, la primera y de momento la única.

Jordan Peele, el as del terror satírico

Si la tensión generada por el racismo es la piedra angular sobre la que se construye la inquietante trama de ¡Huye! (Get Out, 2017), hay que decir que su director, Jordan Peele, supo muy pronto por experiencia propia lo que era sentirse un bicho raro por su color de piel. Hijo de un hombre negro y de una mujer blanca que terminó criándolo como madre soltera, Peele nació en 1979 en Nueva York, y durante algún tiempo experimentó una incómoda crisis de identidad que lo hacía sentir marginado; por su tez oscura nadie creía que su madre fuera blanca, y al rellenar cuestionarios o impresos burocráticos marcaba la casilla de “otro” cuando se le pedía que definiera su categoría racial, hasta que llegó el día en que empezó a marcar la de “afroamericano”.

Desde niño se aficionó a películas de terror como El resplandor (Stanley Kubrick, 1980) o Gremlins (Joe Dante, 1984), y sin embargo su vocación y sus primeras experiencias creativas seguirían en los primeros años de su carrera el derrotero de la comedia. En el año 2003 se unió al elenco de Mad TV para su novena temporada, justo en la época en la que también se incorporó Keegan-Michael Key, con quien formaría un dueto cómico que protagonizaría la exitosa serie de sketches de Comedy Central Key & Peele (2012-2015). También en colaboración con Key, Peele participó como actor, guionista y productor en el largometraje Keanu (2016), una comedia de acción.

El primer brote de inspiración para lo que sería la historia de ¡Huye!, lo tuvo Peele a partir de la elección de Barack Obama como presidente de Estados Unidos. Mientras algunos sectores consideraban, desde una perspectiva excesivamente optimista, que aquello suponía la superación del racismo en la sociedad estadounidense, Peele sintió la necesidad de mostrar que dicha problemática seguía teniendo importantes resonancias, tal y como más adelante se demostraría con la llegada al poder de Donald Trump.

Escrita y dirigida por Jordan Peele, ¡Huye! se estrenó en el Festival de Sundance en enero de 2017, y comenzó a exhibirse en salas comerciales al mes siguiente con excelente respuesta de crítica y público, llegando a recaudar más de 250 millones de dólares (considerables beneficios tomando en cuenta los 4.5 millones que costó realizarla). Además del trabajo de Jordan Peele, la crítica aplaudió la interpretación del actor británico Daniel Kaluuya, encarnando a un joven fotógrafo de raza negra que va a visitar por primera vez a la familia de su novia blanca (Allison Williams). Allí se encuentra con un entorno de blancos liberales aparentemente bienintencionados, que conforme avanza el filme se va revelando como una auténtica pesadilla para su protagonista. Con un encomiable manejo del ritmo y el suspenso, la película alcanza algunos de sus mejores momentos durante su primera mitad, conforme se van insinuando los horrores escondidos detrás de la gentil fachada orquestada por la familia Armitage, haciéndolo además con ciertos toques de humor que funcionan en favor de una incisiva sátira social, aspecto que sin embargo pierde fuerza hacia el final, con un desenlace complaciente que se ajusta a las convenciones hollywoodenses de salvación de último minuto.

Como en el caso de Greta Gerwig, las opciones de Jordan Peele de conseguir la estatuilla pueden verse favorecidas por las inclinaciones de la Academia por gestos reivindicativos, sobre todo tomando en cuenta que Peele se convertiría en el primer director afroamericano en obtener un óscar; aunque también, como podría ocurrirle a la creadora de Lady Bird, todo podría quedar en un reconocimiento al mejor guion original como premio de consolación.

Paul Thomas Anderson, el as de las soledades entramadas

Con El hilo fantasma (Phantom Thread, 2017), su octavo largometraje de ficción, Paul Thomas Anderson ha merecido con creces la que es apenas su segunda nominación al Óscar como mejor director, una cifra que sin duda se queda corta si se toman en cuenta los méritos de su exquisita filmografía, que permite ubicarlo como uno de los cineastas más interesantes del siglo XXI no solo en el contexto estadounidense sino a nivel internacional, toda vez que en otras latitudes su obra ha sido objeto de mayores reconocimientos que los que ha obtenido en su tierra.

Paul Thomas Anderson nació en 1970 en Studio City, California. La cercanía que tuvo con su padre, el actor de voz Ernie Anderson, fue fundamental para que descubriera a muy temprana edad su vocación por el cine, pues este le regaló las cámaras de video con las que realizó sus primeras filmaciones con apenas ocho años. Sin destacarse como un buen estudiante, durante su adolescencia desarrolló el gusto por escribir y mientras cursaba la preparatoria filmó un falso documental titulado The Dirk Diggler Story (1988), inspirado en el actor de cine porno John Holmes, que años más tarde sería también la semilla argumental de Boogie Nights (1997), la película que apuntaló su carrera como director tras haber debutado un año antes con Hard Eight, un thriller criminal que consiguió exhibir en el Festival de Cannes (en su sección Una cierta mirada).

La culminación de estos primeros años como director se produjo con Magnolia (1999), la que para muchos críticos sigue siendo su mayor obra maestra y sobre la que el propio Anderson comentó en su momento que, para bien o para mal, sentía que era la mejor película que podría hacer nunca. En ese filme coral que refiere la peculiar interacción de diversos personajes en el Valle de San Fernando, Anderson abordó con una puesta en escena subyugante temáticas a las que venía apuntando en sus primeras cintas, y que a la larga se afianzarían como motivos recurrentes a los que, de una u otra manera, ha prestado atención a lo largo de su obra: la alienación, las familias disfuncionales y la constante búsqueda de algo o alguien que las sustituya, la soledad, la culpa, el poder del perdón, los fantasmas del pasado y la búsqueda desesperada de sus personajes de alguna posibilidad de redención. Además, en Magnolia se constató el pleno dominio de Anderson de ciertos recursos formales y estrategias narrativas que en buena medida han constituido su sello de autor, como es el caso de los constantes movimientos de cámara o los largos planos secuencia en los que se entrecruzan varios hilos argumentales (a menudo un cruce de soledades), así como una peculiar utilización de la banda sonora, en la que el desfase entre el contexto y la temporalidad de la música da cuenta muchas veces de la alienación de los personajes, conflictuados por la sensación de estar fuera de su tiempo.

En títulos posteriores Paul Thomas Anderson ha continuado explorando caminos en busca de posibles respuestas para el extravío existencial de sus personajes, ya sea a través de reparadoras conexiones emocionales como en Embriagado de amor (Punch-Drunk Love, 2002), o bien asomándose a salidas en falso como la ambición desmedida en Petróleo sangriento (There Will Be Blood, 2007), o los cultos sectarios y controladores en The Master (2012). En este sentido, El hilo fantasma no es la excepción, y en cierto modo puede ser entendida como el reverso de Embriagado de amor, al mostrar cómo una relación tóxica puede estar disfrazada de hermosos y elegantes vestidos, bajo los que almas enfermas de soledad y añoranza encuentran perverso consuelo en la dominación y la codependencia. Reynolds Woodcock, el obsesivo modisto interpretado por Daniel Day-Lewis con su habitual maestría, vendría a ser una versión sutil y refinada, pero no por ello menos patológica, del mezquino y vil Daniel Plainview que también encarnara el actor británico en Petróleo sangriento, filme por el que Paul Thomas Anderson obtuviera su primera nominación al Óscar como mejor director.

Sus probabilidades de conseguirlo, esta vez por El hilo fantasma, podrían basarse en la oportunidad de la Academia de recompensar una trayectoria que no ha valorado en su justa medida, pero su condición de rara avis, de cineasta que ha trascendido demasiado las convenciones de Hollywood, podría jugar en su contra de manera importante. Si bien es el único realizador que ha obtenido el premio a la mejor dirección en tres de los festivales más importantes a nivel mundial (Cannes, Berlín y Venecia), Paul Thomas Anderson tiene también el perfil de genios como Kubrick o su admirado Robert Altman, a quienes nunca les fue concedido. Si no es ahora, ojalá en el futuro haga más películas con las que pueda seguir intentándolo. El buen cine saldría ganando.

Christopher Nolan, el as del tiempo intrincado

Con Dunkerque (Dunkirk, 2017), la película que le ha valido por fin su primera nominación al Óscar como mejor director, Christopher Nolan ha sacado a relucir uno de los aspectos que lo respaldan como uno de los cineastas más influyentes y exitosos de nuestro tiempo: su enorme capacidad para seducir a crítica y público, filmando historias que atraen a audiencias de masas sin por ello renunciar a las complejidades estructurales y las profundidades temáticas que distinguen a su filmografía, la cual comprende ya diez largometrajes.

Hijo de madre estadounidense y padre inglés, Christopher Nolan nació en Londres en 1970, pasando parte de su infancia en su ciudad natal y parte en Evanston, Illinois. Con apenas siete años ya le pedía prestada a su padre su cámara Súper 8 para filmar cortos con sus figuras de acción, en una época en la que películas como La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977) estimulaban su imaginación y sembraban en él la semilla de su vocación de cineasta. Más adelante cursó estudios de Literatura Inglesa en la University College de Londres, cuyas facilidades para desarrollar proyectos cinematográficos lo atrajeron especialmente. Allí conoció a Emma Thomas, su futura esposa y productora de todos sus filmes, empezando por Following (1998), una historia neo-noir en la que un joven escritor sigue por la calle a gente desconocida esperando encontrar algo de inspiración, sin imaginar que ese hábito lo terminará arrastrando a un submundo criminal.

Como resultado del éxito cosechado por su ópera prima en diversos festivales, Nolan tuvo la oportunidad de realizar una segunda película que le daría una mucho mayor proyección y que se convertiría en uno de sus títulos más emblemáticos: Memento (2000). El guion de Nolan, basado en un relato de su hermano Jonathan en torno a un hombre que sufre un tipo de amnesia que le impide almacenar nuevos recuerdos, sorprendió por su originalidad temática pero sobre todo por su revolucionaria estructura narrativa y su manejo del tiempo, en el que el pasado y el presente se intercalan en dos líneas de secuencias diferenciadas por el uso del blanco y negro y el color respectivamente, con la complicación añadida de que mientras el primero es presentado según una progresión lineal, el segundo se narra en orden cronológico inverso. De este modo, Nolan consigue que el espectador experimente la desorientación de su protagonista, elaborando con maestría lo que a lo largo de su filmografía será uno de sus sellos distintivos: su capacidad para representar, mediante una rica variedad de recursos formales, la subjetividad de sus personajes, abordando en este caso un tema que será también una constante en varias de sus películas: la compleja relación entre memoria e identidad.

Tras el éxito de Memento, Nolan emprendería proyectos de mayor presupuesto en los que sin embargo se seguiría reconociendo su sello de autor, como Insomnia (2002), El gran truco (The Prestige, 2006), El origen (Inception, 2010) o Interstellar (2014), películas en las que continuó experimentando con tramas laberínticas, narrativas no lineales, saltos temporales e incluso elementos metaficcionales que llaman la atención del espectador sobre el propio medio de representación y sus dispositivos narrativos, siempre con un estilo visual que conjuga el realismo con distorsiones que reflejan la experiencia subjetiva de sus protagonistas, como es el caso de los infiltradores de sueños en El origen, donde el espacio urbano se pliega y refleja paradojas espaciales propias de un dibujo de Escher.

Mención aparte merece su exitosísima trilogía de Batman, superhéroe al que le insufló nueva vida con un enfoque oscuro, realista y con una profundidad psicológica que trasciende el mero entretenimiento para ofrecer auténticos estudios de personaje.

Aunque, comparada con el resto de su filmografía, Dunkerque podría parecer una película más convencional, su representación de la Operación Dinamo, consistente en evacuar a las tropas aliadas que habían sido cercadas por el ejército nazi en plena invasión de Francia, no deja de experimentar con la relatividad del tiempo, toda vez que en torno a ese mismo evento alterna tres subtramas, una por tierra, una por mar y otra por aire, que se desarrollan respectivamente a lo largo de una semana, un día y una hora. Técnicamente impecable, Dunkerque consigue la inmersión total del espectador en ese caos bélico que contagia la ansiedad por la sobrevivencia, y en todo caso lo que se echa en falta es un mayor desarrollo de algunos personajes que pudiera activar ciertos resortes emocionales sin los cuales puede llegar a parecer una película un tanto fría, aspecto que podría restarle puntos a ojos de los miembros de la Academia. Al margen de ese detalle, Nolan tiene muchas posibilidades de que la estatuilla caiga en sus manos si por alguna razón se le escapa a Del Toro. Como en el caso de Paul Thomas Anderson, iría implícito el reconocimiento a la trayectoria brillante de un visionario, solo que, a diferencia del californiano, Nolan tiene la ventaja de conectar con un público más amplio, factor que en Hollywood siempre suma. Pase lo que pase, en lo que se refiere a un óscar para Nolan, todo parece ser cuestión de ese fenómeno que tanto lo inspira. Todo parece ser cuestión de tiempo.

Guillermo del Toro, el as de la fantasía insumisa

La forma del agua (The Shape of Water, 2017), película por la que Guillermo del Toro opta al Óscar como mejor director, tiene su origen más remoto en una transgresión llevada a cabo por la imaginación del cineasta mexicano. Cuando siendo niño vio El monstruo de la laguna negra (Creature from the Black Lagoon, 1954) le pareció que aquella criatura, importunada por un grupo de científicos que invadían su hábitat, merecía vivir una historia de amor con la heroína de la película. Proyectó en su cabeza imágenes muy distintas a las que le devolvió la pantalla, y todo porque a esas alturas de su vida ya se había hecho amigo de los monstruos, que le parecían bastante menos terroríficos que algunos seres humanos y que lo inspirarían para filmar singulares mundos fantásticos en los que él se encargaría de hacerles justicia.

Guillermo del Toro nació en Guadalajara en 1964, en un medio conservador en el que el férreo catolicismo de su abuela la llevaba a inculcarle miedos y sentimientos de culpa, frente a los cuales el pequeño Guillermo encontró un refugio en narraciones fantásticas, sobre todo en aquellas protagonizadas por monstruos como el Frankenstein de la película de James Whale de 1932, experiencia para él equivalente a la anunciación de un santo. Con el paso de los años, la afición por esas ficciones fantásticas —entremezcladas con diversas tradiciones, mitologías y modelos narrativos que iba asimilando al ritmo que marcaba su voracidad cultural—, lo llevó a estudiar cine y efectos especiales para obtener los conocimientos que le permitieran plasmar en la pantalla lo que en su cabeza era una película en ciernes. Así fue que en 1993 consiguió debutar con Cronos, una historia que combinaba elementos de vampirismo, alquimia y tecnología y en la que, a partir de un drama de terror, lo que termina resaltándose es la importancia del vínculo afectivo mediante el cual su protagonista —un viejo anticuario devenido en vampiro— consigue redimirse y trascender su monstruoso destino.

Tal y como lo ensayó desde Cronos, en sus posteriores proyectos Del Toro continuaría, en mayor o menor medida, echando mano del horror y la fantasía no por un mero afán efectista, sino para resaltar los dilemas morales que atraviesan sus personajes y para confrontar al espectador respecto a problemáticas inherentes a su realidad, aspecto que se vuelve evidente en filmes ambientados en contextos históricos realistas, como El espinazo del diablo (2001) y El laberinto del fauno (2006), cuyas historias de corte sobrenatural tienen como trasfondo el contexto de la guerra civil española, donde el totalitarismo y la mezquindad de los antagonistas —siempre humanos— se manifiesta como el verdadero motivo para el terror.

Del Toro alternó este tipo de películas de corte más autoral con proyectos de mayor envergadura (al menos en término de presupuesto), como Blade II (2002), Hellboy (2004) y Hellboy II (2008), para más adelante dar incluso un salto a la ciencia ficción con Titanes del Pacífico (Pacific Rim, 2013) y filmar un romance gótico protagonizado por una joven escritora cuyo amor la lleva a habitar una casa embrujada en La cumbre escarlata (Crimson Peak, 2015).

Así, después de una trayectoria de más de veinte años, con La forma del agua Del Toro pareciera ofrecer una síntesis depurada de sus inquietudes y sus premisas narrativas. La improbable historia de amor entre una mujer muda y una criatura anfibia —que reivindica a aquel monstruo de la laguna negra— adquiere una insólita carga emocional que se canaliza también como una carta de amor al cine, al tiempo que trasciende la fantasía para señalar problemáticas que hacen de nuestro mundo real un espacio bastante más tenebroso que el de cualquier película de terror: la intolerancia, el machismo, el racismo, la homofobia, la arrogancia y mezquindad de los poderosos.

Ahora bien, si Guillermo del Toro es señalado como favorito para hacerse con la estatuilla no es solamente por las innegables virtudes de La forma del agua, sino porque también lo avala una serie de premios como el León de Oro en Venecia, el Globo de Oro a la mejor dirección y principalmente el premio del Sindicato de Directores, considerando que en los 69 años de existencia de dicho premio, el Óscar a mejor director ha ido a parar a manos del respectivo ganador en 61 ocasiones. Por si fuera poco, el hecho de que La forma del agua tenga más complicado obtener el Óscar a mejor película —la Academia no suele decantarse en esta categoría por películas de género, y mucho menos de fantasía (al menos desde El señor de los anillos: el retorno del rey, en 2004)— podría paradójicamente aumentar las probabilidades de que Del Toro obtenga el Óscar a la mejor dirección, un tanto de manera compensatoria, como le ocurrió a su gran amigo Alfonso Cuarón en 2014. Ojalá sea así y que ambos choquen sus estatuillas con la de Alejandro González Iñárritu a manera de brindis. Y que Del Toro lo celebre voraz y monstruosamente.

 

Jorge Carrión Castro
Escritor y crítico de cine. Autor de la novela Eco de tinieblas.

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