Humanos y animales en el fin de la historia:
a 50 años de El planeta de los simios

Un día como hoy, pero de 1968, se estrenó en salas estadunidenses El planeta de los simios. Desde el surgimiento del cine como técnica y representación hasta las paradojas del fin de la historia, el siguiente ensayo ofrece con agudez crítica nuevos ángulos de lectura e interpretación de aquél clásico que marcó una época.

Desde sus inicios, la cronofotografía que desembocaría en la invención del cinematógrafo, estuvo íntimamente ligada a las investigaciones y los debates sobre la locomoción animal y particularmente sobre el trote del caballo. Sin embargo, es menos sabido que en su momento de producción de película más elevado, Kodak, tenía enormes granjas para fabricar la gelatina animal necesaria en la preparación de la emulsión fotosensible. La película es entonces, en cierto sentido, un material biológico y la historia del cine desde sus inicios ha estado ligada a la historia de la relación entre el humano y el animal.

Eadweard Muybridge, Animal locomotion, 1878

Este año se cumple medio siglo de uno de los momentos clave de contacto y reflexión en torno a la animalidad que ha producido el cine estadunidense. Se cumplen cincuenta años de una película que inspiraría incontables secuelas, precuelas y paracuelas y que forjaría todo un género propio dentro de la ciencia ficción. Descubrimos, así, junto a Charlton Heston, El planeta de los simios.

Mucho se ha escrito acerca de la importancia de esta película en cuanto a los temas del racismo y la segregación en Estados Unidos, así como sobre su discurso crítico de la guerra fría y sobre el holocausto nuclear. Del mismo modo, la película fue altamente innovadora en su concepción de los viajes espaciales al incluir en el cine de ciencia ficción la teoría de la relatividad de Einstein. Antes de El planeta de los simios, en el cine de ciencia ficción, las naves espaciales respondían al modelo del barco en donde el tiempo se comporta de manera uniforme y lineal sin importar la velocidad y el punto de vista del observador. Desde la primera escena de la película, vemos una concepción totalmente diferente de los viajes espaciales, en donde el tiempo se estira y se contrae. En este sentido la película de 1968 es tributaria de una concepción moderna del espacio y del tiempo que tiende al incorporar la física moderna post-einsteiniana, y en el mismo movimiento también incorpora una concepción moderna del hombre, desilusionada del humanismo. No debemos de olvidar que la física cuántica inaugurada por Einstein fue también aquella que permitió por primera vez la fisión del átomo dando inicio a la era atómica. Taylor (Charlton Heston), descrito por sus compañeros como un cínico que sólo quería escapar de la humanidad, habla así sobre la inmensidad del espacio en relación con el hombre: “visto desde aquí, todo parece diferente, el tiempo se dobla, el espacio no tiene límites, aplasta al ego del hombre. Me siento solo”.1

Sin embargo, quisiera concentrarme en otro aspecto de esta película pionera, y focalizar mi atención en el tema de la relación hombre animal y más particularmente en la idea de un devenir-animal del hombre esbozado en la película.

En su libro Lo abierto,2 Giorgio Agamben retrasa el conflicto político y filosófico de Occidente que opone la humanidad y la animalidad al interior mismo del hombre. Un capítulo fundamental de su tratado comenta el debate que enfrentó a Georges Bataille con Alexandre Kojève acerca del devenir-animal del hombre en las sociedades post-históricas según la filosofía hegeliana. Para Kojève, el ser humano al alcanzar el final de la historia, a través del paciente trabajo de la dialéctica, volvería a una especie de vida animal. En 1968 también apareció la segunda publicación de la Introduction de Kojève donde aporta estas aclaraciones al problema:

Si el hombre re-deviene un animal, sus artes, sus amores y sus juegos deberán re-devenir también puramente “naturales”. Así pues, habría que admitir que después del fin de la Historia, los hombres construirán sus edificios y sus obras de arte como los pájaros construyen sus nidos y las arañas tejen sus telas, que ejecutarán conciertos musicales de la misma forma que las ranas y las cigarras, que jugarán como juegan los animales jóvenes y se entregarán a su amor igual que lo hacen los animales adultos. Pero no se puede decir, entonces, que todo eso “hace feliz al Hombre”. Habría que decir que los animales post-históricos de la especie Homo sapiens […] estarán contentos en función de su comportamiento artístico, erótico y lúdico, visto que por definición, se contentarán con él.3

Entonces cabe preguntarse si acaso El planeta de los simios no representa una cierta actualización de la sociedad humana post-histórica imaginada por Kojève a partir del final de la historia descrito por Hegel.

En el primer libro de su tratado, Agamben describe una Biblia judía del siglo XIII, la última lámina ilustrada del códice representa “el banquete mesiánico de los justos en el último día”. Los justos, a la sombra de los árboles paradisiacos, “con sus cabezas coronadas, se sientan en una mesa ricamente guarnecida […] bajo las coronas el miniaturista ha representado los justos no con semblantes humanos, sino con una cabeza inequívocamente animal […] en particular el de la derecha, más visible, que toca una especie de viola con un inspirado hocico simiesco”.

Así pues el final de la historia tanto para el materialismo dialéctico de Kojève como para la tradición maniquea rabínica representa una suerte de reconciliación de la humanidad con su animalidad. De este modo podemos comprender de manera diferente el final de la película con su famosa vuelta de tuerca y el terrible descubrimiento de Taylor. El planeta de los simios es la Tierra, y efectivamente Taylor es un resabio de tiempos inmemoriales cuando el hombre fue un animal sometido al imperativo de la historia. Sin embargo, el final en esta parábola, se trata efectivamente de un apocalipsis. El apocalipsis llevado a cabo por el hombre por su sed de destrucción. El doctor Zaius describe así al hombre poco antes que Taylor emprenda su huida hacia lo desconocido y hacia el conocimiento de su pasado:

Lo que sé del hombre fue escrito hace mucho tiempo, por el simio más grande de todos, nuestro dador de la ley […]. Cuídate de la bestia humana ya que él es el peón del diablo, sólo entre los primates de dios, él mata por deporte, por lujuria o por codicia. Él matará a su hermano para poseer la tierra de su hermano, no lo dejes reproducirse en grandes números, ya que él hará un desierto de su casa y de la tuya. Expúlsalo, llévalo de vuelta a su jungla pues él es el presagio de la muerte.4

Así pues en la mitología simiesca, el ser humano fue aquel que provocó la caída del paraíso y la destrucción del Edén. En el vocabulario de 1968 se trata indudablemente del apocalipsis causado por la guerra nuclear. En este sentido El planeta de los simios se une a toda una corriente del pensamiento occidental que desde la segunda guerra mundial es absolutamente crítico del humanismo y de la destrucción que este suscitó en el mundo. En su libro Antropología estructural dos Claude Lévi-Strauss definió perfectamente la situación alegorizada en película de Schaffner:

Comenzamos por cortar al hombre de la naturaleza, y lo constituimos en un reino soberano; creímos así borrar su carácter más irrefutable, a saber que es antes que nada un ser vivo. Y, permaneciendo ciegos a esta propiedad común, dimos un campo libre a todos los abusos. Después de cuatro siglos de su historia el hombre occidental, no pudo comprender que dándose el derecho de separar radicalmente la humanidad de la animalidad, y acordando a una todo lo que se le retira a la otra, serviría para separar a unos hombres de otros, y a reivindicar en beneficio de minorías cada vez más restringidas, el privilegio de un humanismo corrompido, nacido para tomar del amor propio su principio y su noción.5

De este modo, toda la irónica radicalidad de la alegoría presentada en El Planeta de los simios se revela finalmente. El hombre llegó al final de su historia como Kojève lo había previsto y mediante el paciente trabajo de la dialéctica produjo el holocausto final de su historia, iniciando un devenir animal post-histórico. Sin embargo los simios han entrado a su vez en el ciclo de la historia y habiendo incorporado en sí mismos el humanismo corrompido del cual habla Lévi-Strauss no pueden sino correr a su perdición en una rueda sin fin de explotación. La alegoría cinematográfica, contemporánea de los grandes sobresaltos del 68, de la crisis de los misiles en Cuba, de las revueltas estudiantiles contra las estructuras de poder capitalistas y comunistas, y de los movimientos por los derechos civiles y contra el racismo, se muestra, en última instancia, como una reflexión profunda acerca del humanismo y de la técnica.

Otro gran pensador y víctima de la violencia encarnada por el humanismo corrompido que fue la Alemania nazi, Walter Benjamin, escribió en un pequeño texto llamado “Hacia el planetario” que cierra su libro Einbahnstrasse:

Dominar la naturaleza, enseñan los imperialistas, es el sentido de toda técnica. Pero ¿Quién confiaría en un maestro que, recurriendo al palmetazo, viera en el sentido de la educación, ante todo, la organización indispensable de la relación entre las generaciones y, por tanto, si se quiere hablar de dominio, el dominio de la relación entre las generaciones y no de los niños? Lo mismo ocurre con la técnica: no es dominio de la naturaleza, sino dominio de la relación entre naturaleza y humanidad. Si bien los hombres, como especie, llegaron hace decenas de miles de años al término de su evolución, la humanidad como especie está aún al principio de la suya.6

Hoy, cincuenta años después de haber observado la Estatua de la libertad encallada en una playa, poco ha cambiado. Si bien El Planeta de los simios reflejaba en 1968 las convulsiones sociales y políticas de su tiempo, en nuestros días contiene un ominoso mensaje con respecto a la crisis ecológica y humana que enfrentamos. Hoy más que nunca, es quizás importante seguir reflexionando acerca de esas fronteras que instauramos adentro y afuera de nuestra propia especie, si queremos evitar el final del animal-humano.

 

Martín Molina Gola
Crítico y cineasta egresado del CUEC.


1 Seen from out here, everything seems different, time bends, space is boundless, it squanches a man’s ego. I feel lonely.

2 Giorgio Agamben, Lo abierto, el hombre y el animal, Valencia, Pre-Textos, 2005.

3 Citado por Agamben.

4 «What I know of man was written long ago, set down by the greatest ape of all, our law giver (…) Beware the beast man for he is the devils pawn alone among gods primates he kills for sport, or lust or greed. He will murder his brother to posses his brothers land, let him not breed in great numbers for he will make a desert of his home and yours. Shun him, drive him back into his jungle for he is the harbinger of death».

5 «On a commencé par couper l’homme de la nature, et par le constituer en règne souverain; on a cru ainsi effacer son caractère le plus irrécusable, à savoir qu’il est d’abord un être vivant. Et, en restant aveugle à cette propriété commune, on a donné champ libre à tous les abus. Jamais mieux qu’au terme des quatre derniers siècles de son histoire l’homme occidental ne put-il comprendre qu’en s’arrogeant le droit de séparer radicalement l’humanité de l’animalité, en accordant à l’une tout ce qu’il retirait à l’autre, il ouvrait un cycle maudit, et que la même frontière, constamment reculée, servirait à écarter des hommes d’autres hommes, et à revendiquer au profit de minorités toujours plus restreintes le privilège d’un humanisme corrompu aussitôt né pour avoir emprunté à l’amour-propre son principe et sa notion.»
Anthropologie structurale, Deux, Claude-Lévi-Strauss, Plon, Paris,  1973.

6 Citado por Agamben.

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