El sacrificio de un ciervo sagrado: la familia irracional

El sacrificio de un ciervo sagrado es un pequeño y rápido estudio sobre la familia, el núcleo sagrado que mueve todo y que, como una tragedia griega, desata los peores males cuando es alterada.

El sacrificio de un ciervo sagrado
The Killing of a Sacred Deer
Inglaterra, 2017.
Director: Yorgos Lanthimos.
Guión: Yorgos Lanthimos, Efthymis Filippou.
Producción: Ed Guiney, Yorgos Lanthimos.
Fotografía: Thimios Bakatakis.
Elenco: Colin Farrell, Nicole Kidman, Barry Keoghan, Raffey Cassidy, Sunny Suljic, Alicia Silverstone, Bill Camp.
Productora: Film 4, New Sparta Films, HanWay Films, The Irish Film, Element Pictures.


Despiertas y entre los pendientes del día está matar a tu esposa o a alguno de tus hijos. Aún no tomas la decisión, pero sabes que es crucial: o eres responsable de una muerte o eres culpable de muchas más. Steven (Colin Farrell) está al límite, su plácida y rutinaria existencia como un destacado cirujano está a punto de terminar. En esta vida se hacen sacrificios, y algunos deben servirse en bandeja de plata.

Ganadora del premio a Mejor guión en el Festival de Cannes, El sacrificio de un ciervo sagrado (2017) de Yorgos Lanthimos es una bomba de tiempo que nunca termina de explotar: un poco distante de la irreverencia de sus películas pasadas, Lanthimos presenta su trabajo más solemne en el que prefiere intercambiar la experimentación narrativa por un cascarón formal más tradicional, una decisión entendible pues con su pasado largometraje, La langosta (2016), logró lo que pocos directores: unir el cine de autor con las grandes audiencias. La presión por gustar en su siguiente película era obvia.

Así, El sacrificio de un ciervo sagrado es el mejor ejemplo de que no importa el qué, sino el cómo, y con una clara estructura de introducción, desarrollo y final conocemos la historia de Steven, nuestro protagonista, que entabla una amistad con Martin (Barry Keoghan), un adolescente, hijo de un ex paciente que murió cuando Steven lo operaba. Con un escabroso contexto de unión las cosas sólo pueden estar destinadas al fracaso pues, más que un ejercicio real de amistad, la relación entre Steven y Martin estará basada en la venganza y la culpa, una combinación peligrosa que perjudicará a su esposa Anna (Nicole Kidman) y a sus dos hijos, Kim (Raffey Cassidy) y Bob (Sunny Suljic).

Lo que pareciera ser un simple acto de venganza adquiere dimensiones que van más allá de las explicaciones lógicas: si Steven debe matar a alguien de su familia es porque si no lo hace, un extraño síndrome consumirá poco a poco a todos los que ama. Y es aquí, gracias al factor de la enfermedad, donde el director griego introduce el absurdo y la tensión dramática. La desesperación va de la mano de las malas decisiones y cuando Steven y Anna estén al límite, Lanthimos sabrá que es el mejor momento para regalarnos escenas que ejemplifican las pequeñas rupturas de un mundo impecable: los platos que se rompen en una cocina de ensueño, los dos niños enfermos en una habitación hermosa y pulcra, la madre ansiosa que riega un jardín verde y frondoso.

Y en este cruel juego de contrastes, Martin observa con placer cómo la disciplina científica de Steven se enfrenta a un cuadro clínico inexplicable, cómo la paciencia de Anna se agota hasta llegar a la mujer cruel y cómo dos hermanos se desean la muerte según sus méritos como hijos. La descomposición de este núcleo familiar es consumada gracias su figura, el elemento errante representado con habilidad por Keoghan: sus palabras entrecortadas, su actitud y su sonrisa perversa son la pólvora necesaria para que Farrell actué como contrapeso y también logre una de sus mejores actuaciones. La dinámica entre la razón (Steven) y el sentimiento (Martin) es representada con claridad.

Este choque entre mundos es la base para que Lanthimos se vuelva a interesar por la condición humana. Las reacciones más primarias llevadas al extremo son contextualizadas en un aura de extrañeza, el sello distintivo de su cine. Aunque parece alejado de la sociedad distópica que eligió en La langosta (2016), la habilidad de Lanthimos sigue centrada en enrarecer pequeños cosmos (el amor, en el caso de La langosta) hasta llevarlos a lo irracional.

Gracias a esta última fase, lo irracional, El sacrificio de un ciervo sagrado hace un pequeño y rápido estudio sobre la familia, el núcleo sagrado que mueve todo y que, como una tragedia griega, desata los peores males cuando es alterada. La venganza de Martin comienza ahí, en la perdida de su estructura familiar, en la soledad y en su concepción de justicia. Por su lado, para que Steven decida a quién matar, vivirá los celos, el odio, la lástima y el desamor entre su esposa y sus hijos, sentimientos contrarios a los que debe experimentar una familia.

Este rompimiento de la concepción tradicional de “familia”, si bien no es para nada nuevo en el cine, sí cuenta con la originalidad de Lanthimos para contarlo: sí, otra vez no es el qué sino el cómo, pues lejos de sólo explotar los alcances casi sobrenaturales del misterioso cuadro clínico que asola a la familia de Steven, Lanthimos añade a cada personaje una rareza única, comportamientos artificiales que van acorde a su estructura rígida y “funcional” y que son resaltados a través de la dirección de arte en manos de Daniel Baker (su primera película) y la fotografía a cargo de Thimios Bakatakis, el fotógrafo que ya trabajó con Lanthimos en La Langosta y Canino (2009).

En este enfrentamiento entre el raciocinio y lo inexplicable vemos, de manera implícita, las decisiones que tomó Lanthimos para refrescar su estilo cinematográfico. Menos transgresor que en Canino o en Alpes (2011), El sacrificio de un ciervo sagrado es un paso tambaleante para alcanzar la tan ambigua “madurez cinematográfica”; con esta película, Lanthimos reafirma su intención de abrir sus películas a más audiencias, pero con el supuesto de conservar la complejidad y la singularidad de sus historias. Aquí, por su crudeza y la constante ambivalencia entre la realidad y la fantasía, el humor queda descartado, un elemento que ya se había materializado en sus anteriores películas y, sin duda, le daban el crédito de ser un creador que podía unir el drama con una comicidad particular, negra, cínica.

Con estas nuevas características, el cine de Lanthimos se acerca más a los temas que ha desarrollado el director austriaco Michel Haneke, universos donde sólo a través de la violencia (en todas sus manifestaciones) y la perversión, la sociedad puede encontrar un punto en común. Lanthimos reta al espectador para descifrar quién es el verdadero “monstruo”. Con su ritmo pausado e hipnótico, asignar los límites conceptuales a palabras como “justicia”, “venganza” y “familia”, es un ejercicio parecido a la cacería, uno que requiere paciencia porque todo es gradual pero muy certero. 

Cuando Steven toma la decisión del asesinato, Lanthimos regala una de las escenas más memorables con un frenético encuentro entre el azar y la desesperación que pondrá fin inmediato al problema, pero que dejará tras de sí un profundo desasosiego porque el ciervo sagrado ha sido sacrificado.

Arantxa Luna
Crítica de cine.
Twitter: @_loquefuimos.

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