La rueda de la maravilla: entre la emancipación y el miedo

Woody Allen encuentra en la nostalgia el motor necesario para poner al límite las convenciones de una época.

La rueda de la maravilla, 2017
Director: Woody Allen.
Guionista: Woody Allen.
Elenco: Kate Winslet, Jim Belushi, Juno Temple, Justin Timberlake.


Nos duele abandonar nuestros sueños. Posibles o no, convertirnos en una pieza insignificante del tablero nos transforma en muertos vivientes que día a día, inmutablemente, repetimos la vida que, se supone, nos fue dada. Ginny (Kate Winslet) es así: aspirante a actriz con la maldición de la edad y la piel marchita, debe conformarse con un trabajo de mesera y la compañía en la cama de Humpty (Jim Belushi).

La rueda de la maravilla (2017) es la más reciente película del afamado director neoyorquino Woody Allen que, con pocas variaciones en su estilo, consigue una estimulante narrativa sobre el desasosiego aderezado con su conocido humor negro. Como en otras ocasiones (Medianoche en París), Allen encuentra en la nostalgia el motor necesario para poner al límite las convenciones de una época.

En esta ocasión, Allen regresa al personaje femenino que, bajo el efecto de su contexto y su historia, se convierte en el eje de atracción para un destino incierto: es el final de la década de los 40. El incipiente nuevo siglo se vive a través de la alegría casi inocente de un Estados Unidos que celebra la recuperación de viejas cicatrices. Entre toda esa verbena, el atardecer de la playa y la adrenalina de los juegos mecánicos de Coney Island, Ginny se enamora, y lo hace con todo en su contra.

Toda la frustración contenida es liberada cuando, como un capricho del destino (llamado Woody Allen), Ginny conoce a Mickey (Justin Timberlake), un apuesto salvavidas que es lo contrario a todas sus carencias: juventud, sueños, ambiciones y una pasión desbordada por la vida que conduce a través de su amor por el teatro y la dramaturgia. Una combinación irresistible.

Así, a través del enamoramiento de Ginny, La rueda de la maravilla juega con los nervios del espectador pues acumula una avalancha de encuentros y desencuentros, pequeñas acciones que desembocarán en la tragedia teatral tan recurrida por Allen. Y no, no hay nada novedoso en su última película, y en esa fórmula tan familiar, volvemos a encontrar la genialidad que recae, sin duda, en el trabajo actoral de Winslet.

La mujer en Woody Allen vuelve a ser esa figura que se debate entre la emancipación y el miedo que ésta significa, claroscuros que vemos cuando Ginny decide ir contra marea y entregarse, más que a un hombre, a lo que éste representa: su libertad, su deseo, su rebeldía. Sin embargo, este potencial es disminuido cuando Allen regresa al personaje a un estado de fragilidad e indefensión con la llegada de Carolina (Juno Temple), la joven y bella hija de Humpty.

Y entonces toda la avalancha de eventos desafortunados cobra vida y la mujer confiada y decidida desaparece, Ginny es ahora un fantasma que erra entre la inseguridad y los celos: Carolina es lo que ella nunca pudo ser, una imagen que la hará tocar un amplio espectro de sentimientos. En ese sentido, una de las cosas destacadas es que esta aparente involución del personaje la hace, en realidad, levantarse como el ave fénix de toda la represión femenina.

Los personaje patéticos que también encontramos en Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, son aquí una oportunidad de venganza y revancha. Ginny decide no ser la triste imagen de la mujer adúltera que es abandonada por su amante. Su empoderamiento es tímido pero decidido, su “locura” es saber perfectamente lo que le esperará después con una sociedad que camina en aparente línea recta. No hay respiro, no hay perdón para una mujer que decidió no ser mesera toda su vida.

Con una dosis de suspenso dosificado que recuerda a La provocación (2005), La rueda de la maravilla también pasa de los momentos cómicos a una lacerante crueldad (la mujer que es señalada como en El amor, de Rossellini) y entonces, como una hermana gemela de Jazmín Azul (2013) y su Jasmine (Cate Blanchett) tan triste y marchita, Ginny se convierte en ese funesto y solitario personaje que demuestra que su cordura no se compara con la de los demás: adelantada a su época, de todos los sueños frustrados surgen cuestionamientos incisivos y directos: ¿por qué la mujer debe llevar sobre sí etiquetas impuestas, obsoletas y despiadadas?

Alejada de lo que la rodea, el personaje de Ginny cumple una de las exigencias en el cine de Allen: un momento cumbre en donde la puesta en escena recuerda un escenario teatral. De esta manera, y gracias al impecable trabajo de fotografía del italiano Vittorio Storaro (Apocalipsis Ahora y Café Society), Winslet interpreta uno de los monólogos más poderosos del cine. Como un claro homenaje a Blanche DuBois, las últimas palabras de Ginny son avasalladoras: ella, como cualquier humano en este planeta, también desea, también se frustra y desde luego, también es merecedora de ternura y respeto.

La copa cae de su mano. Ginny deambula por la casa en bata para dormir. En sus ojos se reflejan todas las cosas que ya no serán. Ahora es invisible, y como un movimiento de la rueda de la fortuna, aquella que sube y baja, las maravillas y las desgracias llegan y se van de un momento a otro. Como su felicidad.

 

Arantxa Luna
Crítica de cine.

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