La forma del agua: el amor en la alteridad

La forma del agua, 2017
Director: Guillermo del Toro.
Guionistas: Guillermo del Toro y Vanessa Taylor.
Elenco: Sally Hawkins, Doug Jones, Octavia Spencer, Michael Shannon.


Del Toro intenta, desde la diferencia, hacer sentir incómodo a uno que otro espectador al rehuir de la arquetípica relación amorosa descafeinada del universo de la fantasía, para exponernos a una relación amorosa real mediada por el deseo y el sexo.

Enamorarse es individualizar a alguien por los signos que causa o emite. Es sensibilizarse frente a estos signos […]. El ser amado aparece como un signo, un “alma”: expresa un mundo posible desconocido para nosotros. El amado implica, envuelve, aprisiona un mundo que hay que descifrar, es decir, interpretar.
—Gilles Deleuze

Guillermo del Toro es quizá uno de los cineastas con mayor carisma que existen en la actualidad. Sus discursos son emotivos, cómicos y siempre realza su nacionalidad. Ser mexicano es un orgullo pues apela a que son justo las tradiciones y creencias de este país las que han abonado a que busque siempre contar historias de amor en un contexto aprisionado por los radicalismos de lógicas cerradas incapaces de ver al otro.

En México se ha hecho de un público que lo quiere, lo sigue y lo celebra aun cuando no haya visto sus películas. Al igual que apoyar a la selección mexicana de futbol, se ha hecho algo casi patriótico el respaldarlo pues pocos son los connacionales que libran batallas en el escenario público internacional.

Pero más allá de esto, de los ánimos y del patriotismo, el trabajo de Del Toro se ha vuelto importante internacionalmente porque ha logrado construir un estilo alrededor de un mundo mágico habitado por monstruos más humanos que algunos hombres. Al igual que los mapas marítimos antiguos donde se dibujaban aberraciones en el mar en los puntos aún no navegados, las creaturas que Del Toro ha construido solo son una representación del mal en la medida que significan la otredad no conocida que en cuanto se voltea a ver al rostro se descifra como una continuación afectiva.

En La forma del agua, no la mejor película de Del Toro, asistimos nuevamente a un espacio alterno de la historia que se abre solo para el mundo de fantasía que el director quiere mostrarnos. El cuento de una princesa sin voz que se enamora del monstruo que alguna vez quiso destruirlo todo. Un desdoble del tiempo donde los monstruos existen y son capturados por el gobierno con fines de experimentación militar, y donde la princesa no es una chica de abolengo sino una que hace la limpieza en una oficina y que si deviene princesa parece que es a razón de la forma en que cabalga la vida con alegría, inocencia y amor, pero también con una sexualidad al día que la empodera al tiempo que rompe con cierto canon de la época (la cinta transcurre en 1962).

Los dos, el protagonista y la princesa, desde diferentes trincheras tienen que lidiar con quien aquí sería el verdadero monstruo: Strickland. Un capataz que, dotado de poder, humilla a quienes puede con tal de borronear la falta que tiene consigo mismo. Le da descargas eléctricas al personaje, acosa sexualmente a la princesa sin voz y se burla de Zelda, la mejor amiga de Elisa por su tono de piel. El personaje casi kantiano, comprometido con el deber ser, es monstruoso por su lógica totalitarista excluyente. Pero aun entre toda la adversidad, Elisa triunfa porque logra entablar comunicación con el anfibio. Siendo primeramente un enigma el uno para el otro, terminan por descifrarse, por enamorarse.

En La forma del agua, Guillermo del Toro fructifica las tensiones políticas de los 60 para contrastarlas con las que nos sacuden actualmente. No son gratuitas todas las minorías representadas en la pantalla ni tampoco el amor que se da entre el monstruo y Elisa. El cineasta aprovecha para intentar, desde la diferencia, hacer sentir incómodo a uno que otro espectador al rehuir de la arquetípica relación amorosa descafeinada del universo de la fantasía, para exponernos a una relación amorosa real mediada por el deseo y el sexo. ¿Qué tan preparados estamos para enfrentarnos a la idea de un anfibio teniendo relaciones con un humano? ¿Hemos roto con diferentes dogmas? No lo suficiente. Guillermo lo sabe.

La historia se queda en un bonito cuento de amor entre dos especies que luchan por permanecer juntas a pesar de las diferencias intrínsecas (él necesita el agua para vivir, ella es terrestre) pero no va más allá. Es una linda fábula, un buen aporte al género fantástico, pero no hay ruptura con nada. La importancia de la cinta radica en que es ésta la que corrobora que Del Toro es un cineasta que ha impuesto un estilo y que se ha especializado, es el maestro en el género en la actualidad. Es una película que importa con relación a toda la obra pero que por sí sola pierde un poco de fuerza, prueba de ello es que quizá lo más emotivo de toda la cinta es el poema con que cierra: “Incapaz de percibir tu forma, te encuentro a mi alrededor. Tu presencia llena mis ojos de tu amor, hace humilde a mi corazón, porque estás en todas partes”. Guillermo del Toro ha creado un universo gracias a su amor por los monstruos que lo han acompañado, es un cineasta todavía con muchas posibilidades pero definitivamente La forma del aguano es su mejor película.

 

Fernando Bustos Gorozpe
Profesor en la Universidad Anáhuac Norte y candidato a Doctor en Filosofía por la Universidad Iberoamericana.
Twitter: @ferbustos.

Deja un comentario