Maratón Guadalupe-Reyes.
Cinco películas para borrachos

Estas son fechas en las que el alcohol fluye a raudales, pero también es temporada de severas crudas, físicas y morales. Como en realidad el año arranca después de la rosca, proponemos cinco películas para cerrar las vacaciones mientras nos sacudimos la culpa provocada por los excesos navideños que, ojalá, no llegaron a ser tan graves como los de las siguientes historias.


El rey del trago
Barfly (dir: Barbet Schroeder, 1987)

Borracho entre los borrachos, Charles Bukowski escribió con crudeza y honestidad sobre su vida etílica como nadie lo había hecho antes. Alcohólico irredento, su obra marcadamente autobiográfica dejó memorables páginas en prosa y verso sobre lo que significa estar ebrio (y crudo) 24 horas al día.

En 1987, el director Barbet Schroeder llevó a la pantalla Barfly, escrita por el propio Bukowski y protagonizada por Mickey Rourke y Faye Dunaway. La cinta nos presenta al eterno alter ego del escritor, Henry Chianski, quien malvive entre trabajos de quinta mientras empuja trago tras trago. En sus momentos de lucidez escribe poemas y cuentos, pero la mayoría del tiempo se la pasa bebiendo y buscando pelea. Un día, Henry conoce a Wanda, una alcohólica con la que comienza una relación. Las cosas se tuercen cuando el incipiente escritor es contactado por una elegante editora que, impresionada por sus textos, le promete fama, fortuna y algo más. Por un momento, Chinaski parece vislumbrar una vida mejor, pero  finalmente reconoce en su fuero interno que no sirve para otra cosa más que para empinar el codo. Una cinta imprescindible para los fanáticos del buen Buk.


Última ronda en Las Vegas
Leaving Las Vegas (dir: Mike Figgis, 1995)

Para muchos, Leaving Las Vegas es la única película decente que ha hecho Nicolas Cage (para otros, ni en esa se salva). La cinta, coestelarizada por Elisabeth Shue, y que le valió a Cage un Óscar como mejor actor, narra la historia de Ben Sanderson, un guionista alcohólico que, tras perder su trabajo, familia y amigos a causa de sus excesos, decide mudarse a la ciudad del pecado para beber, literalmente, hasta morir. En su periplo hacia el otro lado, Sanders conoce a Sera, una prostituta veterana maltratada por su padrote, con quien inicia un tórrido y autodestructivo romance, y a la que solo impone una condición, que se resume en la frase más famosa de la película: “Nunca me pidas que deje de beber”. Ella acepta, y le pide a cambio que no critique su profesión.

Lo que al principio parece funcionar, comienza a transformarse en una de las relaciones más tortuosas en la historia del cine. La cinta está basada en la novela autobiográfica del escritor John O’Brien, quien se suicidó poco antes del inicio del rodaje. Sea uno fan o detractor de Cage, lo cierto es que Leaving Las Vegas se ha convertido en una cinta de culto.


La peor cruda de la historia
The Hangover (dir: Todd Phillips, 2009)

En una despedida de soltero en Las Vegas muchas cosas pueden salir mal pero, qué tanto. Despiertas junto a tus amigos sin recordar nada. A uno de ellos le falta un diente. Hay un tigre en el baño y un bebé en el armario. Así de mal; y eso es solo el comienzo. Ahora hay que hacer de tripas corazón y, con una cruda de los mil demonios, rehacer la noche anterior para desentrañar qué demonios pasó.

Este es el argumento de The Hangover, la película dirigida por Todd Phillips que se convirtió en un éxito inmediato en la taquilla gracias a sus buenas dosis de humor gamberro y a la química de un elenco variopinto: Bradley Cooper, Ed Helms, Zach Galifianakis, Heather Graham, Justin Bartha y Jeffrey Tambor. Lamentablemente, su éxito desembocó en una trilogía cuya fórmula se repitió en distintos escenarios y con menor grado de eficacia.  Aun así, un maratón de las tres entregas puede ayudarnos a sortear la peor de las resacas que, esperemos, nunca llegue a tanto.


Triste coctel de amor
Days of Wine and Roses (dir: Blake Edwards, 1962)

Joe Clay (Jack Lemmon) es un publirrelacionista de San Francisco que se casa con Kirsten Arnesen (Lee Remick), una secretaria abstemia. Joe introduce a su mujer en el mundo de la bebida social, pero poco a poco ambos se convierten en alcohólicos rampantes. Debido a su dipsomanía, Joe es degradado en su trabajo y terminará por tener empleos esporádicos. Kisten pasará las horas en casa junto a la botella, y su adicción llegará a tal grado que un día provoca un incendio que casi le cuesta su vida y la de su hijo. La pareja intenta dejar de beber, pero cada quien logra distintos resultados. Él acabará internado más de una vez en el psiquiátrico con síntomas de delirium tremens y ella terminará ligándose extraños en los bares.

Days of Wine and Roses es un dramón de época. Dirigida por Blake Edwards, obtuvo el Óscar a mejor banda sonora y estuvo nominada a otras cuatro estatuillas. En esta cinta, cuyos productores aseguraron que era, “en su propia y terrible manera, una historia de amor”, se anticipan muchas de las presiones del mundo contemporáneo que orillan a más de uno a buscar refugio en el alcohol: las presiones laborales, la necesidad de éxito, la soledad del hogar moderno. No es la mejor película cuando se está bajo los efectos de la sed eterna, pero sin duda es una cinta memorable.

 


Una para el camino
Crazy Heart (dir: Scott Cooper, 2009)

Varios tragos y varios matrimonios rotos después, la otrora estrella de la música country Otis “Bad” Blake (Jeff Bridges), cuenta sus días en la bancarrota tocando en pequeños bares del oeste americano. No es fácil estar cerca de la tercera edad y no tener dónde caerse muerto, así que Otis se refugia cada vez más en la bebida; por si fuera poco, fuma a la desesperada y tiene varios kilos de más. Durante uno de sus “palomazos”, el músico conoce a Jean Craddock (Maggie Gyllenhaal), una periodista divorciada que quiere hacer un reportaje sobre su deslustrada leyenda.

Con esta premisa, Crazy Heart (2009) va tejiendo una típica historia de redención, la del hombre que lo ha perdido todo por méritos propios, y al que la vida le presenta una segunda oportunidad. Está en sus manos, y en su voluntad, aprovecharla. Cierto, la cinta es a veces cursi, la historia se torna por momentos predecible y el género country no es para cualquier oído.  Sin embargo, la soberbia actuación de Bridges hace que todo esto pase a segundo plano.

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