Historia de fantasmas: fragmentos de nosotros derrumbados

La recién estrenada Historia de fantasmas da un verdadero vuelco a la forma de narrar y personificar a los espectros: son entidades perdidas, domésticas y casi patéticas, sin poderes sobrenaturales ni memoria de su propio duelo.

Historia de fantasmas
A Ghost Story (2017)
Director: David Lowery
Guionista: David Lowery
Elenco: Cassey Affleck, Rooney Mara, McColm Sephas Jr.
(contiene spoilers)

El cine es ese extraño pasatiempo en el que pagamos por ver a una mujer zamparse un pay durante cinco minutos. Pagamos, mejor dicho, por el privilegio de la cámara, el instrumento silencioso, movedizo y atento que observa a los demás, a través del cual vemos a los otros. En Historia de fantasmas (A Ghost Story) el plural del título en castellano podría ser, más que un desliz, una pista: nosotros somos el otro espectro que mira atento.

En la película una pareja anónima —él se llama C, ella M— escucha, en mitad de la noche, que algo ha caído sobre el piano. Se despiertan, se asoman —sin bat en la mano—, vuelven a la cama sin saber qué ha sucedido. La cámara se queda entonces fija sobre ellos, en una escena que se alarga sin que, aparentemente, suceda nada. ¿Cuánto debe durar una toma? Cada espectador posee un reloj interno, resultado de la experiencia. Quien sólo ha visto películas de Tarkovsky pensará que Historia de fantasmas va a mil kilómetros por hora. Quien se preocupa cuando los videos de YouTube duran más de tres minutos sufrirá por entender cómo se mueve el tiempo en la película. ¿Quién mira a la pareja en la cama? ¿Nosotros o el fantasma para el cual ya no existen los cronómetros; para el que un parpadeo es el lejano oeste con carretas y el siguiente es un futuro lleno de rascacielos?

La mañana después del incidente del piano C muere. Pero esa misma tarde volverá a casa, convertido en un fantasma precario: una sábana blanca que además arrastra, con dos círculos negros a la altura de donde, suponemos, estarían los ojos. Es peligroso suponer que lo son: esos círculos no devuelven nada, ni emoción, ni alegría, ni angustia ni añoranza. Son más bien un fenómeno galáctico: agujeros negros que consumen sin reembolsar a quien se ofrece, se humilla, se asusta o pontifica sobre Beethoven delante de ellos. Lo mismo sucede con la cámara de cine; por eso a veces nos resulta intolerable pensar que ese aparato es capaz de captarnos enteros, de penetrarnos, sin que ese sacrificio sea recompensado.

El fantasma de C es un fantasma poético, sobre todo por su afán de luchar contra el cliché: no asusta a nadie, no interviene casi nunca, no deja mensajes en el vaho de la regadera. Es, también, un fantasma impotente: cuando M llega a casa y descubre que la corredora de bienes raíces le ha dejado un pay que supone empático —y una nota preguntando cuándo sería bueno mandar a un pintor a la casa—, ella se sienta en el suelo de la cocina, tenedor en mano, y empieza a comer y a comer, cinco pedazos más allá de la marca de salud emocional. El fantasma de C mira desde el umbral de la cocina. La cámara observa desde la otra esquina. M come y llora a una distancia idéntica de ambos. Ninguno de los dos puede hacer algo al respecto, intervenir, acelerar la escena, el duelo.

El fantasma de C, como casi ningún fantasma, también es autónomo. M empaca sus cosas, deja un recado en un papelito que dobla e introduce en una grieta de la casa, como si fuera aquel muro al que también llaman de los lamentos, y se muda. C no la sigue. Historia de fantasmas no es, pues, una alegoría simple del duelo. No es, tampoco, la película por la que nominarán a Rooney Mara a un Óscar después de un tour de force de lágrimas y dificultades que concluye con un atardecer pacífico y la seguridad de que es posible amar de nuevo. Vaya usted a saber: a M no la volvemos a ver una vez que se sube en esa camioneta con sus discos elepé en la cajuela.

El fantasma se queda en la casa y nosotros con él. Es una inversión elegante y casi monocromática comparada con Coco (Unkrich, 2017): en ella los muertos duran lo que su recuerdo; en A Ghost Story, en cambio, es posible que los fantasmas tengan mala memoria —uno de los que aparecen en la película habla con el de C y le confiesa que ha olvidado a quién espera— y que existan sin que nadie los tome en cuenta.

A partir de entonces el fantasma de C se convierte en un espectro plenamente doméstico. Si, como decía Bachelard, la casa es un instrumento para confrontar el cosmos, el fantasma se aferra al hogar como si temiera, él mismo, dar el paso definitivo al más allá. Como el personaje de C en vida, el fantasma no quiere mudarse. “¿Por qué no te quieres ir?”, le pregunta M. “Tenemos historia acá”, contesta C, y la película es el desdoblamiento de esa respuesta; la revelación de que la historia de la pareja en esa casa era parte de la historia de la casa, y que la historia también se construye con piedras del futuro.

En un punto clave de la película una excavadora demuele la casa. El fantasma no hace berrinche ni aspavientos, sino que, en un gesto de rebeldía absoluta, permanece de pie frente las ruinas. “Observamos los escombros largamente”, dice el poema “Extensión de la casa”, de Javier Peñalosa, “como si en ellos reconociéramos los vestigios de la casa, como si en cada piedra pudiéramos adivinar los espacios en los que crecimos, tantos fragmentos de nosotros derrumbados”. La película es la contemplación de esa casa que es al mismo tiempo tantas casas, incluida, por supuesto, la nuestra; la convivencia con esa ausencia que es la de C, pero podría ser cualquier otra. Cuando se trata de confrontar el cosmos, los nombres propios probablemente sean superfluos. Si, como escribió Tolstói, todas las familias felices se parecen, los fantasmas que engendran unos y otros no han de ser tan distintos. Todos, en algún punto, nos hemos enfrentado al mismo escenario que M: con una canción en la cabeza, con los ojos cerrados, estiramos la mano lo más posible para tratar de alcanzar al otro. Vivo o muerto, a veces lo único que conseguimos es rozarlo.

Luis Madrigal
Periodista. Cursa la maestría en Escritura Creativa en NYU, Estados Unidos.

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