¡A las barricadas!
Cinco películas sobre revoluciones en todas las latitudes

Para este 20 de noviembre, eterno aniversario de nuestra revolución, proponemos salir de los llamados de Madero y visitar otras latitudes llevados de la mano del séptimo arte. Nada mejor que presenciar una revolución desde la sala de casa o del cine más cercano. Así, la Historia, con su vendaval de inconformidades y masas indignadas, entrará por los ojos del espectador para inundarlo de asombro y sacudirlo. Desde sus primeras exploraciones, el cine sabe que la revolución es unos de los pulmones de la humanidad. Ofrecemos cinco películas que ambientan varios procesos históricos en distintos países: Haïtí, la Unión Soviética, Francia, Argelia e Irán.

El biopic que nunca fue
Toussaint Louverture (2012, dir. Philippe Niang)

Danny Glover lleva casi treinta años construyendo el proyecto de un biopic más que urgente: la vida del rebelde haïtiano Toussaint Louverture, “el Napoleón negro”, líder de la revolución de esclavos Santo Domingo, iniciada en 1791, que condujo a abolir la esclavitud en 1803 y a formar la primera nación independiente de la América hispánica y francesa. Ironías de la historia: Haïtí, el país más pobre del continente, el Job del Caribe, fue la primera nación libre y pieza central en el engranaje del resto de las independencias americanas que sobrevendrían en los años siguientes. Glover tenía casi listo el proyecto en 2006, con Wesley Snipes, Angela Bassets y Mos Def; una ventana de oportunidad enorme se abrió con el cañonazo de 18 millones de dólares que le ofreció Hugo Chávez. Otra ventana más surgió tras el éxito de Steve McQueen, 12 años de esclavitud. Para 2015, Glover barajaba incluso la idea de poner a McQueen a dirigir la cinta.

El gran biopic de Glover sigue en “veremos”. Para él, los productores de Hollywood están cegados ante una posibilidad de oro: contar la épica de un esclavo de los campos de caña que, al ser liberado, se inspiró de la revolución francesa y luchó contra la burguesía marítima blanca que buscaba mantener la esclavitud. Aunque fue apresado por Napoleón, luego de la traición del general Leclerc, y murió en Francia, la guerra de Louverture desembocó en la independencia. Glover siempre ha creído que esta historia debe llegar a Estados Unidos, tocar a un público masivo de afroamericanos. En lugar de la gran película de Hollywood, en 2012 apareció un biopic en dos partes filmado para la televisión. A pesar de la actuación entrañable de Jimmy Jean-Louis, la cinta apenas recorrió festivales y ha empezado a ser distribuida en DVD a nivel internacional. Es lo poco que tenemos de ficción histórica sobre la revolución de Haïtí, los “jacobinos negros” y una guerra sanguinaria, de atrocidades inimaginables, que duró, una vez más, doce años.


El motín más famoso del cine
El acorazado Potemkin (1925, dir. Serguéi Eisenstein)

De vez en cuando es necesario regresar a las fuentes, volver a los clásicos que han marcado la historia del cine. Su fuerza visual sigue impregnando el lenguaje cinematográfico, a pesar de todos los avances tecnológicos imaginables. El acorazado Potemkin es una de esas películas imprescindibles que no perderán vigencia. Su manejo de los planos, el montaje y la composición es materia básica de estudios como las andanzas del Quijote o los sonetos de Shakespeare. También lo es el uso de todos los elementos narrativos y figurativos al servicio de la ideología soviética: Eisenstein descubre muy pronto que el arte del montaje puede transfigurar la realidad y que el cine es el instrumento perfecto para hacer un balance entre la comprensión racional y la aprehensión sensible del mundo.


Fotograma de El acorazado Potemkin

En Odesa, en junio de 1905, un grupo de marineros se amotinan, hartos de la escasez y la explotación del régimen zarista. Eisenstein convierte ese suceso histórico en una apología sin rodeos del nuevo hombre revolucionario, del poder transformador de las masas y su lucha contra la injusticia y la tiranía. La famosa escena de la carriola suelta rodando escaleras abajo no solo ha sido citada hasta la saciedad, sino que es parte ya del acervo visual occidental. El acorazado Potemkin fue un encargo del régimen soviético a su director, un joven de 27 años, que había creado La huelga en febrero del mismo año, otra obra donde el héroe es el pueblo contra sus opresores. Aunque El acorazado se estrena en el Bolchoï el 24 de diciembre de 1925, para conmemorar los veinte años de la revolución, se vuelve un éxito mundial después de su proyección en Berlín. Los soviéticos le venden el negativo original a Alemania en 1926 para obtener más ganancias. No imaginan en ese entonces que la censura germánica dejaría incompleta para siempre la cinta. Aún así, en ella se fue imprimiendo la historia: Goebbels pidió a sus secretarios hacer un “acorazado en versión nacional-socialista”; los discursos y epígrafes de Trotsky que iban apareciendo fueron retirados por Stalin y restaurados después; la versión sonora de la película, con música de Edmund Meisel, no se logró incorporar hasta 2006 después de que se encontraran discos perdidos sin inventariar en el Museo de las Técnicas de Viena.


El 68 francés desde adentro
The dreamers
Los soñadores (2003, dir. Bernardo Bertolucci)

En febrero de 1968, un escándalo estalla en la Cinémathèque de París: Henri Langlois, director de esta institución que fundó en 1936, es relevado de su cargo administrativo. En Francia, François Truffaut, Jean-Luc Godard, Jacques Rivette, Alain Resnais y otros miembros de la Nouvelle Vague que Langlois había impulsado salen en su defensa; se unen después Buñuel, Chaplin, Kubrick y Orson Welles. A este revuelo asiste Mathew (Michael Pitt), un universitario en la pubertad que ha llegado desde San Diego a París y que ha quedado fascinado por las proyecciones de la Cinémathèque, a la que asiste como a una misa. La candidez de Mathew pronto lo conducirá a una relación amistosa y amorosa fuera de normas con dos hermanos: Isabelle (Eva Green) y Theo (Louis Garrel). Integrado al trío, pronto descubrirá que los hermanos siameses tienen una relación que raya en el incesto.


La actriz Eva Green en Los soñadores.

Con este drama —basado en la novela The Holy Innocents de Gilbert Adair—, Bertolucci sella su mirada aguda y renovadora sobre el 68 francés. Mientras en las calles se suceden protestas, huelgas generales y violentos enfrentamientos con la policía, los tres estudiantes —casi alienados por la ilusión del cine— viven encerrados en el departamento de sus padres ausentes. La desinhibición y el erotismo serán las formas de liberación interiores en un mundo obsesionado con la revolución social. Esa dialéctica entre lo exterior (la prensa, las barricadas improvisadas, los mítines) y lo íntimo (la sexualidad compartida, la complicidad, la dependencia emocional) constituye sin duda el pincelazo maestro de Bertolucci. En ese mundo agitado y cambiante, solamente el cine es un bálsamo: con un ingenio culturalista y referencial, Bertolucci teje escenas que intercalan momentos memorables de la historia del cine y que mantienen a los jóvenes en una ilusión casi tan perpetua como la de la revolución. El frágil equilibrio interior se rompe cuando la calle irrumpe, súbita y estruendosa, en el departamento protector.


Liberar Argelia
La Battaglia di Algeri
La batalla de Argelia (1966, dir. Gillo Pontecorvo)

La batalla de Argelia es la cinta emblemática de Gillo Pontecorvo, un judío italiano que huye del fascismo y se exilia en Francia en los años 30. A su vez, es una de las obras cinematográficas más representativas suscitadas por la guerra de Argelia (1954-1962) y su lucha de liberación del yugo colonial francés. Su importancia reside en el valor documental que tuvo en una época en la que este episodio de guerra colonial sufrió cierta censura en Francia (Le petit soldat, un panfleto antimilitarde Jean-Luc Godard, fue prohibida en 1960, por ejemplo). Por las reacciones violentas que provocó en un sector de la extrema derecha, la película no pudo estrenarse sino hasta 1970 y aun así fue retirada para volver un año después a circulación. Las salas que se atrevieron a exhibir la cinta fueron vandalizadas.

El realismo de La batalla de Argel es el punto fuerte por el que ganó el León de oro de Venecia en 1966. Pontecorvo, que había sido corresponsal en Francia para distintos periódicos italianos, decidiófilmar con la frescura de la inmediatez, tan solo cuatro años después del fin del conflicto. Sin recurrir a imágenes de archivo ni a actores profesionales (con excepción de Jean Martin), el director hizo todo el rodaje en el lugar de los hechos, para reconstruir el enfrentamiento de 1957 entre paracaidistas que defendían la Casbah (el centro histórico) de Argel y las redes urbanas del Frente de Liberación Nacional. Su fuente es el libro homónimo de Yacef Saadi, quien co-produce la película y, además, interpreta su propio papel de comandante del FLN. El estilo documental se agudiza al punto de que da la falsa impresión de ser un verdadero trabajo de campo, un testimonio directo. Incluso el tratamiento fotográfico busca encuadres periodísticos impactantes como si el espectador quedara sumido en los acontecimientos. Así, Pontecorvo firma uno de los hitos en la historia del cine político.


Una joven testigo de la revolución
Persépolis (2007, dir. Vincent Parronaud)

Pocas obras artísticas han logrado acercarnos a la revolución de Irán como la película Persépolis. En 2017, nadie ha recordado el aniversario de esta animación, de producción franco-iraní, galardonada a nivel internacional, reconocida por la belleza de su lenguaje visual y su tratamiento histórico original desde la mirada de una niña, Marjorane Satrapi. Antes que nada, Persepolis es el título de un conjunto de cuatro novelas gráficas, publicadas entre 2000 y 2003, en las que la artista Marjorane Satrapi (Rasht, Irán, 1969) teje su experiencia de los años de la caída del Shah y la Revolución islámica de Jomeini en 1979. El bestseller ha sido traducido a más de quince lenguas, además de ser la primera novela gráfica de confección iraní.

La cinta en blanco y negro, con una estética sencilla y depurada, con guion adaptado por la autora, retoma el hilo de Ariadna de los libros homónimos: reconstruir la memoria de un tiempo y un país a través de la mirada y el testimonio de Marjane, quien es apenas una niña que se interesa por la cultura occidental, su música y sus artistas, sus rituales de libertad en mitad de un país oprimido por la religión y el fundamentalismo revolucionario. Además, Marjane atraviesa las vicisitudes de la cruenta guerra entre Irán e Irak (1980-1988), en la que Sadam Hussein se opuso —como figura del líder democrático apoyado por los Estados Unidos— a la tiranía de los Ayatolás.

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