Detrás de la cortina de hierro.
Cinco películas sobre el complot ruso

Uno de los subproductos más terroríficos y fascinantes de la Guerra Fría fue implantar la idea de que existen fuerzas oscuras que conspiran sin cesar por obtener el control y el manejo del mundo. Y en la narrativa occidental, desde hace más de medio siglo, no hay fuerza más tenebrosa que Rusia.

Ya sea en el plano real o en el ficticio, los “malditos comunistas” se han visto envueltos en complots que incluyen mecenazgos bélicos, intervenciones electorales, escándalos deportivos, controversias farmacéuticas, experimentos masivos de control mental, asesinatos y desapariciones. Para abonar a esta paranoia internacional, ofrecemos aquí cinco películas que muestran cómo este tema ha fascinado a tantos talentos de Hollywood: de Frank Sinatra, Michael Caine y Pierce Brosnan hasta Alfred Hitchcock, entre otros.


Comunistas en tu cabeza
(The Manchurian Candidate, EEUU, 1962, dir. John Frankenheimer)

Considerada como uno de los mejores thrillers de la historia, esta cinta de aliento neo-noir está basada en la novela homónima del escritor neoyorquino Richard Condon, y narra la fascinante historia del lavado de cerebro al que supuestamente se ve sometido el hijo de una poderosa familia política, con la intención de convertirse en un asesino manipulado por los comunistas.

Aunque el capitán Bennett Marco (Frank Sinatra) opina públicamente que el sargento Raymond Shaw (Laurence Harvey) es un héroe de guerra, una pesadilla le hace pensar que en realidad es un tipo turbio con un secreto inconfesable. A partir de esa sospecha, la cinta teje una compleja trama de alta tensión situada en la década de los 50, una época en la que la paranoia estaba a la orden del día: podían existir intrincados planes comunistas de dominar a los Estados Unidos por medio de la manipulación mental. Aunque no fue un éxito en taquilla, la película fue un precedente certero de la obsesión por las teorías de conspiración que abarrotó la década de los sesenta.

Además, la cinta se estrenó en un momento histórico: durante la Crisis de los misiles en Cuba, cuando los Estados Unidos y la Unión Soviética estuvieron a nada de apretar el botón de otro conflicto mundial. Por si fuera poco, el asesinato de John F. Kennedy hizo que Sinatra decidiera sacarla de circulación hasta 1987.

 

Conspiración en el set
(Topaz, EEUU, 1969, dir. Alfred Hitchcock)

En 1962, un ex miembro de alto rango de la KGB, Anatoliy Golitsyn, declaró que la Unión Soviética tenía agentes infiltrados en distintos puestos de la inteligencia militar francesa, incluyendo el gabinete de Charles De Gaulle. En su momento, John F. Kennedy se lo advirtió al líder francés quien, ante una relación fracturada entre los dos países, barajó la posibilidad de que el ruso fuera, en realidad, un agente doble de la CIA.

Cinco años más tarde, esta historia de desconfianza mutua inspiró al novelista americano Leon Uris a firmar Topaz, que luego llevaría a la pantalla grande nada menos que el maestro del suspenso, Alfred Hitchcock.

El proceso de realización fue turbulento y sus resultados desafortunados. Desde el inicio, Hitchcock y Uris, quien fue contratado para escribir el guion, tuvieron amplias diferencias creativas. El director pedía, por ejemplo, humanizar a los villanos, y el escritor hacía caso omiso. De hecho, Hitchcock acabó contratando a Samuel L. Taylor, con quien trabajó en Vértigo, para rehacer el guion. Se cuenta incluso que algunas escenas se acabaron de escribir de improvisto, un par de horas antes de ser grabadas.  

Como si los conflictos de escritura no hubiesen sido un presagio lo suficientemente malo, Hitchcock decidió que era el momento perfecto para experimentar, así que intentó avanzar la trama no solo por medio de diálogos, sino usando el color como recurso narrativo. Topaz terminó por convertirse en el fracaso más grande de su carrera —solo recaudó un millón de dólares—; sin embargo, no deja de ser un material interesante de estudio para los fanáticos del realizador y los obsesos de las conspiraciones.

 

Protocolo nuclear
(The Fourth Protocol, Reino Unido, 1987, dir. John McKenzie)

Basada en la exitosa novela de Frederick Forsyth, un perro viejo en estas lides, la película juega con la idea de que el Tratado de No Proliferación Nuclear —firmado en 1968 por distintos países— incluyera cuatro protocolos secretos; el último de estos aclara que ninguna potencia nuclear puede introducir dispositivos portátiles a otros países.

Sin embargo, como es de esperarse, los rusos tienen otros planes. La KGB pone en marcha el Plan Aurora, cuyo objetivo es grave: destruir la OTAN. Para llevarlo a cabo, el general Valeri Petrofski (Pierce Brosnan) debe ir a Inglaterra, hacerse pasar por británico e instalar una bomba atómica que explotará junto a una base militar estadounidense. El agente John Preston (Michael Caine), consciente del plan, hará hasta lo imposible por detenerlo.

Las conspiraciones de la KGB en el cine no son un tema poco común. Sin embargo, lo que hace especial a El cuarto protocolo es un montaje virtuoso para el género, en el que la narrativa y la acción conviven en un balance perfecto. La actuación de Michael Caine no es la más loable de su carrera, pero la de Brosnan, quien intercala de manera fluida y orgánica dos personalidades —por un lado, la firmeza de Petrofski, y por el otro, el perfecto espíritu británico de James Edward Ross— nos ofrece dos horas de tensión complotista de alto octanaje.

 

La verdad detrás de Chernobyl
(The Russian Woodpecker, EEUU, 2015, dir. Chad Gracia)

La línea narrativa de este documental acompaña la investigación de Fedor Alexandrovich, un dramaturgo, pintor y poeta ucraniano que, a los 4 años, recibió radiaciones por el incidente nuclear de Chernobyl —el 26 de abril de 1986— y aún vive con estroncio radioactivo en sus huesos. Más de veinte años después, Alexandrovich decide buscar las razones ocultas detrás del desastre, descartando desde un inicio la posibilidad de que hubiese sido un accidente. Sus pesquisas lo llevan a toparse con algo mucho más siniestro y calculado: un arma soviética de comunicación de la era de la Guerra Fría parece ser parte de la ecuación.

A lo largo de la cinta se explora la relación entre los hechos ocurridos en Chernobyl y las actividades del radar Duga, responsable de emitir el “Pájaro Carpintero Ruso”, una señal antimisiles que llegó a escucharse en la onda corta entre 1976 y 1989, y que alimentó teorías barrocas de manipulación de masas alrededor del mundo. Mientras se desenredan los misterios que envuelven a estos incidentes, una serie de visitas, entrevistas y encuentros inesperados hacen que Aexandrovich llegue a un planteamiento inesperado: ¿cabe la posibilidad de que alguien haya propiciado el desastre en Chernobyl únicamente para salvar su trabajo y su reputación?

Con fotografía de Artem Ryzhykov y las intervenciones artísticas esporádicas de Alexandrovich, los distópicos paisajes de la ciudad ucraniana se convierten en el escenario de un misterio despiadado que va mucho más allá de una tragedia de la ciencia. En una mezcla de fascinación e indignación, el espectador seguirá los pasos del ucraniano, comprenderá el contexto político en el que se desarrollaron los hechos, así como los intereses personales de quien se benefició del incidente. En la cima de la conspiración, esta es una invitación a especular sobre un alarmante futuro, dictado, como es costumbre, por Rusia.

 

Las alas rotas del deporte
Ícaro
(Icarus, EE UU, 2017, dir. Bryan Fogel)

Después de la política (¿y de la religión?), un terreno fértil para las teorías conspirativas son los deportes. Arreglos, sobornos, amenazas, resultados dudosos, campeones bajo sospecha y, claro, dopaje. Y cómo no sospechar, si el deporte, esa guerra sin armas, posee una carga política difícil de despreciar (los que dudan que le pregunten a Hitler).

De entre todas las triquiñuelas habidas y por haber en el universo deportivo, quizás el oro se lo llevan, otra vez, los rusos. En mayo de 2016, el New York Times publicó el reportaje “Russian Insider Says State-Run Doping Fueled Olympic Gold”, que reveló la existencia de un programa instaurado por el gobierno ruso para dopar a los atletas participantes en los Juegos Olímpicos de Sochi, en 2014. Las autoridades rusas desestimaron la investigación aduciendo un claro ejemplo de persecución al poder y competitividad del deporte ruso.

La historia, de por sí truculenta, estalló en las manos de Putin hace unos meses. El ciclista Bryan Fogel ideó un documental en el que él mismo se sometería a un plan de dopaje indetectable para correr la Haute Route (una carrera amateur de siete días) y, lo más importante, sería asesorado por el doctor encargado del programa en Rusia: el controversial Grigory Rodchenkov quien, para colmo de colmos, fue director de la Agencia Mundial Antidopaje de su país.

El objetivo inicial de Ícaro era simple: demostrar lo fácil que es burlar las pruebas de dopaje en el deporte profesional. Sin embargo, durante el rodaje, Rodchenkov decide confesar su participación en los dopajes que llevaron a decenas de atletas rusos al éxito olímpico en los Juegos de Sochi, Pekín y Londres, bajo el conocimiento del presidente Valdimir Putin. Lo que comenzó como un experimento cinematográfico y deportivo casi ingenuo, se convirtió en un escándalo de proporciones globales. Nada mal para un documentalista primerizo.

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