Sexo, infamias y video.
Cinco películas en torno al abuso sexual

El escándalo destapado en Hollywood el pasado mes de octubre a partir de las acusaciones por hostigamiento sexual de las que fue objeto el productor Harvey Weinstein, ha tenido un efecto de caja de Pandora que tras ser abierta continúa revelando sin parar historias de abusos e infamia, con víctimas y victimarios cuyos flamantes nombres hacen pensar que bajo el glamour de las alfombras rojas y el brillo de las marquesinas se ocultan prácticas, códigos y costumbres que propician este tipo de situaciones.

La actualidad nos apremia sin duda a reflexionar sobre las desiguales relaciones de poder y la falta de equidad implícitas en este delicado tema, y para ello proponemos cinco películas de entre las muchas que lo han abordado sobre todo en las últimas décadas, cuando se ha vuelto más urgente la necesidad de remover conciencias y de sensibilizar, muy especialmente, a la arrogante mirada masculina.


Arengando atrocidades
(The Accused, EE UU, Canadá, 1988, dir. Jonathan Kaplan)

En una actuación magistral que le valió su primer Óscar como mejor actriz, Jodie Foster interpreta en este filme a Sarah Tobias, una chica de clase trabajadora que es víctima de una violación en grupo en un bar de carretera. Tras escapar de la escena del crimen recibe atención médica y su caso se le encomienda a la asistente del fiscal del distrito Kathryn Murphy (Kelly McGillis), quien contra las recomendaciones de su jefe emprende un proceso acusatorio que incrimina no solo a los violadores, sino también a los hombres que en la parte trasera de aquel bar presenciaron el delito e incluso lo alentaron.

El perfil del personaje de Jodie Foster, una chica sin estudios, poco recatada y con una vida personal desordenada, resulta crucial para que la película ponga en tela de juicio el rancio argumento machista según el cual una mujer víctima de una violación puede acabar convirtiéndose en “sospechosa” de su propio caso, por habérselo buscado y por haber “provocado” a sus agresores, ya sea a través de su atuendo o de su coquetería. Si bien en términos formales es un filme al que parece haberle pasado factura el paso del tiempo —sobre todo en lo que se refiere a su banda sonora, con estridencias ochenteras que hoy pueden parecer desfasadas— su trama y los conflictos éticos que plantea resultan absolutamente vigentes, y trascienden por mucho, junto con las actuaciones de Foster y McGillis, sus limitaciones estilísticas. Uno de sus grandes aciertos, si no el mayor, está en desnudar una serie de códigos sociales que favorecen los abusos por parte de los hombres, así como la manera en que estos, en grupo, se cubren las espaldas para minimizar y “normalizar” sus excesos, tejiendo una red de complicidades tan cobarde como indignante.

Tragedia brutal en reversa
(Irréversible, Francia, 2002, dir. Gaspar Noé)

Generador de enormes polémicas al momento de su estreno, y hoy por hoy considerado un filme de culto, Irreversible cuenta la historia frenética —narrada en orden cronológico inverso— de dos crímenes mostrados con brutalidad y violencia explícitas: primero, un sangriento asesinato en un club nocturno para homosexuales, que, a la larga, considerando la lógica temporal de la película, resulta ser la consecuencia de una atrocidad previa: una cruentísima violación de la que es víctima una chica llamada Alex (Monica Bellucci) tras salir sola de una fiesta a la que había asistido con su novio Marcus (Vincent Cassel) y su exnovio Pierre (Albert Dupontel), quienes movidos por el ánimo de venganza que se apodera del primero siguen el rastro del culpable hasta el club de homosexuales.

El filme avanza (o retrocede, según se mire) hasta un momento idílico en la relación de Alex y Marcus, y sin embargo ciertas revelaciones expandirán la sombra de la tragedia hasta ese punto (dada la información con la que para entonces ya cuenta el espectador respecto a su fatal destino), lo que convierte la experiencia del visionado de la película en un viaje desde un infierno bañado en sangre hasta otro donde el tiempo todo lo destruye.

Las innovaciones formales de Gaspar Noé —no solo en cuanto al orden inverso de los acontecimientos, sino también en lo que respecta a los movimientos de cámara que dan la impresión de que el filme en su totalidad fuera un plano secuencia ininterrumpido— ofrecen al espectador la posibilidad de una reflexión que quizá sería imposible si esas representaciones gráficas de la violencia se ubicaran al final, obedeciendo al flujo normal del tiempo según un criterio de causalidad. Incluso la escalofriante escena de la violación, solo apta para espectadores con estómago de hierro, se vale de la cámara fija y la profundidad de campo para enfatizar, al fondo del plano, la reacción angustiosamente pasiva de un testigo anónimo que, como nosotros, preferiría no estar allí.

Explotación profunda
(Lovelace, EE UU, 2013, dir. Rob Epstein y Jeffrey Friedman)

Esta biopic ambientada en la década de los setenta aborda la historia real de Linda Boreman, que sería mejor conocida como Linda Lovelace, la protagonista de la mítica película pornográfica Deep Throat, que con su estreno en 1972 marcó un parteaguas en cuanto a la influencia y proyección de este tipo de cine, al convertirse en un éxito no solo en salas X sino también en salas convencionales.

Interpretada con solvencia por Amanda Seyfried, Linda es una chica veinteañera que vive con sus autoritarios padres, hasta que conoce a Chuck Traynor (Peter Sarsgaard), quien tras abordarla en una discoteca la seduce y se casa con ella, para después introducirla en el mundo de la pornografía convirtiéndose en su agente (más bien con visos de proxeneta).

Con una puesta en escena que recuerda por momentos el estilo nostálgico y retro de Boogie Nights de Paul Thomas Anderson, la película apuesta por el contraste entre una primera parte que refiere una historia de éxito y glamour —el meteórico ascenso de Linda como estrella mediática que parece brillar más allá del ámbito meramente pornográfico—, y un segundo acto que a base de flashbacks revela el lado oscuro detrás de esa fachada triunfal: abusos, agresiones y malos tratos sufridos por Linda a manos de Chuck, quien se quedaba además con la mayor parte de los ingresos de su mujer, a tal grado que de los 600 millones de dólares recaudados por Deep Throat a nivel mundial, Linda solo cobró la irrisoria cantidad de 1,250 dólares. No por nada, más tarde se convertiría en una prominente activista antiporno, además de publicar una autobiografía en la que hizo públicas las agresiones psicológicas, físicas y sexuales de las que fue víctima, agresiones sufridas por muchas otras actrices y que, a la vista de las noticias actuales provenientes de Hollywood, no son una problemática exclusiva del cine pornográfico.

Dilemas de la indignación
(Paulina [La patota], Argentina, Brasil, Francia, 2015, dir. Santiago Mitre)

Este segundo filme del realizador argentino Santiago Mitre, con el que cosechó el premio principal de la semana de la crítica en la 68ª edición del Festival de Cannes, se basa en una película anterior titulada La patota, dirigida por el también argentino Daniel Tinayre a principios de los sesenta, en la que se contaba la historia de una mujer víctima de una violación que decide no denunciar, guiada por sus hondas convicciones religiosas. Mitre parte de dicha premisa para ir más allá y actualizar el proceso interior de su protagonista, sustituyendo los preceptos religiosos por los ideales políticos, lo cual repercute en un intenso dilema de carácter ético.

Paulina (Dolores Fonzi) es una joven abogada perteneciente a lo que se podría llamar una burguesía progresista. Contra los consejos de su padre, un prestigioso juez interpretado por Óscar Martínez, renuncia a sus planes de completar un doctorado e iniciar una prometedora trayectoria como abogada en Buenos Aires, para en vez de ello trasladarse a una zona rural y convertirse en profesora como parte de un programa social, convencida de que “aquello que hacemos para ayudar a alguien es más importante que lo que podamos hacer por nosotros mismos”. Sin embargo, sus convicciones se verán puestas a prueba al ser violada por uno de sus estudiantes, quien, en una escena nocturna filmada con apropiada ambigüedad, la confunde con una exnovia cuyos rechazos lo han sumido en una frustración generadora de violencia. Paulina parece asumir el hecho y sus consecuencias como resultado de su elección de involucrarse activamente en esa zona marginada, entendiendo que en ese contexto la justicia no es imparcial, lo que la llevará a tomar una polémica decisión.

La narración fragmentaria y los saltos temporales favorecen una multiplicidad de puntos de vista, reforzada por los intensos duelos dialécticos entre Paulina y su padre, donde ambos exponen poderosas razones que a fin de cuentas convocan al espectador a plantearse su propia reflexión, en lo que sin duda es la mayor virtud del filme: su invitación al debate.

De abusos y desconciertos
(Elle, Francia, Alemania, Bélgica, dir. Paul Verhoeven)

Basada en la novela Oh…, de Philippe Dijian, Elle cuenta la historia de Michèlle Leblanc, una exitosa ejecutiva en una empresa de videojuegos de París, interpretada con maestría por Isabelle Huppert en una actuación que le valió ser nominada para el Óscar como mejor actriz. La secuencia inicial nos muestra a Michèlle siendo atacada en su casa por un extraño enmascarado que la tira al suelo y abusa sexualmente de ella. Segundos después de que él se marcha, ella se incorpora y barre los trozos de un florero que se ha roto en el asalto, para después tomar un baño y ordenar sushi a domicilio. Cuando su hijo veinteañero llega a visitarla y le pregunta por las lesiones en su rostro, ella le dice con absoluta naturalidad que se ha caído de la bicicleta. Esos primeros minutos asientan el tono de reacciones inesperadas que caracterizan a Elle como una película sumamente original, no exenta de polémica, en torno al tema de los abusos sexuales.

Después de ser violada, Michèlle recreará en su mente el episodio en varias ocasiones, y sin embargo no mostrará signos traumáticos, sino que seguirá adelante con su vida. En una cena con amigos les confesará, como si se tratara de cualquier anécdota trivial, que ha sido violada y que no ha dado parte a la policía ni piensa hacerlo. Ella por su parte va hilando sospechas respecto a quién pudo ser su agresor, pero la venganza no parece estar entre sus motivaciones, que más bien se definen por deseos oscuros que desconciertan al espectador.

El comportamiento de Michèlle no es el que uno esperaría de una víctima; no se conduele de sí misma, no la sobrepasa la rabia, no se paraliza. En una junta de trabajo en la que se evalúan las pruebas de un videojuego que cosifica a la mujer, lanza sin inmutarse una crítica respecto a la falta de realismo en una escena que bien podría reflejar la violencia sexual que ha vivido en carne propia. A fin de cuentas la identidad del agresor pasa a segundo término, y Verhoeven pone el acento en las reacciones inquietantes y contradictorias de su protagonista, lo que da pie a una reunión de elementos propios de géneros que a priori parecerían totalmente inadecuados para abordar el tema, desde la sátira social hasta el absurdo y la comedia negra. Lo cierto es que, al margen de juicios morales y de situaciones que ante las buenas conciencias pudieran resultar inverosímiles, Elle presenta a una mujer fuerte que elige los escenarios de su vida y su sexualidad, tan extraños o perversos como puedan ser. Quizá se estrelle muchas veces en su errático camino, pero siempre estará al volante.

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