Blade Runner 2049: la ambición creativa

Blade Runner 2049
(Estados Unidos, 2017)
Director: Dennis Villeneuve
Guionistas: Phillip K. Dick (basada en ciertos personajes de la novela Do Androids Dream of Electric Sheep?), Hampton Francher, Michael Green
Actores: Ryan Gosling, Dave Bautista, Robin Wright


Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve, confirma lo que está presente en las producciones hermanas que se han embarcado en el tema: la ambición del hombre por saberse creador.

Es normal leer alguna noticia que da cuenta sobre un dispositivo electrónico que, simulando a un ser humano, desempeña actividades como atender un hotel, hacer la limpieza del hogar, preparar la comida o ser una pareja sentimental. Ante esta avalancha de posibilidades, tranquiliza saber que hay algo que (aún) nos separa: una delgada línea constituida por el raciocinio, las decisiones, el alma, la condición humana. ¿Pero qué pasaría si éstas se acabaran?

Es 2017. Nos seguimos haciendo las mismas preguntas que hace 30 años y a cambio hemos obtenido pocas variaciones tecnológicas entre lo vintage y lo actual, no importa si pasamos de los grandes monitores a una pantalla de milímetros de grosor. La esencia de la insatisfacción es la misma: la ambición, a pesar de su condición atemporal, nunca es suficiente para complacernos, pero sí para construir nuestra extinción. La delgada línea se rompe.

Uno de los principales motores creativos en la ciencia ficción es esa: la ambición. En Blade Runner de Scott, saberse creador de vida artificial convierte a los humanos en seres poco empáticos que ignoran que los cables y el metal están más vivos que ellos. 30 años después sucede la misma fantasía de ser dios en Blade Runner 2049. Ahora, bajo la guía de Denis Villeneuve, vivimos el resultado de esta ambición desmedida cuando la artificialidad, la hija del ser humano, procrea más allá del laboratorio. Cría cuervos que te sacarán los ojos.

Blade Runner 2049 cumple el primer requisito para escalar a su antecesora: la ilusión de avanzar en la trama, pero ¿qué sigue después? Villeneuve se extravía y camuflajea su fragilidad en un despliegue audiovisual exquisito. Y no se trata de pedir más de lo mismo, nadie exige las glorias de la primera producción, pero sí una película de Denis Villeneuve. En el cine se trata de renovar en su contexto y el proyecto del director canadiense, hay que aceptarlo, es menor a otras producciones contemporáneas que también están interesadas por el dilema de la creación tecnológica.

Ejemplos inmediatos pueden ser Humans o Westworld, dos producciones televisivas que parten del conflicto que ya todos conocemos: desdibujar la línea entre lo artificial y lo humano, la conciencia sesgada pero persistente de humanoides que son la clave para descifrar y abrir cuestionamientos sobre el ser. La fase de la duda y la reflexión es superada y se instalan en un mundo que ya es poblado por la seguridad de su identidad, de figuras que se saben superiores y ahora buscan sus propias reglas.

Aunque un poco de esto se vio en Blade Runner, los replicantes aún se debatían entre el dolor y la duda, un sentimiento que fue el escenario perfecto para la poesía y la intensidad reflexiva que vemos culminada en el monologo de Roy Batty. Blade Runner es lo que es hoy porque abrió cuestionamientos sobre temas que en los años ochenta y en la actualidad siguen palpitando en nuestra mente.

En Blade Runner 2049, el hilo conductor es el mismo. K (Ryan Gosling) comienza a preguntarse sobre su origen y la posibilidad de ser el elemento que elimine la distancia incomprensible entre humanos y androides. Sin ir más allá, este amplio y atractivo espectro de dudas se ve disminuido por la predecible odisea del héroe que, ayudado por su novia dispositivo (Ana de Armas en una clara referencia a Her, de Spike Jonze) se revela a su destino y de paso conoce al legendario Rick Deckard (Harrison Ford), una pieza importante en el puzzle.

Claro, hay que agradecer a Villeneuve y a Roger Deakins por su trabajo formal. Los escenarios distópicos que, a diferencia de su antecesora, cargan todo su sombrío poder en grandes paisajes, tomas abiertas con un ritmo pausado, a cuenta gotas, recuerdan la predilección creativa de muchos directores de la escuela europea. La tensión es inminente. La respiración y las acciones de los personajes se sienten a cada minuto como una suerte de taladro que insiste sin tregua en el espectador, sin embargo, esta carga de estilo carece de fondo, de la potencia que, por ejemplo, Ghost in the Shell (en su versión animada), lograba con largos intermedios que desmenuzaban corpórea y mentalmente a su protagonista sin un hilo narrativo concreto.

Es posible que Villeneuve arriesgara lo que conocemos de su filmografía. Si con Enemy (2013) mostró su interés por la mente, con La llegada (2016) encontró la suficiente confianza para darle un giro a la ciencia ficción y presentar otro rostro del género sin el cliché del alíen con grandes ojos negros. Ahora, con esta última película, la apuesta por la contemplación y los grandes escenarios dan una certeza: a pesar de todo, hay un interés por buscar y cuestionar el sci-fi.

Lo mejor y más optimista es pensar que Villeneuve y sus guionistas construyeron una película puente que presenta el campo de acción de lo que significará “el milagro” de la creación artificial, sin duda la siguiente fase evolutiva, sinónimo absoluto de rebelión. Además, lejos de las posibles pretensiones en la historia, la película tiene un final lo suficientemente ambiguo para creer en la posibilidad de una tercera parte. ¿Estamos dispuestos a eso?

Con sus fallas y sus virtudes, Blade Runner 2049 confirma lo que está presente en las producciones hermanas que se han embarcado en este tema: la ambición del hombre por saberse creador sobrepasa el presente y los 24 cuadros por segundo: somos una sociedad cruel que transforma, usa y desecha.

 

Arantxa Luna
Twitter: @_loquefuimos

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