La 3ª temporada de Narcos, ¿nueva posibilidad o más de lo mismo?

En septiembre pasado apareció en Netflix la tercera temporada de Narcos. A diferencia de otras series con nombre más imaginativo, no hace falta decir mucho sobre el repetitivo tema; además de que Netflix hace campañas globales con estas producciones, hechas justamente para ese mercado que, aún fuera de Hispanoamérica, le sigue encontrando interés. Así es que la productora recicla o realimenta a las audiencias de series análogas producidas por Telemundo, Caracol, Fox Colombia, Argos entre otras.

La tercera temporada de Narcos tiene quizá como mérito principal que, una vez muerto el capo del cartel de Medellín, el centro se mueve hacia el sur: Cali. Conocemos la historia de los hermanos Rodríguez, cuyos principales rivales ahora serán los miembros del cartel del Valle. La figura central recae ahora en el papel del líder del cartel de Cali, “Gilberto Rodríguez Orihuela”, actuado por el no siempre creíble Damián Alcázar, quien, además, no tiene aquí la mejor de sus participaciones imitando el acento colombiano. A diferencia de los dejos irónicos que hemos visto de Alcázar en las cintas de Luis Estrada (El Infierno, 2010; La dictadura perfecta, 2012 por señalar algunas) aquí asistimos a la representación de un capo que intenta proseguir el negocio, pero demarcándose de los métodos del temible Pablo Escobar. Huye de la violencia, apela a la conciliación, al benefactor social y al bajo perfil.

Aparece de la misma manera un patrón reiterado en este tipo de series: el proceso de negociación con la DEA. Este hecho abre distintos conflictos en los cuatro líderes del cartel de Cali. De manera particular, la segunda mitad de esta tercera temporada recae en el hermano menor de “Gilberto”, “Miguel” (actuado por Francisco Denis) quien asume de otra manera la negociación con el gobierno y tiene que enfrentar al que realmente lleva el peso dramático de la serie: “Jorge Salcedo”, encargado de seguridad del cartel. “Jorge” es parte del desiderátum tantas veces dicho en el narco-mundo, como en el caso del tragicómico “Cochiloco” en El Infierno: “ya una vez dentro, no hay vuelta p’atrás”.

La contraparte de la policía estadounidense ahora se focaliza en el agente de la DEA “Javier Peña” quien aparece ya sin “Murphy”, su compañero en las dos primeras temporadas. El agente Peña asume con más conocimiento del “campo” los dilemas morales del policía que tiene que ceder antes ciertas formas con tal de obtener el beneficio de la captura del capo. Esta vez vemos a un agente Peña por momentos anticlimático. Logra en apariencia lo que quiere, pero su rostro refleja muy distintos grados de insatisfacción.

Al final de la temporada, el hilo de la trama deja ver que el próximo territorio será México. En la secuencia histórica que ha seguido Narcos desde la primera temporada, ambientada a finales de los ochenta, ahora se avizora el complejo territorio de la frontera México-EE.UU., de donde es originario el agente Peña (Laredo, Texas) y cuyo padre interpreta el famoso Edward Jame Olmos. Desgraciadamente lo vemos en pocas escenas representando la contraparte de la ingenuidad y la aceptación tácita de un mundo donde ni siquiera Peña sabe si quiere seguir luchando ni impulsando transformaciones.

Un elemento importante de estas narco-series, acaso uno de los componentes de mayor placer para algunos televidentes, es la dosis de realismo donde se formula un tipo de crítica política aparentemente abierta, cruda y directa. De manera particular en Narcos 3 aparecen las temáticas ubicadas en el epicentro de la espectacularidad social con sus señalamientos a la interpenetración de esos dos mundos: la política formal y el narcotráfico. Este conflicto se resume, por ejemplo, en las acusaciones del narco-dinero en la campaña del presidente Ernesto Samper (1994-1998) que inciden en el cuestionamiento que se hace Peña sobre su propio trabajo. Generalmente, tanto en las series como en las narco-telenovelas, prevalecen escenas y diálogos donde se indica la complicidad entre narcos y políticos que se contraponen a la historia de ese “justiciero” que heroicamente quiere llevar a los “malos” a la cárcel. Ese eje semántico legalidad-corrupción  juega las veces de un contenido ubicuo donde no solo el narcotráfico está en todas partes, sino que —forzando la noción de Immanuel Wallerstein de “sistema-mundo”— funciona como un sistema-narco: ahí, el narcotráfico no es nada más un tipo de desviación social, sino por el contrario, es un elemento articulador en un universo pragmático de intereses comerciales y políticos. En Narcos 3 como en muchas otras series1 el narco-mundo aparece como estable y coherente en sí mismo, mientras que el elemento irruptor, la entidad que traiciona los acuerdos, es el Estado o bien los representantes del gobierno de los EE.UU.

El ya mencionado personaje de Salcedo nos permite problematizar algunos aspectos de la relación entre el narco-mundo y la sociedad: Salcedo es un padre de familia, ingeniero, que busca elevar sus ingresos y empieza a colaborar en una actividad que piensa que podrá dejar. Cuando su esposa le reprocha su actividad, Salcedo —dentro del más claro código telenovelero— dice hacer todo eso por su familia. Con los meses las cosas empeoran y queda claro que no podrá salir. Él representa ese “otro mundo” dentro del narco-mundo, ese juego entre el estar y no estar. No encarna bien al narcotraficante: no le gusta ir armado, es cuidadoso en el lenguaje, tiene modales refinados, sabe ser eficiente y siempre intenta ser discreto. Sin embargo, es ingenuo: cree que podrá controlar lo imprevisible. Así redunda en una especie de anti héroe que, como precio a su salvación, va a encontrar el anonimato en el programa de testigo protegido de la DEA. Vivirá, pero sin el bienestar que ha prometido a su familia.

Otro personaje que, sin pertenecer originalmente al narco-mundo, sobrevive en él, es “María Salazar” (actuado por Andrea Londo). María decide ir a merced de sus parejas; sobrevive apocada y en silencio. La vida cambia cuando algún enemigo mata a su marido. Entonces cede al nuevo dueño: ante él decide humillarse con tal de que la acepte y la proteja. ¿Es una representación de la conveniencia para sobrevivir en el narco-mundo? No es solamente eso. En el rostro de María aparece esa angustia aguda de quien ni siquiera encuentra fuerzas para definir su dignidad y suicidarse. Es un personaje incidental, que no deja de ser atroz por más que parezca inexistente y prescindible en los dilemas del cartel del Cali.

En notas de prensa aparece ya la noticia de Narcos 4. Netflix proseguirá la secuela, siempre con excelentes valores de producción, cuestionable casting (como el ya citado de Alcázar), limpieza en la imagen y atractivo para esa parte de la sociedad del espectáculo que gusta ver en estas series una suma de entretenimiento social y realismo político. Como la mayoría de narco-series y telenovelas el punto de vista siempre es “desde arriba”, con el regodeo de vicios de las élites y clases dominantes. Si bien en la opinión pública mexicana estas narco-series ya han dejado de ser un tema de discusión, durarán un poco más en las opciones de consumo por internet, hasta que esos últimos televidentes se cansen de ver más o menos la misma trama —por más que se anuncie based on true story o “modificada para fines dramáticos”—, aderezada de nuevos carteles y sicarios. Tal vez cuando esos televidentes dejen de creer que, tras las denuncias de corrupción de estas series, están comprendiendo la realidad.

Tanius Karam
Investigador y profesor de comunicación de la UACM.


1 Esta idea la comentamos aquí a propósito de la serie El Chapo.

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