Blade Runner 35 años después

Blade Runner 2049
(Estados Unidos, 2017)
Director: Dennis Villeneuve
Guionistas: Phillip K. Dick (basada en ciertos personajes de la novela Do Androids Dream of Electric Sheep?); Hampton Francher; Michael Green
Actores: Ryan Gosling; Dave Bautista; Robin Wright

Luego de 35 años de distancia entre la primera película y su secuela, parece terrible que esta nueva cinta no logre impactar ni proponer algo con tanto material sobre la mesa y con tanto que ha avanzado la tecnología. Es decir, hace 35 años Blade Runner parecía sugerente (y por esto mismo mantuvo su vigencia) porque supo anticipar diferentes problemáticas que se nos vendrían encima generacionalmente, exponiéndolas desde una argumentación filosófica bastante clásica. Este punto fuerte ahora no alcanza a cubrirse y parece desafortunado en la medida de que, si bien la filosofía y mucho cine se hicieron diferentes cuestionamientos durante muchos años desde la mera especulación, hoy en día estos problemas nos están interpelando a la vuelta de la esquina. No es en vano que la serie Black Mirror esté de moda, quizá la heredera de una tradición que se inaugura con Blade Runner.

Esta nueva secuela estelarizada por Ryan Gosling (quien personifica a K, un androide que caza replicantes), y que sucede 30 años después, es una buena continuación en términos estéticos y funciona como película detectivesca, pero parece inadecuado reducir a la ahora franquicia a estos elementos. Es cierto que Blade Runner abonó al cine cyberpunk y neo-noir, que sus vestimentas y representaciones de ciudades se volvieron icónicas para el cine de ciencia ficción. Sin embargo, la Blade Runner de Ridley Scott fue mucho más allá. En lo particular, en esa primera versión, la temática es más atractiva que el aspecto estético, por los androides que con veta hegeliana tienen deseo de reconocimiento al interior de la dialéctica del amo y el esclavo, que desean vivir y que son seres para la muerte: resisten a ella como humanos.

Blade Runner 2049 no es una mala película pero es una mala secuela —si se lee como tal—, por lo menos para quienes encontrábamos en la cinta de Ridley Scott un motivo para plantear preguntas filosóficas que ya no tienen cabida en esta obra de Denis Villeneuve. Además de tener esta carencia, se ve a veces superada por las referencias a otras cintas que le restan originalidad como el caso de la novia virtual de K, que en algún momento busca la forma de tener sexo a través de otra mujer como en Her (Spike Jonze, 2013), o la vestimenta de esa misma chica contratada que recuerda a Leeloo de The Fifth Element (Luc Besson, 1997).

Nuevamente, al igual que en 1982 las opiniones alrededor de la película quedarán divididas. Sin embargo, dudo mucho que esta nueva adaptación logre ser un parteaguas en el cine de ciencia ficción o que por lo menos se vuelva un referente para las discusiones de la inteligencia artificial. Es una buena historia, filmada y ambientada de forma correcta, pero no está a la altura de su título, considerando no sólo lo que significa en la cultura popular sino también considerando el tiempo que ha pasado desde la primera. Habrá que confiar en que otros directores y guionistas sepan poner en diálogo las diferentes problemáticas que nos atañen en relación con la tecnología y, en particular, con la inteligencia artificial, pero para eso parece necesario voltear al pensamiento filosófico que desde siempre nos ha ayudado a tener mayor rendimiento epistémico.

Fernando Bustos Gorozpe
Profesor en la Universidad Anáhuac Norte y candidato a Doctor en Filosofía por la Universidad Iberoamericana.

 

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