La otra guerra

El seductor
(The Beguilded)
basada en la novela homónima de Thomas Cullinan
Directora: Sofia Coppola
Guión: Sofia Coppola, Albert Maltz, Irene Kamp
País: Estados Unidos
Elenco: Colin Farrel, Nicole Kidman, Kirsten Dunst
Año: 2017


Es un bello paraje americano. La luz traspasa la sombra de los árboles que escuchan el canto de una niña. Los colores pastel se funden con una técnica impecable hasta que el único desperfecto aparece en pantalla: mal herido y asustado, un hombre pide clemencia. Se rompe el equilibrio y con ello comienza una agridulce historia de poder y seducción: Sofia Coppola está de vuelta.

El seductor, premio a Mejor Dirección en Cannes 2017, es un regreso que probablemente peca de correcto: con un ritmo bello y pausado, Coppola no cambia su estilo formal y vuelve a optar por la paleta de tonos cálidos que acompaña al eje central de toda su filmografía: el espíritu femenino, individual o grupal, y sus alcances sobre los seres que lo rodean.

Cercana a Las vírgenes suicidas por su protagonismo coral, El seductor fija su mirada en la suerte de aquel hombre que rompe la “armonía” del paisaje americano de mediados del siglo XVIII. John McBurney (Colin Farrell) es un militar herido que es auxiliado por un grupo de mujeres que se resguardan de la Guerra Civil en lo que queda de un internado para señoritas.

Martha Farnsworth (Nicole Kidman), Edwina (Kirsten Dunst), Alicia (Elle Fanning) y compañía, son las samaritanas que, con recelo, curan y dan techo a McBurney. Este acto de piedad será el punto de partida para construir una nítida imagen de la decadencia: entre los muros perfectos de esa casona hay un mundo que trata de ignorar la devastación de la guerra exterior, y es justo esta negación el caldo de cultivo para un microuniverso de resentimiento y rebeldía.

Como una coreografía perversa, Coppola hace que los dos agentes (ellas y él) complementen sus demonios. A través de una evolución poco ambiciosa —e incluso obvia— de los personajes femeninos, acompañamos a McBurney en su recuperación. De esta manera, la directora hace que la presencia masculina sea el pretexto para montar el espectáculo audiovisual que construye Philippe Le Sourd con la fotografía y Jennifer Dehghan con el diseño de arte.

Pero no hay que confundirse; aunque McBurney sea el detonante, Coppola ofrece todo su ingenio para que sus mujeres resalten entre tanta muerte. Ellas, de una u otra manera, y a pesar de ser mujeres privilegiadas, también son parte de esa tendencia invisible por eliminar lo femenino de las confrontaciones (bélicas o no). Lo que incita a la pregunta: ¿qué sucede con las mujeres que esperan en una tensa paz?

En este espectáculo, las anfitrionas y McBurney, como en un círculo parasitario, estimulan el ego, el deseo y las jerarquías de poder en la casa. Ellas se alimentan de él y viceversa, pero como en todos los procesos de esta naturaleza, alguien obtendrá menos.

Lo que parecía un acto de docilidad pronto se transformará en una bola de nieve que arrasa todo a su paso. Con la misma paciencia para retratar a sus protagonistas femeninas, Coppola construye una de las mejores representaciones de lo masculino bajo el efecto de lo que, por inercia, se le asigna a una mujer: la neurosis, la tragedia, la vanidad (en el cuerpo). El seductor nos susurra inocentemente al oído: ¿quién seduce a quién? ¿El hombre a las mujeres o las mujeres a la debilidad del hombre?

Así, la bondad irá más allá de la representación femenina de ese tiempo: si bien Coppola hace que sus actrices asuman los roles de la época en donde tejer, rezar y cocinar eran la norma, las protagonistas son más de lo que aparentan pero no por egoísmo o maldad, sino como un don natural, lógico y de sobrevivencia, porque su otra guerra tampoco es fácil.

Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015, escribió en La guerra no tiene rostro de mujer  historias que no se contaron de la otra guerra, una en donde la figura femenina era la protagonista de las batallas descarnadas y violentas, dentro o fuera del campo de batalla. Aunque en contextos y condiciones diferentes, tanto Alexiévich como Coppola encontraron la manera de retratar la fuerza interna que mueve una vida que, por default, vale menos.

La otra guerra, la guerra de lo femenino, también es natural y necesaria, una exigencia que es evidente cuando Coppola separa los cuerpos: él afuera, ellas adentro. Esta escena es probablemente la que contiene mayor fuerza en una película que si bien avanza considerablemente en su declaración de intereses formales y temáticos, aún es contenida, más decorativa y sutil, justo como las protagonistas y su carácter aprendido las obliga a ser buenas mujeres.

La niña que canta sabrá, desde su inocencia, cómo liberarse de la opresión, de la histeria masculina, y recuperar, en un acto de magia, el equilibrio formal e histórico. Si algo nos queda claro de Coppola es que parece amar la rebeldía liviana y discreta de la buena mujer.  

Arantxa Luna
(@mentecata_)

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