Talentos (y segregaciones) ocultos

Las desigualdades entre grupos sociales son una realidad tan presente y apremiante como en los tiempos de la segregación estadunidense que retratan varios filmes recientes. Pero uno de los principales responsables de este hecho es visible sólo para unos cuantos iniciados.

Talentos ocultos, cinta que compite este año por el Oscar a la mejor película, es un buen recordatorio del tipo de segregación brutal, directa y sin tapujos que se encuentra ya proscrita prácticamente en todos los sistemas jurídicos de las democracias occidentales. Ubicada en la década de los sesenta, la película nos permite apreciar a tres mujeres expertas en matemáticas, cuyo pecado es ser de piel negra, y los obstáculos cotidianos que tienen que enfrentar por ello en la NASA, su centro de trabajo. Oficinas exclusivas para gente "de color", baños y cafeteras que solo pueden utilizar las personas blancas, imposibilidad para ocupar puestos directivos o prohibición para estudiar una ingeniería en la universidad, son apenas unos ejemplos de la absoluta división racial que rompía una igualdad existente sólo en el papel de la constitución.

La cinta emociona porque nos permite atestiguar el derrumbe de algunas de esas barreras. La pericia profesional de las tres protagonistas es tan poderosa que algunos funcionarios de la NASA se ven casi obligados a mirar, no solo la distancia que separa  a la Tierra de la luna, sino la que los separa de esas mujeres. Al mismo tiempo, la cinta preocupa porque es inevitable pensar que solo el genio de esas tres expertas logró erosionar la discriminación, que fue su utilidad práctica para la institución y la conveniencia de la NASA lo que permitió su aceptación. La victoria se antoja entonces pírrica si se considera que quizá personas no tan “útiles” como las protagonistas no alcancen a abandonar nunca su propio gueto.

Esta preocupación se confirma mediante el contundente documental de Ava Duvernay: Enmienda XIII. Tras abolirse la esclavitud en Estados Unidos, surgió el régimen asociado a las llamadas leyes de Jim Crow. Bajo la consigna de "iguales pero separados", dichas normas permeaban la vida de innumerables comunidades excluyendo a la población negra de la forma que ilustra Talentos ocultos. Gracias al movimiento de los derechos civiles en la década de los sesenta, fue posible derogar esas infames leyes; sin embargo, la segregación racial no pudo ser desterrada, y sí fue, en cambio, soterrada para sofisticarse y encarnar en normas aparentemente neutrales que camuflajearon la discriminación formal y generaron todo un sistema conocido como el “encarcelamiento masivo”. Aunque las letras de las leyes ya no eran excluyentes, el aparato de justicia penal se encargó de criminalizar a las minorías negras y latinas que hoy en día abarrotan las cárceles norteamericanas. Los prejuicios ––al menos hasta antes de la administración Trump que los ha vuelto a poner en la palestra––, dejaron de ser francos para revestirse de eufemismos y jerga económico-burocrática que hizo más difícil evidenciar la permanencia de las divisiones raciales en la vida norteamericana.

El fenómeno discriminatorio no es, desde luego, exclusivo de nuestros vecinos del norte. México está atravesado por prácticas institucionales y sociales excluyentes a pesar de nuestras protecciones constitucionales. En semanas recientes, tres sólidos reportajes han dado cuenta de la persistencia del problema. Uno expone la segregación existente en el desarrollo turístico Cancún-Riviera Maya, y por la cual la población local vive una cotidianeidad diametralmente opuesta al mundo de lujos y reposo destinado a los visitantes; otro refiere la segregación que se presenta en algunas escuelas privadas en donde el color de piel sigue determinando las admisiones y los rechazos, y un tercero ejemplifica la que existe en los llamados antros mediante la criba que se lleva a cabo por los "cadeneros" para no permitir el acceso a quienes no usan la ropa de marca adecuada. Incluso en la celebración del centenario de nuestra constitución quedó claro que las mujeres no tienen cabida todavía en nuestras altas esferas públicas. Tanto en nuestro país como en Estados Unidos, el marco legal está muy lejos de erradicar una discriminación forjada a lo largo de los siglos y enraizada fuertemente en ambas sociedades.

Desafortunadamente, a esta realidad se le ha añadido un nuevo frente de batalla en las últimas dos décadas: la realidad virtual, esa que se aloja detrás de nuestras pantallas y que cada día crece en importancia social, económica y laboral. Herramienta de comunicación como ninguna otra que haya existido en la historia, internet se ha transformado en un espacio comercial sitiado por intereses corporativos. Aunque desde luego aun representa una zona de libertad, la red está siendo avasallada por algoritmos que, dolosamente o no, están contribuyendo a generar encierros y barreras invisibles que no alcanzamos a advertir como usuarios. El año pasado, la doctora en matemáticas y experta en ciencias computacionales Cathy O’Neil explicó en su libro Weapons of math destruction cómo esas series de instrucciones informáticas creadas para obtener resultados concretos ––los algoritmos––, están contribuyendo a consolidar la disparidad existente entre clases sociales o entre grupos privilegiados y desfavorecidos.

Ya sea en el sector educativo (generando caprichosos rankings de escuelas o evaluaciones de docentes sesgadas), en el laboral (encasillando y excluyendo a quienes buscan trabajo o reorganizando las horas de trabajo con fines de optimización volatilizando los tiempos libres de los empleados), en el policiaco (perfilando la "peligrosidad" de las personas o alentando políticas "predictivas" que tienden a la criminalización de las minorías), o en el financiero (tomando la batuta del movimiento de capitales que a su vez apuntalan riquezas que solo existen en código binario), los algoritmos representan un novedoso modo de tomar decisiones automatizadas que, ya sea intencionadamente o no, refuerzan nuestras desigualdades sociales, económicas, de género o raciales existentes. A diferencia de las leyes Jim Crow, sin embargo, solos unos pocos iniciados conocen cómo funcionan esos algoritmos o alcanzan a percibir su operación y sus efectos. De esta manera, las segregaciones se refuerzan aunque su presencia se difumine en el brillo de nuestras pantallas, apuntando así al robustecimiento de un régimen que suma a su imbatibilidad, su invisibilidad.

En su novela autobiográfica Black boy publicada en 1945, el escritor negro Richard Wright narra su infancia a inicios del siglo XX en los Estados Unidos. A pesar de contar con una mínima educación formal, comenzó a escribir historias desde muy joven. "Estaba empezando a soñar los sueños que el Estado había dicho que eran equivocados, que las escuelas habían dicho que eran tabú", dice al reflexionar sobre su toma de conciencia respecto a lo transgresor que era que un joven de su color de piel desafiara el status quo llevando a cabo actividades creativas que se consideraba impropias de la gente negra. Wright tenía la "ventaja" de saber con precisión cuáles eran los sueños equivocados o las aspiraciones vedadas. Hoy, por el contrario, las barreras se están trasladando a nuestros bolsillos y empiezan a colonizar esos pequeños portales que utilizamos cada día más personas para conectarnos con el mundo: nuestros teléfonos y sus aplicaciones.

Quizá haya algunas personas que logren sobrepasar todo tipo de impedimentos, pero a diferencia de lo que ocurría en la época en que se ubica Talentos ocultos, hoy no existen grandes proyectos nacionales ni metas colectivas de envergadura que requieran deponer ciertos obstáculos para sumar a gente habitualmente excluida. Si hace casi medio siglo unas expertas en matemáticas pudieron contribuir al derrumbe de algunos límites sociales, ello ocurrió en buena medida gracias a que su quehacer era indispensable para conquistar el espacio y vencer al enemigo soviético. Hoy, en cambio, la administración norteamericana enfoca sus energías en construir un muro y negar el cambio climático para robustecer los negocios privilegiados de unos cuantos. Las barreras, visibles u ocultas, gozan de una renovada y triste vitalidad.

 

Erick López Serrano. Maestro en Derecho y Tecnología por la Universidad de Tilburg, Holanda. Twitter: @eLoseRR

 

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