La historia hasta atrás

¿Puede ayudar el alcohol a digerir la enorme cantidad de literatura producida por los historiadores? Un eterno problema al que se enfrentan quienes se dedican a estudiar el pasado es acercarse a un público mayor y más heterogéneo; el reto consiste en hacer un recuento de los sucesos que sea más ligero, más accesible, menos ajeno. La difusión de la historia por los medios tradicionales es acaparada por la academia y los sistemas de enseñanza escolarizados, así que con frecuencia este campo de conocimiento se vuelve monótono, aburrido y anquilosado. Muy a menudo la historia parece ser simplemente un pasado muerto lleno de fechas, nombres y lugares, meros datos que en apariencia no tienen nada que ver con el presente.

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Por fortuna, la historia no es un campo exclusivo de los historiadores y hay quienes buscan demostrar que ésta no siempre es tan aburrida como voluminosos los libros en donde se da cuenta de ella. Estos otros difusores se han esforzado por llevarla a una audiencia más amplia, echando mano de diversas herramientas desdeñadas o poco conocidas por los canales más tradicionales de divulgación. Drunk History, cuya versión latinoamericana recientemente salió al aire en nuestro país, es producto de uno de estos intentos.

Drunk History fue originalmente creado por el comediante Derek Waters y comenzó como un sketch en línea a través de Funny or Die. Ante el éxito que obtuvo, se fueron realizando nuevos episodios y en el 2013 se volvió un programa regular en el canal estadounidense Comedy Central, mismo que ahora nos brinda la versión en México y Colombia.

En cada episodio se relatan tres eventos distintos de la historia con un narrador y una escenificación en donde los personajes actúan a medida que el relato avanza. El formato podría considerarse bastante estándar si no fuera por un giro peculiar: el narrador está borracho. Así, éste suele mostrar más entusiasmo y ganas de que la narración llegue al punto central de la historia que preocupación por una ejecución correcta. Las historias se revitalizan con los anacronismos del lenguaje de los personajes, logrados al sincronizar sus labios con la voz del narrador, toque muy cómico en las actuaciones. Se escucha: “tienes que aguantar vara, todo cool” directamente de la boca de Carmen Romero Rubio, y se es testigo de un Cristóbal Colón que se refiere a los arahuacos diciendo: “yo conozco a estos brothers, güey”.

A pesar de que la propuesta de Drunk History puede parecer muy innovadora y fuera de lo común, en realidad no son nuevas las formas alternativas para contar la historia y se ha teorizado al respecto. En cualquier narración, forma y contenido son inseparables; así, la historia no está ahí para ser descubierta, sino que siempre la construimos con nuestras palabras. En esta línea, sobresale el filósofo e historiador estadounidense Hayden White quien ha enfatizado el poder de la forma narrativa sobre el del propio contenido: la historia no es únicamente una secuencia interminable de hechos sino la manera en que se cuentan, la forma que alguien les da. Así que el pasado, por más documentado que esté, puede narrarse a modo de comedia, tragedia, sátira o romance. Si se sigue tal clasificación, Drunk History se puede catalogar fácilmente como una sátira, pero aquí lo interesante es ver, tanto los recursos de los que echa mano para hacerlo, como la demanda y el consumo del pasado que éstos implican.

Esta sátira televisiva parte de la historia “veraz” que el narrador ha estudiado previamente, de “hechos reales” (lo cual parece dar el sello de valor incuestionable al contenido) que se diluyen y aligeran a medida que los tragos aumentan. De este modo, para ciertas clases de humor, el programa sin duda es entretenido y le arranca risas al espectador; es innegable que recurre a elementos más dinámicos y divertidos que las formas usuales de difusión histórica e investigaciones académicas (las piezas y cédulas de museos, libros y artículos producidos en las universidades, solemnes monumentos, placas regadas por las ciudades o los libros de texto). El medio de transmisión también facilita el acercamiento de un público que es más diverso, incluyendo a los que tal vez no se aventuran a abrir un libro ni a investigar en Wikipedia sobre personajes como Amelio Robles o grupos como el M19.

Sin embargo, fácilmente caen en el chiste fácil y la palabra vulgar que se vuelve cómica sólo por ponerla en boca de personajes que nos han sido narrados siempre de forma seria. Hacer que las figuras históricas hablen con expresiones como “güey, todo está chingón” o “hay que matar al pinche Trotsky” sin duda ayuda a humanizarlos pero, el uso excesivo de groserías –evidentemente asociado a la embriaguez–, lleva a que la atención del público no dure mucho. Lo de siempre: una vez está chistoso, pero tantas veces, tal vez ya no.

Ahora, esta premisa del “historiador” alcoholizado evidentemente busca atacar la solemnidad con la que generalmente se refiere al pasado. Se quiere ir en contra de la gravedad y ceremoniosidad de la historia con ayuda de una herramienta que los historiadores no usamos lo suficiente: el humor. Si normalmente alabamos, criticamos, lloramos, aplaudimos o condenamos a aquellos que vivieron y formaron el pasado ¿Por qué no también reírnos de ellos? Nos hace falta divertirnos, disfrutar e incluso burlarnos aunque sea un poco de la historia que tan afanosamente construimos. La propuesta de Drunk History es esa, reír de la historia y por lo tanto entender cosas diferentes de ella, hacer interesante cualquier episodio chusco del pasado a través del humor, como si quien lo contara fuera simplemente un testigo ya bien entrado en copas; como si la historia se pudiera narrar exactamente igual que nuestras experiencias, desamores y aventuras cotidianas.

De esta forma, la historia se aviva, pero a costa de su sentido. Al resaltar los defectos de los personajes o burlarse de una que otra de sus características éstos resultan menos ajenos y más humanos, pero se descontextualizan por completo del pasado mismo que buscan reconstruir. Al final, todo se convierte en un simple relato anecdótico, en donde lo relevante parece ser la homosexualidad del yerno de Porfirio Díaz, la relación adúltera de Cortés con la Malinche, lo pretencioso del Che, la coquetería de la esposa del florero de Llorente, los pleitos de María Félix y Agustín Lara, y el amorío de Frida Kahlo con Trotsky. Los datos y explicaciones quedan en el aire como curiosidades que no parecen servir más que para ganar un concurso de conocimiento de cultura pop, fácilmente olvidables y quizá simples trivialidades.

El programa, pues, no da pie a un cuestionamiento que permita profundizar y sea capaz de poner a prueba los conocimientos y percepciones del espectador sobre un pasado que presuntamente guarda relación con ella o él. Partiendo de los mismos ejemplos, tal vez sería más interesante si con el mismo humor se plantearan cuestiones tales como: ¿Por qué estaba mal vista la homosexualidad en el Porfiriato? ¿qué tanto y cómo ha cambiado esto? ¿Cómo era la relación entre dos personas que pertenecían a culturas completamente ajenas como La Malinche y Cortés? ¿Por qué diablos un argentino se fue a meter en la Revolución Cubana? ¿Por qué era más fácil vivir como hombre que como mujer en el México posrevolucionario? ¿aún lo es? ¿La violencia de género trascendía famas y personalidades como la de Félix y Lara?, ¿escribir canciones lindas o poner el cuerno justifica de alguna forma dicha violencia? ¿y hoy? ¿Por qué los Rivera recibieron a Trotsky? ¿qué afinidades ideológicas existían entre ellos a pesar de su distancia geográfica? Estas preguntas no se tienen que responder a modo de cuestionario, pero una buena narración debería empujar tanto a la imaginación como a la problematización, a un intento por evidenciar todos los vínculos entre el espectador y la historia.

Parece que Drunk History no busca “explicar” con una narración más dinámica, divertida y ligera para que el público se interese, cuestione o comprenda parte su presente, sino que simplemente se preocupa por sacar una que otra risa con el pretexto de un episodio o personaje histórico. Si el relato sólo tiene como fin dar a conocer “otro lado de la historia”, entonces curiosamente cae en lo mismo que los pesados libros y las interminables clases de la disciplina: hechos sin conexión alguna con la vida del receptor.

A pesar de todos los cuestionamientos que se le puedan hacer a Drunk History en su versión latina —¿educa? ¿sirve para comprender mejor la sociedad actual o cuenta meras trivialidades?—, el programa por lo menos deja claro que los historiadores estamos haciendo algo mal. Drunk History da un paso hacia un público más amplio y pone en evidencia que los académicos rara vez hacemos propuestas atractivas y juguetonas, acompañadas de un humor que pueda ganar simpatías para la historia. Sólo que, al tratarse fundamentalmente de borrachos que intentan contar un suceso determinado, parece que se ha hecho caso al orden del título en su lenguaje original: la historia queda hasta atrás.

Los relatos del pasado está vivos y pueden ser divertidos, didácticos, móviles, flexibles – lo cual incluye su vertiente anecdotaria; no es fortuito que Drunk History haya logrado ir de un simple sketch en internet hasta un programa que ya tiene tres versiones en diferentes regiones del mundo. El reto para los historiadores es salirnos de lo convencional, traspasar las barreras disciplinarias e involucrarnos más en este tipo de creaciones para lograr que la historia sea accesible sin dejar de lado la profundidad y el carácter crítico, pues, aunque unas cuantas copas puedan ayudar, no es necesario beber de más para amenizar un relato.

One comment on “La historia hasta atrás

  1. Francisco Soto on

    No me parece acertado que se critique al programa por no cumplir con la finalidad didáctica de comprender mejor la historia, porque el programa no tiene ese objetivo, e incluso, es trasmitido en un canal que ofrece contenidos cómicos. El programa busca hacer reir utilizando hechos historicos, rompiendo su solemnidad. Diferente sería que el objetivo del programa fuera el de educar y ademas, transmitido en un canal educativo o de investigación, pues de esa forma sería cuestionable que no cumpliera con la finalidad para la que fue hecho. Dicho de otra forma, no se puede cuestionar el programa por algo que de antemano no se propone cumplir.

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