Nostalgia del videoclub

Hace un par de semanas me encontré con una noticia sobre uno de los pocos videoclubs que aún existen en Xalapa, mi ciudad natal. La nota planteaba el posible cierre de Zafra Videoteca debido a una disminución del casi 70% de las rentas. Por supuesto lo anterior no es de extrañar. Es bien sabido que entre Netflix, la piratería e internet, estos negocios que antes era habitual encontrar en cada colonia (algunos con nombres rarísimos), han desaparecido de la misma forma que la trasnacional Blockbuster.

videotape

La nota llamó mi atención no sólo porque es un lugar en el que llegué a rentar películas, sino porque la ciudadanía decidió atender el caso: le pidieron al dueño que no cerrara, pues la videoteca es uno de los pocos acervos cinematográficos que aún existen y que cuentan con una gran colección de cine internacional. A modo de solución, se creó un bono solidario: con $200 puedes rentar 20 películas. Esto con el fin de reactivar las visitas al local, que ante el cambio de la dinámica del los espectadores frente a las pantallas, se había convertido en una especie de museo a la espera de la visita especializada.

Todo esto, me hizo sentir una terrible nostalgia por los videoclubs, esos sitios que las personas nacidas después del 2010 sólo podrán ver en algunas escenas de películas y que sentirán completamente ajenos o primitivos, pero que muchos otros recordaremos con gran estima.

En mi caso, recuerdo que desde niño estuve en contacto con estos sitios que siempre me atrapaban. Mi abuelo tuvo la buena costumbre de llevarme por lo menos una vez a la semana a rentar películas al videoclub de un amigo suyo. Luego aprendí a hacerlo por mi cuenta. A mis ocho años recuerdo que ahorraba para poder rentar más películas. Me gustaba no sólo ver cine en casa, sino también la experiencia de ir a esos espacios repletos de películas donde cada carátula y título eran una invitación a alquilarlas. Lo difícil por supuesto era tomar la decisión, jugártela por una película a sabiendas de que podía defraudarte y que el dinero se sentiría perdido. Así crecieron muchas generaciones de cinéfilos, como cazadores de películas que entre anaqueles se desplazaban de un lado a otro intentando hallar pistas de que la cinta que tenían entre sus manos, era la indicada. Para esto entre otras cosas era necesario leer la sinopsis, y en una de esas, preguntarle al encargado del negocio: confiar en su palabra y en su gusto. En aquel entonces, los pósters y los trailers al inicio de cada película eran la vía de seducción.

Las idas al videoclub eran más que rentar una película. Eran un paseo, una divagación, ejercicio de análisis y de conocimiento fílmico. Una actividad familiar y de amistad. Uno podía gastarse más de media hora seleccionando cuál rentar, sobre todo cuando se iba acompañado. Entonces, se tenía que someter a votación cuáles llevar a casa. Lo peor sucedía cuando al llegar a casa y darle play, te percatabas de que la película rentada era malísima. Siempre cabía esa opción. Pero en aquel entonces, uno terminaba viendo toda la película por el viaje realizado. Hoy en día es extremadamente fácil quitarla y poner otra, en aquellos días uno aprendía a hacerse responsable de su decisión, más que nada, no había algo más que ver en el momento y las palomitas ya estaban listas. Así conocí muchas malas películas que después de todo, no me arrepiento de haber visto.

Si la nota me generó nostalgia, es porque recapitulé aquellas expediciones cinematográficas que realicé solo y acompañado. Porque recordé la facilidad con que podías hacerte de una tarjeta del videoclub (y que en ocasiones incluso podías autorizar a otra persona hacer uso de ésta). O que por ejemplo, cuando las cintas eran VHS, tenías que rebobinarlas antes de regresarlas porque había lugares que te cobraban una penalización por no hacerlo. Y por supuesto, un peligro eminente era que ésta se atorara en la videocasetera. Afortunadamente estas preocupaciones desaparecieron con la llegada de los DVDs. Lo que se mantuvo latente fue (para los que rentaban en el videoclub de la colonia y no en un Blockbuster) la preocupación por no hallar el estreno. Uno tenía que ir día tras día esperando contar con la suficiente suerte para encontrar disponible el título y llevártelo a casa.  Por esto era importante entablar amistad con el dependiente, que después de verlo a uno rondar por los pasillos semanalmente, con suerte se compadecía y te la apartaba por ser un cliente asiduo.

En la época (¿?) de los videoclubs –y esto lo digo desde la mera especulación– parece que era menor la cantidad de personas que veían películas, pues no todos estaban dispuestos a hacer este viaje y a invertir un tiempo en la cacería. Ir requería cierta voluntad que sólo a pocos entusiasmaba. Hoy el cine se ha vuelto un elemento imprescindible de la cultura pop, la gente juega a ver todas las películas nominadas al Oscar como ejercicio cultural, pero es una actividad reciente. Antes eran pocos los que se preocupaban por detectar el nombre del director, ahora es casi de mal gusto no atender a estos elementos.

Lo dicho en líneas previas es ajeno a un posicionamiento conservador, no creo que aquello sea mejor que lo actual. La llegada de las plataformas que permiten ver cine y series de TV on demand ha ayudado a crecer la industria cinematográfica al crear una relación más directa con las nuevas y viejas audiencias. Lo aquí escrito es mera añoranza de cierta actividad física que ha desaparecido y que con ella se han ido ciertas formas de relacionarse. Así Netflix también ha dado pie a la conformación de un nuevo espectador ávido de recreación, ha servido de refugio a gente que prefiere quedarse en casa, ha servido para saciar la pulsión escópica. Y si algo se le podría reprochar es que el régimen (plataforma) que presenta deja fuera contenidos que sería bueno rescatar. Si bien en el videoclub era inevitable voltear a ver de reojo ciertas áreas de películas, Netflix permite obviarlas, imponiendo cierta lógica de consumo visual que sería benéfico ampliar. Es decir, aunque frente al televisor se puede realizar una búsqueda, ésta siempre está delimitada por cierto código.

Sin duda extraño las caminatas al videoclub y todo lo que esto representaba, pero también disfruto las ventajas que la TV on demand presenta. El videoclub rescataba el instinto de caza que como animales conservamos. Los servicios brindados por internet son el apapacho a la civilización moderna, el mercado te brinda comodidad acompañada de mayor goce: puedes continuar viendo todo lo que quieras. El problema por supuesto, se presenta para la gente que no tiene internet, pues frente a la inminente desaparición del videoclub y los altos precios del cine, la opción de consumo es la piratería.

Cual especie en peligro de extinción, ahora quedan pocos remanentes de aquellos habitáculos de películas, de esos refugios de historias contadas con imágenes. Al videoclub lo alcanzó el futuro, el progreso. Hoy en día en que todavía existen unos pocos intentando respirar, es interesante replantear su importancia arquitectónica al interior de la cultura. Desafortunadamente su suerte está echada, y si alguno logra superar la muerte a través de la vida misma, quizá sea transformándose en una suerte de cineteca que funcione con financiamiento gubernamental. Lo cierto es que hacen falta más lugares que cumplan esa función. Ojalá que Zafra logre seguir de pie.

 

2 comments on “Nostalgia del videoclub

  1. JUAN DARIO MAYA BONILLA on

    Que grata remembranza de lo que vivimos todos aquellos que en nuestra juventud éramos asiduos asistentes al vídeo club. ZAFRA no está perdido del todo, no debe desaparecer sino evolucionar y para eso se necesita que todos aquellos que valoramos su acervo y apreciamos el buen cine conjuntemos voluntades y esfuerzos para un beneficio común. Saludos

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  2. A on

    Los dueños de esos videoclubs de varrio deberían de guardar su acervo. Dentro de 20 años los hispters van a pagar precios estratosféricos por videocaseteras (Las BETA van a ser el sant grial, por eso no me deshago de la mía), al igual que actualmente pasa con los viniles y tornamesas.

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