Autor: Erick López Serrano

Talentos (y segregaciones) ocultos

Las desigualdades entre grupos sociales son una realidad tan presente y apremiante como en los tiempos de la segregación estadunidense que retratan varios filmes recientes. Pero uno de los principales responsables de este hecho es visible sólo para unos cuantos iniciados.

A propósito del ocio

Los cuerpos bajo el escrutinio del sol me hicieron recordar Club Sandwich (2013), el último largometraje de Fernando Eimbcke. En ella, como en sus cintas previas, no pasa nada.

Whiplash. Ser el más grande.

Whiplash, del joven norteamericano Damien Chazelle, es un nuevo ejemplo de esa fascinación por la búsqueda de ser “el más grande”, esta vez en un entorno musical. Andrew Neiman (un cumplidor Miles Teller), el protagonista, es un retraído adolescente cuyo compañero de butaca en el cine es su padre. Solitario, su anhelo radica en convertirse en el mejor baterista, superar el virtuosismo de su admirado Buddy Rich. Su ingreso a una reputada academia musical es un paso en ese sentido, pero el punto de quiebre lo representa su maestro, un obsesivo (interpretado por un J.K. Simmons verdaderamente temible cuyo trabajo le ha granjeado el globo de oro y una nominación al Oscar) que en aras de la perfección no duda en masacrar el ánimo de los muchachos.

Boyhood, en busca del tiempo que nos pierde

¿Puede haber hoy en día algo mas atípico dentro de la industria cinematográfica que tomarse 12 años para filmar una película? No sólo se trata del proceso de germinación y lento desarrollo de una idea, sino literalmente el de ir conformando secuencias de forma gradual y sostenida a lo largo de mas de una década. El pretexto para el norteamericano Richard Linklater es la siempre conflictiva transición de la niñez a la adolescencia-juventud. Así, podemos atestiguar el paso de la vida no solo en Mason, el protagonista, sino también en su hermana y, aún más, en los padres interpretados por Patricia Arquette y Ethan Hawke.

La gran belleza

La inestabilidad de tintes belicosos en Ucrania constituye, entre muchas otras cosas, un nuevo recordatorio de que el proyecto europeo pende de un hilo.