The Artist o Hollywood no es profeta en Hollywood

De arranque, lo obvio: The Artist sí es una gran película. Todos los premios y alabanzas que ha recibido son justos y necesarios. The Artist es un filme arrojado sobre dos de las transformaciones más definitorias en la historia del cine: el paso a las películas con sonido (aquél dado primero por The Jazz Singer en 1927) y el nacimiento de los musicales, aquél cuya bandera cargaron Fred Astaire y Ginger Rogers y que tanto dinero añadió a las arcas de los estudios en plena Gran Depresión. Filmada en blanco y negro, The Artist reflexiona sobre la ontología del cine mismo, sobre aquellas realidades creadas por imágenes y desde la década de 1920, con sonido. El filme del director Michel Hazanavicius (París, 1967) es, además, una celebración para Hollywood, verdadera fábrica de sueños y pesadillas (aquí viene bien el cliché)  en que las caídas en desgracia son tan precipitadas como el ascenso a la fama. La historia de rivalidad profesional y amor discreto de George Valentin (obvia referencia a Rodolfo Valentino, interpretado por Jean Dujardin) y Peppy Miller (extra del cine mudo convertida en luminaria de los talkies; una efervescente Bérénice Bejo ) es  una mirada nostálgica a una era en que el cine era aún percibido como una máquina fantástica (hay aquí parangones con la despampanante La invención de Hugo Cabret, de Martin Scorsese). Entonces, el público se emocionaba con recursos audiovisuales mínimos, mucho más difíciles de perfeccionar que los actuales espectáculos 3D, complejas envolturas de cajas por lo general vacías. Sin temor a exagerar, puedo decir que The Artist forma un díptico perfecto con la obra maestra de Billy Wilder, Sunset Blvd., que también es una oda a la era de Fairbanks y Lloyd y el Valentino original.

¿Pero por qué viene a colación el título de esta entrada? Porque The Artist es una cinta francesa y belga, y no podía ser de otra manera. Resultaría casi imposible que un filme como este naciera en Hollywood, donde lo que reina es el futuro, el mentado progreso. Desde hace décadas, en Europa los entusiastas e intelectuales han realizado una minuciosa labor de arqueología cinéfila y han sacado del olvido a clásicos hollywoodenses, encontrando cualidades artísticas en géneros como el western y el más pernicioso noir, y reconociendo la capacidad expresiva del cine mudo, olvidado en Estados Unidos. En la década de 1960, los enfants terribles de la Nueva Ola Francesa se deleitaban con el cine de Keaton y Chaplin, y veneraban con un ímpetu casi religioso al viejo cine hollywoodense, desacreditado casi en Estados Unidos pero considerado por los Truffauts del mundo como el cine en su estado más puro. Los europeos han sabido dar valor al Hollywood clásico como una institución creadora de mitologías. Uno de los gigantes de la filosofía continental del siglo XX, Gilles Deleuze, incluso escribió un par de libros sobre la imagen cinematográfica, donde reconoce que el cine de los grandes estudios fue en gran medida responsable de labrar una nueva manera de experimentar la realidad. Esto es algo que Hollywood, tan ensimismado, no ve y no reconoce (salvo en contadas excepciones, como la de Scorsese). Resulta irónico y magnífico que una pequeña cinta francesa, cuya distribución internacional corre a cargo de los renegados de la industria (Bob y Harvey Weinstein), venga a recordárselos. –César Albarrán Torres (@cesar_pescado)

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