Theo Angelopoulos (1935-2012): En el principio fue el viaje

Aquella mañana veraniega de mediados de la década de los 1990 entré a la Cineteca Nacional para ver La mirada de Ulises (1995), filme que había ganado el Gran Premio del Jurado en Cannes –de manera un tanto injusta, pues merecía la Palma de Oro por sobre Underground de Emir Kusturica. La persona que entró y salió de esa sala no fue exactamente la misma: frente a ella, mi yo de entonces 19 años, se había desplegado la historia de A (Harvey Keitel) y su afanosa búsqueda por las películas de los hermanos Manaki.  Y hubo algo en esa pesquisa que me intrigó y que a la fecha ronda mi mente, pues yo, al igual que A, me enfrentaba a una búsqueda personalísima.

La mirada de Ulises es la obra maestra de Theo Angelopoulos. En ella el director griego nacido en 1935 no sólo ofrece una versión moderna de la Odisea, sino que sintetiza en 176 minutos la historia reciente de los Balcanes. Sus magníficos retablos y plano secuencias nos recuerdan que en la vida, así como en el cine, la capacidad de experimentar el mundo como si fuese la primera vez y de traer sin miedo a la memoria las emociones que nos marcaron—recordemos a A viendo por el viewfinder una escena de los Manaki o a Alexandre, el protagonista de La eternidad y un día (1998), contemplando la fotografía de su esposa—es uno de los pilares de una existencia en perenne travesía, pues nos devuelve la fe y nos permite continuar el viaje.

Más allá de la búsqueda y el autodescubrimiento, Angelopoulos ofrece en cada filme un homenaje a los clásicos griegos y un redescubrimiento del cine como poesía. La cotidianidad a través de su cámara se nos presenta tanto como una celebración a la vida como al dolor que nos produce el sabernos siempre fragmentados.

Hay un deje de ironía en la muerte de Angelopoulos, quien terminó su viaje el 24 de enero de 2012, cuando fue atropellado cerca de la localidad donde filmaba The Other Ocean, cinta que daría fin a la trilogía que inició en 2004 con The Weeping Meadow y que ahora quedará inconclusa.  Tal vez en cierto número de años, algún joven cineasta leerá que Angelopoulos trabajaba en su última película antes de fallecer y se embarcará en una búsqueda igual a la de A. Mientras tanto yo escribo desde el exilio y sigo buscando aquello que me persigue desde que vi La mirada: la carta que mi padre posiblemente nunca me escribió antes de fallecer. –María Gabriela Muñoz

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