Kevin III: la grandeza actoral de Spacey

Desde que lo vi por primera vez como el asesino confeso de los seis primeros asesinatos capitales en Se7en (David Fincher, 1995), supe que tras la mirada de Kevin Spacey se encontraba un actor de altos vuelos, de esos que se dan una o dos veces en cada generación. Al rol del devoto criminal le siguieron papeles que lo consolidaron en Hollywood, como los de Los Ángeles al desnudo (Curtis Hanson, 1997), Medianoche en el jardín del bien y el mal (Clint Eastwood, tambien de 1997) y finalmente Belleza Americana de 1999, por el que se llevó el Oscar bajo la dirección de Sam Mendes. Sin embargo, tras interpretar a Lester Burnham, el epítome del tipo suburbano y aburrido, su carrera fílmica, aunque estable, ha transcurrido en una cómoda aunque ligera mediocridad. Por más de diez años he esperado a que Spacey explote en la pantalla con un nuevo Lester, pero en cambio me ha dado o pena ajena (su Lex Luthor en Superman regresa) o franca indiferencia (Casino Jack). Pero ayer Kevin volvió a subir en mi lista de actores favoritos: en una noche lluviosa en Sydney, presencié durante cuatro horas cómo construía sobre el escenario del Lyric Theater a uno de los personajes más complejos que cualquier actor podría construir: Ricardo III. Bajo la dirección, precisamente, de Mendes, Spacey ocupa el escenario con un cuerpo deforme y una voz que, contrario a otros Ricardos teatrales o fílmicos (pienso en Ian McKellen), guarda cierto sentido del humor, cierta cualidad de jester. Spacey reina sobre un escenario construído de manera minimalista y con guiños a una estética cinematográfica. La obra, adaptada a inicios del siglo XX, es un dechado de economía de recursos, lo que permite que Spacey arrastre su pierna, su joroba y su lengua ponzoñosa. Ricardo se convierte en Iago. Al final, ya muerto el cruel monarca, el cuerpo de Spacey yace flácido sobre el escenario y luego es colgado de los pies. Spacey muestra un control total sobre su anatomía: es un cadáver creíble, cosa que no ha de ser nada, pero nada fácil. –César Albarrán Torres (@cesar_pescado)

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