Señor Klein, detective de sí mismo y clásico francés

Como parte del homenaje a Jeanne Moreau, fallecida hace un mes, y dentro del ciclo de cine francés del IFAL, volvemos a uno de los thrillers clásicos del cine francés.


Monsieur Klein (Francia, 1976)
Director :
Joseph Losey
Género : Drama histórico, Thriller
Guión : Franco Solinas
Duración : 123 minutos
Elenco : Alain Delon, Jeanne Moreau, Francine Bergé

“Permitan que, por el momento, me presente como William Wilson, pues mi verdadero nombre ya ha sido objeto de desprecio, de horror y de odio en el mundo entero.”1
—“William Wilson”, Edgar Allan Poe

¿Qué harías si, de la noche a la mañana, fueras perseguido por la policía porque tienes el mismo nombre que un sospechoso criminal? Esta premisa, que da inicio al tema del doble y la búsqueda de la identidad, se despliega con gran maestría y sutileza en Señor Klein, una película sobre la confusión y el dolor vividos durante la segunda guerra mundial en París.

Filmada en 1976, época de viva colaboración cinematográfica entre Europa y Estados Unidos, Señor Klein fue dirigida por el norteamericano Joseph Losey, escrita por el italiano Franco Solinas, y protagonizada por los franceses Alain Delon —galán del momento— y Jeanne Moreau —fallecida el 31 de julio pasado, predilecta de grandes realizadores como François Truffaut, Michelangelo Antonioni y Louis Malle.

La ocupación alemana estableció una brutal normativa que invadió todos los aspectos de la vida en el Paris de los años 40. Sin embargo, su presencia se instaló como un fantasma indeleble que pretendía no alterar en nada el ritmo normal de la cotidianidad. Bajo ese marco, la existencia de un individuo podía cambiar de la noche a la mañana con la simple sospecha de algún antecedente o vínculo con la comunidad judía. La historia de Robert Klein no sólo se perfila como una fábula que recrea este infortunio, sino que además encarna el profundo conflicto de identidad que embargó a toda la comunidad europea durante la guerra. El director Joseph Losey materializa dicho conflicto al dar cuenta de los tenebrosos y obtusos exámenes físicos que realizaba el cuerpo médico Nazi con el fin de determinar una tipología semita y cazar a la población judía de Europa.

El trabajo de puesta en escena, decoración y ambientación es impecable. No cabe duda de que nos encontramos en el París de 1942, con su prominente halo de belleza y opulencia, pero también con toda la angustia y el profundo temor que penetró hasta la médula en el corazón de sus habitantes.

El guión de Franco Solinas desarrolla una estructura policíaca bastante clara que se despliega bajo la poética de la identidad de Ciudadano Kane: tratamos de descubrir la identidad de un hombre bajo distintos ámbitos de su personalidad. El espectador siente la sombra que persigue a Robert Klein y lo controla como si lo conociera perfectamente, como si supiera cuáles son sus pecados y manipula todas las personas y situaciones a su alrededor para castigarlo lenta e implacablemente. El célebre proverbio según el cual “No hay peor juez que uno mismo” cobra en esta cinta todo el sentido individual e histórico de la humanidad. De hecho, en ocasiones la película funciona como una cinta de terror muy sútil en donde todo el universo se confabula en contra del protagonista, así como sucede en las tragedias griegas en las que la fuerza del Destino está por encima de la voluntad de los dioses.

Cerca del final, el señor Klein realiza un revelador alegato: “Ya no tengo hoteles, ni restaurantes, ni bares. Confiscaron mis muebles y mis obras de arte. Ya no puedo vender ni comprar. ¡Qué miserable me han hecho!”. Esta lamentación bien podría aplicarse a cualquier prestamista judío acusado de abuso y usura. Este es el punto culmen en donde el protagonista descubre que su culpabilidad no puede ponerse en tela de juicio de la misma forma en que Edipo, detective de sí mismo, se descubre agente y víctima de su propio crimen.

 

Camilo Rodríguez
Escritor y consejero editorial en Éditions Maison des Langues.


1 “Let me call myself, for the present, William Wilson. I am ashamed to tell you my real name, which is known and hated all over the world”, dice el texto original de Edgar Allan Poe.

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