Game of Thrones, temporada 7, episodio 7: The Dragon and the Wolf

En teoría sólo debería escribir sobre el capítulo de final de temporada de Game of Thrones. Sin embargo, creo que es imposible lograrlo sin hacer un balance de los seis capítulos previos: ¿Cómo definiría los 441 minutos de metraje de esta temporada? Fácil: amor y costumbre. Y estos dos conceptos quedaron más claros en este cierre de temporada.

Como sucedió en capítulos previos, “The Dragon and the Wolf” fue una experiencia vertiginosa: la resolución o planteamiento de muchas incógnitas, sin duda, elevaron las endorfinas de millones de espectadores. David Benioff y D. B. Weiss lo hicieron de nuevo: a pesar de tener menos giros de tuerca, la inminente llegada de los Caminantes Blancos pone la antesala a una octava temporada que, con seguridad, estará aderezada de muerte, traición y guerra, la esencia natural y primigenia de la serie.

“The Dragon and the Wolf” es el inicio del final que, a pesar de sus toques telenovelescos, dio una buena dosis de fan service al confirmar el origen del bastardo del Norte, y la escena de él y Daenerys en la cama (con un muy posible embarazo). Fuego y hielo unidos aunque la presencia de Tyrion nos recuerda que esto es Game of Thrones. Si no hubo lugar para la unión de Rhaegar y Lyanna, ¿lo habrá para la de ellos?

Éste no es el único ejemplo de las resoluciones previstas: Jaime abandona a Cersei, escogiendo el camino del honor y menguando la maldad colectiva Lannister, pero la decisión acentúa el dolor que invade a la Reina, sellando un destino que va mezclando locura y obsesión, dos enfermedades que la hacen ignorar lo evidente: los muertos vivientes existen y en el invierno, la herencia y el poder no son nada.

Sin el carácter irresoluto de Cersei la reunión de los personajes principales hubiera sido imposible: esperamos seis temporadas para que ella, Daenerys, Jon, Jaime y Tyrion compartieran un mismo espacio y juraran luchar juntos en la Gran Guerra. Una vez más, la actriz Lena Headey demuestra una fascinante encarnación de la ira y la oscuridad.

Es claro: en Game of Thrones la unión lo es todo. En los momentos de oscuridad, la luz proviene del esfuerzo colaborativo que ya se fijó, por ejemplo, entre Daenerys, Jon y sus aliados, y ahora en el Norte, la manada tenaz, fuerte y sobreviviente surge a través de Sansa y Arya: la gobernante y la ejecutora, las dos mujeres Stark, líderes de su familia, que graban en la memoria “El Norte recuerda” en una escena que recupera la vieja narrativa Game of Thrones: impredecible, sanguinaria, fría. ¿Qué harán cuando el ejército de los muertos llegue a Invernalia?

Esta pequeña dosis de añoranza por el Game of Thrones brutal y sádico nos hace cuestionarnos una y otra vez qué ha sucedido con la abrumadora velocidad de cada historia (Tyrion y Davos haciendo un intrépido viaje a Desembarco del Rey en “Eastwatch”, por ejemplo), ¿deberíamos reprocharle una y otra vez a Weiss y a Benioff? Todos y cada uno de los fans comenzamos una relación de amor con ambos creadores desde el capítulo 1 y, como suele suceder en el amor, la pasión inicial se va diluyendo para después, a pesar de los errores, mirarlos a través de la costumbre. Suena horrible, lo sé, pero al margen de sus descalabros narrativos, domingo a domingo —a pesar de las filtraciones— prendemos nuestra tele y nos dejamos llevar.

Quizá sin saberlo, hace mucho firmamos un contrato libre con HBO que no nos obliga a quedarnos, a mirar una serie que puede decepcionarnos, que ya no sigue los libros, que es predecible, complaciente… y que a pesar de esto, es sin duda un monstruo de televisión. Sí, televisión, ¿por qué dicen que ya no aspira a alcanzar una producción cinematográfica? ¿Alguna vez la serie ambicionó eso? Regreso: es como el amor, siempre colocamos altas expectativas en una moneda que no deja de girar en el aire.

Creo que pocas producciones audiovisuales nos han dado la ferocidad de un dragón o el horror de un ser desconocido de ojos azules. Recuerdo cuando veía Mad Men y muchas personas la consideraban una serie muerta en su temporada cinco. Posiblemente ya no tenía el encanto impredecible del mundo de Don Draper y por el contrario, de todo ese universo, cada personaje comenzó a destacar desde su individualidad. En el caso de Game of Thrones, es probable que ya no tengamos el desarrollo de una guerra en tres capítulos, o la historia de un personaje a lo largo de una temporada: ahora, aunque nos sea difícil, es posible disfrutar a cada uno desde esta individualidad, en el último tramo de su desarrollo dramático. A veces es difícil ver a los niños crecer.

Estoy segura que cuando se acerque la temporada final volveré a tararear el intro de Game of Thrones, que me emocionaré, enojaré, gritaré y, a pesar de todo, seguiré creyendo que proyectos como estos son los que valen la pena, los que van más allá de la pantalla y crean comunidad, críticas y un espacio en la historia.

 

Arantxa Luna
Twitter: @mentecata_

 

Deja un comentario