Game of Thrones, Temporada 7, Capítulo 4: The Spoils of War

*Spoilers

El capítulo del domingo fue, como casi todos los episodios de esta temporada, una ventanilla de cobro para los fans de la serie que han ido invirtiendo tiempo y esfuerzo, tanto mental como sentimental, en un show de televisión que sostuvo seis temporadas con promesas de trama.

El problema es que ahora tienen dos temporadas para cumplir esas promesas y culminar la historia. Los fieles seguidores no aceptaran un solo cabo suelto en este increíble circo de mitología medieval. Y me equivoco al decir que es un problema, porque en realidad es un augurio de que nos vamos a divertir mucho las siguientes semanas y más aún cuando llegue la última temporada.

Por lo pronto, el Capítulo 4: Los despojos de guerra, inicia con muchos encuentros que se hicieron esperar mucho tiempo. Increíblemente, la mayoría de los jóvenes Stark se reúne en su hogar ancestral, Winterfell: Aria se para frente al portón de su casa y convence a un par de inútiles a dejarla pasar. El reencuentro entre Aria, Bran y Sansa es tierno, pero a la vez complicado porque, aunque es evidente que la nostalgia los une como hermanos, ya son extraños el uno para el otro. La dirección y la actuación están perfectamente afinados para proyectar este dilema. Sus odiseas no han sido en vano. Si lo analizamos, el que menos ha cambiado es Jon: un buen tipo al principio y uno ahora.

Otras conversaciones llenas de implicaciones son las de Bran con Littlefinger y Bran con Meera. En ellas, los creadores nos revelan un poco más del personaje en que se transforma Bran: el Cuervo de Tres Ojos. Al momento de devolverle su frase a Littlefinger, “Chaos is a Ladder”, es evidente que Bran ha visto mucha más historia desde su regreso a Winterfell. En su despedida con Meera también revela que ya no es el mismo de antes. Bran no escapó de la cueva.

Mientras tanto, en Dragonstone también hubo momentos interesantes. Jon llama a Daenerys a una reunión en una cueva, donde lamentablemente solo ven algunas pinturas rupestres creadas por los Niños del Bosque. En las imágenes queda claro que los Primeros Hombres y los Niños del Bosque lucharon juntos contra los Caminantes Blancos. Daenerys finalmente le cree a Jon, pero por algún motivo decide presionarlo a que se someta a su mandato. Los delirios de poder empiezan a afectar a la Madre de los Dragones. Cuidado.

A medio capítulo, cualquiera podría pensar que el episodio sería tranquilo, lleno de conversaciones importantes y nuevos planteamientos para la segunda mitad de la temporada, pero dicha suposición es para novatos. GOT no es una serie con punto muerto. El encuentro icónico entre Theon y Jon en la playa pudo ser un momento crítico en la serie, pero resulta ser una excusa para revelar que la reina se ha ausentado. El cambio de escena a Jaime dirigiendo al ejército que regresa del recién conquistado Highgarden anuncia una batalla épica.

El sonido de caballos a galope va incrementando poco a poco. Jaime y Bronn atisban al primer jinete Dothraki y comienzan a ordenar sus tropas. Los desorganizados salvajes tendrían problemas en contra del disciplinado ejercito Lannister, pero justo cuando Jaime piensa que pueden contener la oleada, del cielo surge Drogon montado por Daenerys. El poder del dragón es evidente y la batalla es una masacre. El arma diseñada para matar dragones es insuficiente.

Toda la batalla es una tarea titánica de filmación y guión. Pocas películas de estudio logran el nivel de detalle en secuencias que GOT repite una y otra vez. Existe una tensión palpable en el encuentro entre dos personajes icónicos de la saga y aunque eso sería suficiente, la aparición del dragón es un extra insuperable.

El capítulo es impecable. Es una hora de televisión tan entretenida que es prácticamente lo único que uno no debe perderse en la semana.

Es difícil criticar GOT, pero si tuviera que mencionar algo que me parece curioso es que han perdido un poco el ritmo de violencia impredecible. No me refiero a la brutalidad en sí, aunque esta temporada sí ha mostrado menos sangre. Lo que ha disminuido es el índice de mortalidad entre los personajes principales. En temporadas previas ya hubieran muerto tres o cuatro personas preferidas por la audiencia. Eso anticipé cuando Jaime cargó contra Drogon y Daenerys. Imaginé una muerte gloriosa, la oleada de comentarios en redes sociales, la crecida de los ríos de tinta digital despachada desde teclados manchados por lágrimas, pero en el último segundo se salvó.

No es un problema grave. Estoy seguro que se avecina la muerte de decenas de protagonistas y no es que me haga falta, preferiría que mis personajes favoritos sobrevivieran, pero ese no es el estilo de GOT. Falta mucho para llegar al final.

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