La narcoserie El Chapo: pedirle peras al olmo

La nueva serie sobre el capo mexicano busca proponer una crítica social y política de nuestro país, pero falla al querer mostrar dos rostros de una misma cara demasiado ambigua: la violencia del narcotráfico y la del Estado.

El pasado mes de junio se difundieron por Netflix los primeros 9 capítulos de la serie El Chapo que fue estrenada el 23 de abril por la coproductora de la serie, Univisión. Desde enero de este año, los medios especializados habían dado la noticia de la serie, lo cual generó una expectativa enorme. No es la primera vez que el “Chapo” aparece como personaje en la pantalla. Por ejemplo, también la narco-serie “El Chema”, que concluyó hace unas semanas, relata la vida de Guzmán desde la ficción biográfica; o el año pasado, justo en la misma semana de su recaptura, apareció la película Chapo. El escape del siglo, como parte de un extenso listado entre películas, documentales, capítulos de televisión que han abordado distintos aspectos de la vida del capo.

El Chapo —filmada en Colombia— es una narco-serie que tiene los elementos característicos de este tipo de narrativas, como el peso central de los “señores del narco”, para usar el título del famoso libro de la periodista Anabel Hernández (2010), quien por cierto nos presenta una imagen muy distinta a la del “chapo” psicoanalizado y victimizado de la serie, y en su lugar nos advierte de un individuo despiadado y sanguinario que valora muy poco la vida de las personas.

Algunos de los rasgos de la serie son los típicos códigos de la violencia explícita que aparecen en muchos materiales sobre narcotráfico. Sin embargo, si obviamos la guerra de tiros, pistolazos y caídos por un fuego cruzado así como imágenes de sangre por acciones violentas, podemos decir que El Chapo se queda en un régimen que no abusa de este recurso para atraer a la audiencia.

Realidad y ficción
Uno de los temas para la discusión de este tipo de materiales es el complejo intersticio entre los hechos reales y la dosis de ficción que se incluye en cada serie. Desde hace unos años y por la abundancia de publicaciones y noticias, todos nos hemos vuelto involuntariamente expertos en historia reciente del narcotráfico en México; así circulan en nuestra ecología mediática desde historias y anécdotas, hasta relatos que gozan de amplísima presencia editorial como el mencionado libro de Hernández, entre muchísimos más. El narcotráfico es un indudable tema de venta y consumo que todos los medios explotan al por mayor, cuanto más si la historia que se proyecta se presenta como real, aunque no lo sea.

En muchos materiales audiovisuales sobre narcotráfico (series, películas, telenovelas, etc.) es común que se incluya, al inicio de cada segmento, un aviso para advertir a la audiencia del estatuto de la película o serie, por ejemplo que ésta se “basa en hechos reales”. En prácticamente la mayoría de las narco-series viene algún tipo de advertencia o comentario. En el caso de El Chapo, el comentario inicial en cada capítulo precisa que “el siguiente programa está inspirado en la realidad y se trata de eventos noticiosos” aunque “ciertos personajes secundarios y eventos son ficticios, y han sido creados por efectos dramáticos, lo cual es necesario para contar esta importante historia”.

Hay que decir, por otra parte, que este tipo de aclaraciones son frecuentes (como aparece en la misma película Chapo. El escape del siglo) pero tampoco son gratuitas porque indican un tipo de “contrato de lectura” en la recepción audiovisual y justifican el libre trastrocamiento entre lo “real” y lo “ficcional”, dejando a la información del televidente la discriminación del grado de veracidad de lo que va ver.

Matar al padre
En la narco-serie El Chapo se pueden destacar tres grandes temáticas. La primera de ellas, de sesgo freudiano, opera un poco en el proceso de aniquilamiento simbólico del padre y su desiderátum con respecto a que el “héroe” nunca llegará a ser quien quiere ser. Es el sujeto psicoanalítico que se enfrenta a sí mismo, a sus atavismos y condicionantes representados por esa relación de poder con el padre. En esta serie, el padre de Guzmán Loera no opera como aliciente del futuro capo, sino al contrario, le vaticina que nunca va lograr llegar a ser de los “grandes” como anhela su hijo; en lugar de “mandar” al héroe a lograr su sueño, formula una especie de contra-destino (si vale el término) que acompaña al personaje y que quizá es parte del placer oculto que puede sentir el espectador, sobre todo en los primeros capítulos, al atestiguar cómo dicho destino no se cumple y el héroe comienza a sortear exitosamente todos los obstáculos del negocio.

En la serie, Guzmán (interpretado por el actor Marco de la O.) no puede llegar a despedirse del padre moribundo porque atiende el primero de sus grandes proyectos, pasar la droga desde Colombia a EE.UU. en menos de 48 horas. Finalmente, cuando logra llegar a su pueblo de origen, su hermano desde el umbral de la habitación y le recuerda ese (contra) destino que el padre le profiriera, antes de morir, a su hijo mayor cuando éste abandonó el hogar siendo adolescente. Estamos, pues, ante un reto puramente simbólico.

El poder es la gloria
Un segundo tema atraviesa la exploración del poder y de su actitud principal: la avaricia, asociada al odio a obedecer y a la pasión por el don de mando. Esto aparece ciertamente en el personaje del “Chapo” pero sobre todo en el co-protagonista, un personaje ficcional llamado “Conrado” o “Don Sol” (actuado por Humberto Busto) que nos puede recordar remotamente al otrora temible ex asesor de Salinas de Gortari, Joseph Marie Córdoba Montoya.

Hay un claro cruce de personajes entre el protagonista y el co-protagonista: al conocerse, “Conrado” está iniciando su carrera como asesor personal del Secretario de Defensa, y el “Chapo” comienza su consolidación como “Patrón” en una supuesta reunión de capos con el gobierno en Acapulco. Al reencontrarse hacia el final de la serie, ahora el Chapo es prisionero y la situación inversa: “Don Sol” es el enlace del presidente Salinas de Gortari y observa desde “arriba” al criminal preso. Si bien las semejanzas entre estos personajes son claras, hay algunas diferencias que conviene considerar: Mientras que “Conrado” es un individuo maquiavélico y constantemente traicionero, el “Chapo” Guzmán en ocasiones parece más una víctima de la traición que el sanguinario individuo que los reportajes nos han contado de él. Más aún, este “Chapo” es una persona que frecuentemente puede “caer bien”: amigo de sus amigos, defiende a los suyos, es estratégico, es condescendiente con su lugarteniente Toño, le gusta la fiesta, etc.

Estado y narco-Estado
Hay un tercer gran tema. Como es frecuente en estas narco-narrativas, una parte de su éxito se puede explicar por esas seudo-denuncias de corrupción contra el Estado y sus funcionarios. De alguna forma el Estado parece tener una configuración análoga a los modos de operación del narcotráfico. Una de las varias escenas donde podemos ejemplificar lo anterior es en el flashback en que el capo, desde un gran close up, con un rostro somnoliento, encerrado en su celda, recuerda la primera fiesta a la que asistió ya como miembro de la mafia. Ahí, uno de sus compañeros le señala cómo departen felizmente miembros del gobierno, de los militares, de la DEA, etc., como si todos fueran parte de una misma organización: “allá están los de la DEA”, “allá están los militares que nos cuidan los cultivos”, “allá están los políticos, esos son los peores”.

Aparte de esta mímesis Estado-narcotráfico también vemos, paradójicamente, al Estado como incorruptible y hermético. En muchas secuencias del último tercio de la temporada, ambientada en la prisión de Almoloya (aunque en realidad Guzmán estuvo en Puente Grande), asistimos a una caracterización anticlimática del “Chapo”. Vemos un Guzmán Loera víctima y victimizado, aislado en su mundo interior, alejado del poder que llegó a tener y casi arrepentido, tras uno de los encierros severos en un cuarto aislado denominado “los acolchonados”.

Víctimas y victimarios
¿Hace esta serie una apología del narcotraficante sinaloense? No se trata de responder directamente sino de analizar qué códigos o regímenes de representación se usan en estas producciones para criticar o no al narcotráfico, a los “señores”, al Estado, a los sicarios, etc. En esta primera temporada, vemos su ascenso, conocemos algunos de sus atavismos, su gelatinosa moral además de esa historia que va desde la pobreza original hasta el poder y la autosuficiencia que el “Chapo” llega a alcanzar. Ahora bien, hay algunos matices en la representación del capo: a diferencia de las excentricidades en la construcción audiovisual de algunos narcotraficantes en series y telenovelas, aquí identificamos a un “Chapo” ciertamente en su uso de poder pero, salvo pequeñas escenas —como la breve secuencia en que se le muestra en un avión, acompañado por un conjunto musical, y va tomando champagne con su socio el Güero Palma—, no hay exageración de los signos tradicionales de la narco estética como joyas, pistolas con incrustaciones de oro o leopardos en el jardín de la casa. Nada que ver con los relatos periodísticos que daban fe de su peligrosidad y capacidad omnímoda de corrupción cuando el capo fue recapturado de manera espectacular el 8 de enero de 2017, y que dio rienda a las más diversas especulaciones sobre su huida-recaptura. Dentro de esa edificación del mito, cabe también recordar como parte del anecdotario la polémica entrevista, que por mediación de la actriz Kate del Castillo, realizó el actor Sean Penn al capo en octubre de 2015 y apareció en la revista Rolling Stone pocos meses después. El contexto se azuzó cuando, previo a la recaptura del “Chapo” del 8 de enero de 2016, todas las instituciones del Estado buscaban al criminal mientras los actores departían con él y se tomaban fotos. A la postre, la victimización pesó como estrategia de representación pública no solo sobre el “Chapo”, sino sobre la actriz que ahora también se presenta como víctima de un Estado que la hostiga. Eso dejó ver, por lo menos, en la denuncia que hizo el pasado 29 de junio ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) contra el Estado mexicano por violación a sus derechos civiles y por la falta de justicia para su caso.

La serie tal vez intenta, como lo advirtiera el actor Marco de la O., tomar distancia de la caracterización del “héroe”. No se trata de representarlo como tal, se ha dicho. De hecho, en el aviso entrada que arriba transcribimos presupone la caracterización del “Chapo” como “criminal”; no obstante, y aquí viene una de las contradicción de esta narco-serie, en lugar de presentarlo como el individuo peligroso que era y fundamentar su criminalidad, tenemos a un “Chapo” constantemente humillado, fruto de traiciones por parte del narco-mundo, del ejército guatemalteco, castigado injustamente cuatro meses en el peor de los confinamientos.

Esta y muchas otras narco-series “quedan debiendo”, y por mucho, una mirada más integral del fenómeno del narcotráfico, lo que obviamente no interesa ni está en los objetivos de quienes producen estas series. “Pedirle peras al olmo” podría decirse, ya que el sentido original de estas productoras y plataformas es comercializar usando temas (ahora globales) de difusión dominante como el narcotráfico, y en donde divulgar una perspectiva más ciudadana, el reconocimiento de otras voces o relatos del narcotráfico sencillamente es algo que ni se intenta. Así como primero con Narcos, una de las series más vistas en 2015, año de su lanzamiento, ahora Netflix ha querido capitalizar la figura del capo en declive y hacer de él más que una apología directa, una especie de víctima del padre agresor, de la pobreza, de las traiciones internas y, también, de la ambición del Estado depredador representado por el coprotagonista. El que “Don Sol” sea un personaje de ficción permite justamente confirmar ese doble movimiento donde se tambalea la ficción contra los constantes guiños a los hechos, clips, imágenes y ambientación históricas. En medio de estos senderos que se bifurcan, se encuentran y luego se abren nuevamente, la versión de El Chapo permite incluir tesis que intensifican el contenido dramático histórico que reverbera en la serie, sobre esa imbricación entre el estado corrupto y el narcotráfico, todo ello igualmente ayuda a visualizar una imagen del Narco-Estado, pero es imposible no sentir empatía por este personaje. Al parecer su único defecto es que solo quería ser El Rey.

Tanius Karam
Investigador y profesor de comunicación de la UACM.

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