“Nolite Te Bastardes Carborundorum”

El cuento de la criada
(The handmaid’s tale)
Estados Unidos, 2017.

Creador: Bruce Miller
Género: Drama, ciencia-ficción (serie de TV)
Guión: basado en la novela homónima de Margaret Atwood; Nina Fiore y Joh Herrera
Elenco: Elisabeth Moss, Yvonne Strahovski, Max Minghella, Amanda Brugel, Joseph Fiennes

 

 

Una caja musical con una bailarina en su interior. Bella, inofensiva. El regalo que cualquier niña puede tener en su buró, junto a su cama. La bailarina con tutú rosa gira sin parar mientras June (Elisabeth Moss) la observa. Esta cajita es su compañera de soledad y la representación perfecta de su encierro, de la violencia que la aplasta: la muñeca que baila cuando alguien más le da cuerda, que no tiene voluntad. June también mira al exterior, a la calle vigilada, a las cámaras que saben todo. Bienvenidos a Gilead, el lugar en donde las mujeres son eso, muñecas en una caja de madera.

Hace 32 años, en 1985, la escritora canadiense Margaret Atwood escribió en El cuento de la criada sobre un mundo “extraño”, opresivo y ficcional, uno en donde un golpe de estado transformaría al mundo en un lugar que busca “la purificación” de su sociedad a través de una estructura patriarcal: el hombre, el Comandante, decide y trabaja, sus esposas, vestidas de azul, son amas de casa y la criada, su criada, da a luz.

Por más ficcional que resulte, esta descripción de la sociedad nos parece cotidiana, conocida. Atwood no necesitó crear monstruos con escamas, colmillos y deformidades para asegurar que el miedo paralice porque 32 años después, en pleno 2017, su historia es nuestra historia y su relato toma vida en un producto audiovisual necesario e indispensable ahora, en nuestro presente: El cuento de la criada, una producción de Hulu y adaptada a la televisión por Bruce Miller, se perfila como una de las series más sobresalientes de este año y que da empuje a las discusiones en torno a la figura femenina.

June tiene que sobrellevar un cambio avasallador. Un día, despojada de su profesión, de su familia y su identidad, adquiere el nombre de Defred (Offred en inglés) y junto a millones de mujeres más, se convierte en una “criada”, una fantasmagórica figura vestida de rojo que está destinada a ser el vientre que engendre a las nuevas generaciones de Gilead. El mundo es un mundo devastado, al límite: no nacen niños y, como en la Alemania nazi, hay lugares, las Colonias, en donde son enviadas las personas “inútiles”, “peligrosas”, que no encajan.

Como cualquier estado totalitario, Gilead es vigilado 24/7 por una fuerza armada, asesina y, con una normalidad asfixiante, parece que el mundo ve a esta nación como una nueva manifestación del hombre por sobrevivir. Nadie hace nada y entre todo el horror, June y sus compañeras tendrán que sortear los castigos, las violaciones disfrazadas de ceremonias religiosas, la soledad y el dolor.

Este mundo distópico es recreado con maestría por Miller y su equipo: cinco directores que hacen de la serie una rica oferta de estilos audiovisuales pero que, al final, se conjugan bajo el sello de la fotografía de Colin Watkinson, un trabajo sofisticado que envuelve con sus tonalidades rosadas y grises la decadencia de lo indescifrable. Este mundo es atemporal, antiguo, moderno, crudo, en ruinas, un paraje que es construido con un diseño de arte preciso y sencillo pero dotado de un poder simbólico avasallador: el color del vestuario señala la posición de cada uno en la línea de supervivencia y el rojo, por desgracia, alerta, señala, avergüenza. Las criadas son el escalón más bajo.

A diferencia del libro, en donde Atwood dota a June de un espíritu menos perseverante, la fuerza en cada capítulo de la serie tiene como base el talento actoral de Moss, sus gestos, los planos a detalle en su mirada, una determinación que capítulo a capítulo crece, que adquiere forma hasta que el espectador es capaz de percibir el “tic-tac” de una bomba que está a punto de explotar. Moss, con sus peculiares facciones y su mirada triste es, sin duda, una de las actrices más interesantes de su generación, un reconocimiento que se ha ganado a pulso desde su fiera Peggy Olson en Mad Men (AMC, 2007-2015) y su determinada Robin Griffin en Top of the lake (UKTV, 2013).

El trabajo de Moss se acompaña de una actuación coral destacada que presenta a cuenta gotas los diferentes rostros de sus personajes y permiten que el espectador se relacione, sin importar su postura, con ellos: Yvonne Strahovsky como la despiadada Serena Joy, la esposa del Comandante; Samira Willey como Moira, la tenaz y rebelde amiga de June; Ann Dowd como Tía Lydia, un personaje tan apropiado para Down que ya demostró en The Leftovers (HBO, 2017) su vocación por la maldad; y Joseph Fiennes como Fred, el Comandante, el repulsivo prototipo del hombre con poder. Todos ellos, dotan de los claroscuros necesarios para darle pulso a esta sociedad apocalíptica.

El cuento de la criada, a pesar de su horror, también es una declaración de guerra. Desde su vulnerabilidad, las criadas comprenden que los pequeños actos de rebeldía son posibles y necesarios pues lo único que no podrán quitarles jamás será la memoria, los recuerdos de su vida pasada. Emily (Alexis Bledel), Janine (Madeline Brewer), Alma (Nina Kira), Desamuel (Jenessa Grant) y Nick (Max Minghella) son los pequeños propulsores que le recuerdan a June que, a pesar de todo, hay esperanzas y batallas que se luchan desde las miradas furtivas, las sonrisas prohibidas, desde tomar y conducir un auto o soltar una piedra.

El cuento de la criada no busca ser una fábula moral y condenatoria, aquí no se trata de tomar partido y odiar. Por supuesto que indigna y asquea la facilidad con la que una mujer puede ser despojada de las decisiones sobre su cuerpo, de sus ojos, de su vagina, de su palabra, del placer, y desde esa indignación, desde el llanto de June y sus compañeras, es cómo Atwood y Bruce Miller lanzan una poderosa alerta, un aviso de urgencia: ¿lo que vemos nos es ajeno? No, claro que no. El cuento de la criada es el espejo de un mundo en donde Donald Trump arremete contra los derechos reproductivos de la mujer, en donde el sistema político mexicano ignora los feminicidios, los tres asesinatos al día de mujeres que son violentadas por el simple hecho de ser mujeres, un México que condena las expresiones de libertad, que espía, que deshace, que despoja.

¿Y entonces qué nos pertenece, al final? June encuentra una frase escrita en el fondo del armario de su habitación: “Nolite Te Bastardes Carborundorum” (“No dejes que los bastardos te jodan”). Esta frase la empuja, la revive, es una herencia que pasa de generación en generación para todas las mujeres que ya no son dueñas de sí, esa frase y su memoria, son probablemente lo único que le pertenecen a June, y en un mundo como este, en donde la libertad es sólo una promesa incumplida, la escritura, en cualquier soporte, papel o audiovisual, es lo que tenemos. Sigamos escribiendo y viendo productos televisivos así. Son necesarios para que no nos jodan porque ya vivimos en Gilead.

Arantxa Luna
@mentecata_

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